Pocas escritoras contemporáneas despiertan tanta admiración y desconcierto como Anne Carson. Poeta, ensayista, traductora de los clásicos griegos y profesora de literatura antigua, su obra parece moverse siempre entre territorios distintos. En sus libros conviven Safo y las tragedias griegas con la cultura contemporánea, la reflexión filosófica con la experiencia íntima, el rigor académico con una imaginación capaz de desmontar cualquier expectativa del lector.
Tipos de agua. El Camino de Santiago permite acercarse a una faceta menos conocida de esa búsqueda. A primera vista, el libro registra una peregrinación a Santiago de Compostela. Sin embargo, pronto queda claro que el trayecto es apenas un punto de partida. Carson no escribe una guía del camino ni una crónica de viaje. Lo que le interesa es aquello que ocurre cuando una persona pasa días enteros caminando y observando.
El paisaje aparece en fragmentos. Un río, una conversación, una iglesia, una comida compartida, la lluvia o el cansancio de la jornada bastan para desencadenar una serie de asociaciones que llevan al lector por direcciones inesperadas. El pensamiento avanza del mismo modo que avanzan los peregrinos, mediante rodeos, pausas y descubrimientos. Cada episodio parece autónomo, pero poco a poco termina formando una experiencia coherente.
Hay una figura que regresa constantemente a lo largo del libro: la del peregrino. Carson se interesa menos por el destino que por la condición de quien camina. El peregrino es alguien que acepta abandonar la comodidad de las certezas para exponerse a la intemperie, a la lentitud y al encuentro con lo desconocido. En ese sentido, la peregrinación se convierte también en una metáfora de la lectura y de la escritura. Ninguna de ellas consiste en llegar rápidamente a una conclusión; ambas exigen tiempo, atención y disposición para perderse.
Tipos de agua deja una impresión particular. Mientras muchos libros de viaje buscan transmitir la experiencia de un lugar, Carson parece interesada en registrar el movimiento mismo de la conciencia. El camino conduce a Santiago, desde luego, pero también conduce a otra parte menos visible. A ese territorio donde la observación se vuelve pensamiento y donde caminar, leer y escribir empiezan a parecer actividades inseparables.