Computadoras de Harvard, 1890. En el centro, de pie, la astrónoma escocesa Williamina Fleming. Imagen: Wikimedia Commons
Vivimos en la era de los algoritmos omnipresentes y los imperios tecnológicos construidos sobre nombres masculinos que todos conocemos. Sin embargo, en los cimientos de cada línea de código, en la arquitectura de cada red inalámbrica y en el éxitode los viajes espaciales, vive un ingenio que durante décadas fue borrado de las fotografías oficiales: el de las mujeres que no sólo usaron las primeras computadoras, sino que les enseñaron a pensar.
EL TIEMPO EN QUE LAS “COMPUTADORAS” RESPIRABAN
Antes de ser circuitos de silicio, una computadora era un cargo laboral. El término describía a una persona, casi siempre una mujer, cuya labor consistía en resolver ecuaciones complejas y ejecutar operaciones matemáticas de alta precisión de forma manual. En el siglo XIX y hasta mediados del XX, miles de cálculos balísticos y astronómicos fueron realizados por mentes femeninas. Eran la potencia de procesamiento del mundo.
En 1953, Katherine Johnson, una de las “computadoras” más relevantes en la historia, ingresó al Comité Asesor Nacional para la Aeronáutica (NACA, por sus siglas en inglés) a una unidad conformada por mujeres afroamericanas que debían hacer cálculos para los ingenieros del programa espacial. Si todo este equipo tenía el mismo origen étnico no era por inclusión; todo lo contrario:por cuestiones de segregación racial, no podían utilizar las mismas instalaciones que los anglosajones, ni siquiera los baños.
Sin embargo, en 1958, la NACA se incorporó a la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) y, con ello, la segregación institucional dejó de existir como norma. Dos años después, Johnson se convirtió en la primera mujer del Space Task Group (grupo de trabajo espacial) en recibir crédito como coautora de una investigación. El artículo publicado describía los cálculosnecesarios para colocar una nave espacial en órbita.

LAS ANTECESORAS
Aunque el reconocimiento de las “computadoras” suele concentrarse en la era de la carrera espacial, la historiadora Mary Croarken ha documentado que la participación femenina en el ámbito de la computación matemática tiene raíces mucho más profundas, remontándose al siglo XVIII. Estos hallazgos demuestran que, incluso en entornos donde el acceso a la ciencia estaba severamente restringido para las mujeres, existieron casos extraordinarios de éxito y profesionalismo.
Por ejemplo, en la Inglaterra victoriana, una mujer se atrevió a imaginar lo que nadie más pudo. Ada Lovelace colaboró con el célebre matemático Charles Babbage mientras diseñaba su prototipo de máquina de computación: la máquina analítica. La tambiénescritora comprendió que ese invento podía procesar más allá de cálculos matemáticos, es decir, cualquier cosa que pudiera traducirse a símbolos, como música o lógica pura. Al escribir lo que hoy consideramos el primer algoritmo de la historia, Lovelace fundó la programación y, además, profetizó la era de la “computación poética”, donde las máquinas serían capaces de colaborar en la creatividad humana.
Otro caso es el de Mary Edwards, quien destacó por su pericia técnica al servicio del gobierno británico durante el siglo XVIII. Durante décadas se encargó de calcular meticulosamente las tablas astronómicas destinadas al Almanaque Náutico anual. Su trabajo no sólo fue una contribución científica de relevancia para la navegación, sino que también representó un medio de autonomía económica que le permitió sostener a su familia de manera independiente durante gran parte de su vida.
En aquella misma época, pero en Francia, Nicole- Reine Lepaute logró consolidar un prestigio notable dentro de los círculos científicos más exclusivos. Su labor consistía en realizar trabajos de cálculo astronómico de gran envergadura, similares a los de Edwards, posicionándose como una referencia intelectual en la comunidad francesa de la Ilustración.

EL PROCESAMIENTO ELECTRÓNICO
Cuando se presentó la ENIAC —la primera computadora electrónica de propósito general— en 1946, los hombres posaron para las fotos oficiales mientras las mujeres hacían que la máquina funcionara. En su momento, todas ellas, que aparecen manipulando cientos de cables y válvulas, fueron ignoradas o confundidas con simples modelos. Pero, en realidad, la función de Betty Holberton, Jean Bartik, Kay McNulty, Marlyn Wescoff, Ruth Lichterman y Frances Bilas fue mucho más que conectar cables: inventaron la programación moderna desde cero. Sin manuales y con una lógica precisa, diseñaron las bases del software actual mientras los ingenieros se centraban exclusivamente en el hardware. Estas seis mentes brillantes fueron capaces de concretar tan ambicioso proyecto debido a que anteriormente trabajaban como computadoras humanas en un grupo de 80 mujeres matemáticas de la Universidad de Pensilvania, de donde fueron seleccionadas para programar “el cerebro” de la ENIAC.
El primer alunizaje también le debe mucho a una programadora excepcional: Margaret Hamilton, directora de Ingeniería de Software —término que ella misma acuñó— para el Proyecto Apolo de la NASA. Su código era tan robusto que, cuando la computadoradel Apolo 11 se saturó de tareas aquel 20 de julio de 1969, el software priorizó el aterrizaje sobre los errores secundarios. Sin Hamilton, Neil Armstrong quizá nunca hubiera pisado la Luna.
Por otra parte, las bases de la tecnología WiFi surgieron gracias a la inteligencia de una joven inventora. Mientras Hollywood aclamaba a Hedy Lamarr como “la mujer más bella del mundo”, la actriz pasaba sus noches trabajando en sistemas de comunicación para ayudar a los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial.

Desde que era una niña, Lamarr tenía un notorio interés por descubrir cómo funcionaban los artefactos a su alrededor. Su inteligencia era admirable, sin embargo, el mundo se fijó más en su belleza. Así, a los 16 años de edad comenzó su carrera como actriz en su natal Austria, donde se casó con un comerciante de municiones en 1933. Algunos de los socios de su marido estaban vinculados al Partido Nazi y, aunque ella no formaba parte activa de sus reuniones, se mantenía atenta a ellas. De este modo aprendió sobre artillería militar. Esos conocimientos le sirvieron después, cuando se convirtió en estrella de Hollywood tras abandonar su matrimonio porque, en sus propias palabras, era tratada como un “objeto de arte que debía ser custodiado y encarcelado, sin mente ni vida propia”.
En Estados Unidos instaló un taller en su casa para dedicarse a sus inventos, entre ellos un semáforo mejorado o una pastilla de refresco soluble. Sin embargo, el más relevante fue uno que pretendía brindar una ventaja al país que la había acogido frente a la Alemania nazi. Su espíritu inquieto le impedía mantenerse de brazos cruzados en tiempos de guerra.
Inspirada en el mecanismo de los pianos mecánicos, Lamarr desarrolló el salto de frecuencia para evitar que los torpedos fueran interceptados. Esa misma lógica de espectro ensanchado es la base técnica de lo que hoy usamos cada segundo: el WiFi, el Bluetooth y el GPS. Sin su ingenio, la vida hiperconectada que se da por sentada en 2026 simplemente no existiría.
La existencia de estas mujeres evidencia que, a pesar de ser casos poco comunes para su tiempo, la informática y el cálculo matemático no son campos de reciente incursión femenina. En un presente aún dominado por figuras científicas mediáticas masculinas, recordar que las bases de los algoritmos y la conectividad global nacieron del intelecto femenino es fundamental para inspirar a las nuevas generaciones de científicas.
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