Pinche Pancho
Nadie dijo que la vida fuera justa
Con motivo del próximo Día del Niño, comparto con usted, pacientísimo lector, lectora, una vieja anécdota que sobre su infancia contaba mi Querubín: El patio de mi casa era un enorme solar donde iban a dar toda clase de objetos que caían en desuso, “porquetodo puede servir”, decía papá. Una especie de deshuesadero en el que barriles, botellones, una estufa desvencijada, y picoteando por aquí y por allá, el guajolote que mamá alimentaba para Navidad: era un estimulante patio de juegos donde los tres hermanosinventábamos el mundo. ¡Ah!, pero la escalera que dejaron los albañiles que reparaban algo en el techo de la casa era toda una provocación. Yo, el mayor con once años cumplidos, puse el ejemplo de intrepidez: “Hay que subir”. Luis, de nueve, que traía un enorme parche en la oreja por una reciente operación, ni siquiera lo intentó. Antes de trepar por las tembleques, tablas con que los albañiles habían improvisado la escalera, animé a Pancho, de siete años, nuestro hermanito consentido y chillón.
—Sube, yo voy atrás y te detengo. Como se hacía el remolón, insistí:—¡Órale!, no sea marica.
Inseguro y miedoso, Pancho trepó cada uno de los escalones, miedo que se compensó con la sensación de libertad que nos ofrecieron la altura, el viento, el horizonte desde la azotea. Desplegando los brazos en modo avión, Pancho correteaba feliz, cuando sin querer pisó un trozo de teja que, al salir volando, fue a dar a la cabeza de Luis, quien desde abajo participaba de nuestra aventura.
—¡Aaaay! ¡Aaaay!— gritó el herido.—Papá me va a matar— repetía. Pancho, lívido y lloroso, sólo aceptó bajar de la azotea cuando le ofrecí:
—¡Ya! No sea chillón, yo le digo a papá que fue mi culpa.
Al tocar tierra corrimos a auxiliar a Luis que, con la cabeza sangrando, chillaba a todo pulmón.—Corre por el mertiolate y unas curitas— ordené a Panchito, que, aterrorizado, era incapaz de moverse.
Ante el alboroto apareció Ángela, la metiche y chismosa cocinera, quien al verificar la tragedia corrió al teléfono para avisar a mis papás, que se encontraban a sólo dos calles que nos separaban de la casa de la abuela.—No, señor, no sé lo que pasó, pero Luisito está herido— informó la chismosa.
Cuando mis papás aparecieron, la sangre seguía brotando en la cabeza del herido. Después de revisarlo, mamá dijo:—Gracias a Dios, parece que la herida no es profunda. De todos modos, hay que llamar al doctor.
Y muy pronto el médico familiar apareció con su viejo maletín. Después de limpiar, desinfectar y aplicar vendoletas, confirmó el diagnóstico de mamá: sólo fue un rozón.—Vamos a mi despacho— nos ordenó papá, y allá fuimos Pancho y yo.—¿Me pueden decir qué hacían en la azotea? Panchito pudo caer, descalabraste a Luis, eres un irresponsable.¿Ese es el ejemplo que le das a tus hermanos?— me gritó.—Fue sin querer, me tropecé— repetía yo mientras papá se desabrochaba el cinturón.—¡Perdón, papacito! No fue mi hermano, fui yo el quepateó la piedra. Por Diosito que fue sin querer— juraba Pancho, mar de lágrimas y mocos, besando la cruz quehizo con los dedos.
La confesión empeoró el enojo de papá.—¿Cómo? ¿Además de irresponsable eres mentiroso?—me gritó iracundo. Diez ardientes cinturonazos y encierro en mi cuarto hasta nueva orden, para que sepa lo que le pasa a los mentirosos como yo.—¡Pinche Pacho! Tan chiquito y tan rajón.
celorio.santa@gmail.com