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Prehistoria del futbol

Enrique Krauze

La frase "El futbol es la más importante de las cosas que no tienen importancia" se ha atribuido a muchos, desde ex futbolistas hasta al Papa Juan Pablo II. Quienquiera que la haya pronunciado, quizá exageró. Pero tiene su importancia. Es una pausa lúdica. Y en las circunstancias actuales es bienvenida. Yo le tengo gratitud. Alegró los días de mi remotísima infancia, alegró la vida de mis hijos, y ahora la de mis nietos. Para ellos recobro estos viejos apuntes sobre el futbol en México.

Nos llegó con el progreso porfiriano y se asentó en las zonas mineras. Ya en la Revolución había un equipo de los militares (el Marte) y otro apoyado por la colonia alemana (el Germania). Fundado por padres del Colegio Francés del Zacatito, nació el América. Frente a este club de la "gente decente" -que dominó el campeonato en tiempos del maximato- surgió la alternativa cardenista: el Atlante, "el equipo del pueblo", integrado en parte por zapateros y albañiles, que con el tiempo acaudillaría un militar cercano a Cárdenas, el general Núñez. En esos mismos años, los empresarios ingleses de la Compañía de Luz reunieron a los mejores jugadores de la República (sobre todo tapatíos) para integrar a los "once hermanos" del Necaxa.

A raíz de la Guerra Civil española, llegaron y se quedaron los integrantes de la selección vasca: Lángara, Zubieta, Regueiro, Iraragorri. El Euzkadi, efímero equipo de estos transterrados, se disolvió para integrarse al España y al Asturias y avivar sin querer el encono deportivo entre mexicanos y "gachupines". Enardecida por la fractura que el "Negro León" infligió al famoso delantero del Necaxa Horacio Casarín, la muchedumbre prendió fuego al Parque Asturias. Era el año de 1939. En 1950, por decisión de Franco, los equipos españoles se retirarían de México.

Desde la Segunda Guerra Mundial México optó por la sustitución de importaciones. Y también ocurrió en el futbol: siete mexicanos por nacimiento en cada equipo. A pesar del desarrollo que se alcanzó, el futbol estaba lejos de haber prendido como la fiesta popular que es hoy. La gente seguía adicta a los toros, los gallos, el box, las luchas. Las clases medias acudían a los estadios, pero faltaba el apoyo de los jóvenes. Durante los cincuenta, la Universidad y el Politécnico seguían empeñados en la inocente rivalidad del futbol americano.

A mitad de siglo XX, el futbol se configuraba como una constelación de equipos de provincia y la capital. Hasta las ciudades más modestas de provincia tenían su equipo con personalidad propia en la Primera División (el Norte, el Pacífico y el Golfo estaban muy poco representados debido al imperialismo del beisbol, traído por los americanos). Del Bajío y Michoacán provenían muchos equipos: los Ates del Morelia, los Freseros de Irapuato, el Celaya, el Zamora, el gran equipo León. Ya estaba el Puebla. Y Morelos tenía al excelente Zacatepec, al duro Cuautla y por unos años al Marte, asentado en Cuernavaca. Ir a jugar a esos estadios cañeros era como adentrarse en una zona zapatista.

Los campeones de la época eran el León, el Zacatepec y dos grandes clubes tapatíos: el Oro y el Guadalajara. México vivía un sano federalismo futbolero. El péndulo comenzó a virar hacia el centralismo en los sesenta. Las grandes ciudades (Guadalajara, Monterrey y, desde luego, México) multiplicaron su representación. En Telesistema Mexicano se inventó una versión futbolera de "nosotros los pobres, ustedes los ricos": la rivalidad entre los "mexicanísimos" del Guadalajara y los "millonarios" del América. Siguiendo el buen ejemplo del Atlas, la UNAM se volvió un semillero de ese deporte. El desarrollo corporativo y urbano del futbol se hizo, sin embargo, a expensas de las sedes locales, que comenzaron a desaparecer. Pero la provincia dio la pelea: Torreón, Veracruz, etc. Y Nuevo León introdujo a sus dos grandes equipos: los Rayados y los Tigres. El "monumental Estadio Azteca" fue el símbolo de la época: el nuevo centro ceremonial. Todo lo importante debía ocurrir allí. México 70 fue su cenit.

En los setenta y ochenta comencé a llevar a mis hijos al estadio. Como la regla es irle al vencedor, León se hizo partidario del Cruz Azul, y Daniel se volvió "Puma" (y pumita). Fuimos en familia al México 86 y a Orlando en 1994. A lo largo de los años, la selección mexicana nos dio penas y alegrías. Y ahora los nietos y nietas se ponen la camiseta nacional.

Y aquí seguimos. Sí, entre las cosas sin importancia, el futbol tiene su importancia.

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