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Píntalo de morado

JUAN VILLORO

En México los símbolos superan a la realidad y el pasado al presente. Los indios muertos son motivo de orgullo y se discrimina a los que se atreven a estar vivos. El gentilicio "azteca" apellida nuestro principal estadio, bancos, televisoras y un celebre budín. Mientras tanto, más de 60 comunidades padecen el oprobio.

En enero de 1994, los zapatistas lograron que el tema indígena llegara a la agenda de la modernidad; sin embargo, eso no acabó con la apropiación ideológica de la cultura originaria. Tres meses después, el gobierno de Salinas de Gortari lanzó una campaña mediática para celebrar el descubrimiento de la tumba de la Reina Roja en Palenque. Así se recordaba que el esplendor indígena pertenece a los museos y los sitios arqueológicos, no a la incómoda realidad.

Algo parecido sucede con el uso político del ajolote. La Ciudad de México ha luchado en forma ecocida contra el agua. El último remanente de la región lacustre son los canales de Xochimilco, donde el ambystoma mexicanum tiene su exiguo refugio. El naturalista Andrés Cota Hiriart, coordinador de la Sociedad de Científicos Anónimos, comenta que en 1998 había seis mil ajolotes por kilómetro cuadrado; hoy sólo quedan 20 por kilómetro cuadrado.

Pero mientras los ajolotes reales decrecen, su representación aumenta. El Banco de México lanzó un billete de 50 pesos protagonizado por nuestro endémico animal. Millones de mexicanos han preferido coleccionarlo que gastarlo, creando una situación económica larvaria, digna del anfibio impreso en papel morado.

De inmediato, el billete fue imitado en cobijas que se venden en las calles. Si Juan Escutia se envolvió en la bandera, nuestra jefa de Gobierno hizo lo propio con una frazada de ajolote y lanzó una campaña para convertirlo en mascota de la capital.

En términos simbólicos, fue una elección afortunada, pues ninguna otra especie nos representa de mejor manera. La gran pregunta es si ésa debe ser la prioridad de una metrópoli donde los ajolotes están a punto de morir y donde los ciudadanos vivirían mejor si fueran ajolotes.

El pasado 19 de mayo fui testigo de una inundación en República de Guatemala. No es un sitio cualquiera; ahí se ubicaba el juego de pelota prehispánico, el calmécac que adiestraba a los nobles y el tzompantli con los cráneos de los sacrificados. A pesar de su historia, la calle carece de buen drenaje; el martes en cuestión caminamos entre aguas negras que nos llegaban a la rodilla.

Sobran baches y faltan coladeras, pero, cuando algo no se puede resolver, al menos se puede decorar.

Esto lleva a otro asunto: ¿la ciudad se ve mejor con esa mano de pintura? Con singular audacia, el gobierno propone que el morado combine con el amarillo y se aprovecha de la especie que agoniza en los canales.

El biólogo Luis Zambrano, director del Laboratorio de Restauración Ecológica de la UNAM, ha dedicado su vida a la preservación del ajolote. En su opinión, los siguientes cinco años serán cruciales para saber si puede ser salvado. La urbanización, la contaminación del agua y la introducción en los canales de la tilapia, que come huevos y larvas del ajolote, son sus principales amenazas. La supervivencia de la especie depende de que también se preserven las chinampas, de las que quedan 48. Con heroico tesón, Zambrano y su equipo han buscado recursos para rescatar un tesoro ecológico. Mientras tanto, el gobierno invierte en la renovación turística de los embarcaderos. En enero se anunció un "santuario del ajolote", pero el proyecto está mal concebido, pues excluye a los chinamperos, auténticos custodios de la especie.

El gobierno capitalino ha gastado cerca de 16 mil millones de pesos para "adecentar" la ciudad durante el Mundial. De ese monto, 1,500 millones se han destinado a pintar puentes y vialidades. ¿No sería mejor crear chinampas y controlar las inundaciones?

Para la cultura náhuatl, el ajolote era el hermano gemelo de Quetzalcóatl. Menos profunda, la mitología moderna lo convierte en objeto de consumo y demagogia.

Zambrano comenta que las especies no se conservan de manera artificial: "El oso polar no puede sobrevivir en un refrigerador, ni el ajolote en un acuario".

Como la política se funda en la irrealidad, no sería raro que el pincel del gobierno llegara a Xochimilco para mostrar que la mejor forma de salvar al ajolote es pintarlo de morado.

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