De la serie Dibujos de guerra, por Arturo Souto. Imagen: Museo Belas Artes Coruña.
La obra gráfica producida durante la Guerra Civil española puede dividirse básicamente en carteles, ilustraciones, dibujos y grabados. Estos dos últimos fueron los que por su carácter reflexivo destacaron en la propaganda republicana, una producción concebida para responder a las necesidades del momento y que adquirió una dimensión que trascendía su finalidad inmediata. Los desastres de la guerra de Francisco de Goya transmitió a estas creaciones una carga moral y un carácter testimonial y de denuncia.

SOUTO Y LA IMAGEN DE LA GUERRA
Nacido en Pontevedra en 1902, Arturo Souto fue una de las figuras más destacadas de la renovación artística española de la primera mitad del siglo XX. Su contribución a las artes plásticas fue notable tanto en Galicia —a través de grupos como Os Novos (también conocidos como Os Renovadores) y de la revista Ronsel— como en el resto de España gracias a su relación con la vanguardia realista. Esta corriente encontró algunas de sus expresiones más características en el Madrid de los años de la República, aunque sus antecedentes pueden situarse en la Exposición de Artistas Ibéricos de 1925.
Sus primeras obras tienen influencia del primitivismo y se acercan al realismo social, pero también se inscribe en el realismo figurativo difundido en Europa a partir del retour à l'ordre (retorno al orden) desarrollado en el París de entreguerras.
Souto participó en la reacción contra las últimas manifestaciones del costumbrismo español aún ligadas a modelos de inspiración académica o seudoimpresionista. Después evolucionó hacia una pintura expresionista, con una estructura basada en el volumen, la contención y la solidez compositiva. Estas características lo aproximan al postcubismo y al formalismo atemporal defendido por los novecentistas italianos.
Con el inicio de la Guerra Civil, abandonó ese lenguaje novecentista —influenciado por Carrà y De Chirico— y se orientó hacia un expresionismo que macaría su obra durante el conflicto. En esa época se integró en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, junto a artistas como Gabriel García Maroto, Ángel Ferrant o Miguel Prieto, participando en la organización de una exposición para el 5º Regimiento cuando este comenzaba a tener injerencia en la estructura militar y propagandística de la República.
En Madrid fue ilustrador en El Mono Azul y escenógrafo de Nueva Escena, el grupo teatral de la Alianza que más tarde daría lugar al Teatro de Arte y Propaganda. Tras la salida de los intelectuales, abandonó la capital española y viajó a Valencia, donde se incorporó al trabajo del Comisariado General de Guerra. Así combinaba su actividad artística propagandística, participando en publicaciones asociadas al proyecto cultural republicano.
Souto realizó una serie de litografías de guerra entre finales de 1936 y comienzos de 1937 en Madrid y que posiblemente se presentó en la Exposición del Libro Antifascista en febrero de 1937. Para algunos críticos de arte, estas obras no alcanzaron la intensidad dramática de Goya ni la violencia de Otto Dix.
En sus dibujos de guerra, Souto representa a los soldados como hombres del pueblo —labradores y trabajadores— convertidos en combatientes por convicción ideológica. Las escenas revelan la violencia del conflicto con bombardeos, represión, aldeas incendiadas y ejecuciones, pero exaltan la figura de los soldados republicanos y su dimensión colectiva. El conjunto mantiene el tono heroico de sus ilustraciones para El Mono Azul.
La crítica ha señalado su cercanía al realismo socialista, aunque con matices en el tratamiento formal. Su lenguaje se basa en un claroscuro y en una línea cortada que estructura el espacio, aporta densidad y distorsiona las formas. La tensión entre el valor testimonial y la construcción plástica de sus obras se sitúa entre la eficacia de la propaganda y la expresión emocional.
El trabajo de Arturo Souto fue reconocido por el poeta León Felipe, quien manifestó su admiración por él. En su ensayo El mundo de los pintores, lo calificó como el “pintor de un nuevo cielo”, destacando la capacidad de su arte para transmitir esperanza y contribuir a la reconstrucción espiritual del ser humano y de la patria.

BARDASANO Y LA GRÁFICA DE LA GUERRA CIVIL
La complejidad política y social de España desde el siglo XIX convergió en un enfrentamiento armado entre ciudadanos que ha sido interpretado como un ensayo previo de la Segunda Guerra Mundial. La radicalización de la ideología y la propaganda alcanzaban un desarrollo sobresaliente, al mismo tiempo que el cartel comercial se modernizaba mediante la integración de lenguajes de las vanguardias y del expresionismo.
Tanto en el lado republicano como en el franquista, el cartel se convirtió en un instrumento al servicio de las convicciones ideológicas. Barcelona, Valencia y Madrid fueron los principales centros de producción cartelística durante la Guerra Civil. Entre los artistas más representativos de estos centros sobresalieron Carles Fontseré, Josep Renau y José Bardasano, cuyas obras fueron referentes de la propaganda republicana.
José Bardasano Baos nace en Madrid el 25 de marzo de 1910 y desde muy joven se distinguió por sus aptitudes para el dibujo. Su talento llamó la atención del pintor Marcelino Santamaría, lo cual fue decisivo para su formación. Gracias a Santamaría, ingresó en la Escuela de Artes y Oficios y en 1927 comenzó a trabajar en la Casa Maumejean, taller de cerámicas y vidrieras artísticas, actividad que combinaba con colaboraciones en revistas y semanarios, entre ellas El Socialista.
El 18 de diciembre de 1936, el Comité Central del Partido Comunista hizo público un manifiesto con las ocho condiciones necesarias para ganar la guerra, que serían ilustradas semanas más tarde por Bardasano en una serie de carteles editada por la Secretaría de Agitación y Propaganda del partido e impresa en la Unión Polígrafa de Madrid.
La serie Condiciones para ganar la guerra emplea una tipografía sans serif para el título y una romana moderna para la palabra “condiciones”. El resto prescinde del texto y deja el papel central a la imagen. Su interés radica en que reúne buena parte de la simbología utilizada por la propaganda republicana, lo que permite comprender su sentido en otros carteles del periodo.
Desde el punto de vista del diseño, destaca la superposición de planos, que busca generar una sensación de profundidad. Cromáticamente, el amarillo es la base dominante, lo que permite que el plano central adquiera mayor fuerza visual. Sobre él, el rojo se impone en los carteles impares y el verde en los pares. Bardasano utiliza tonos vivos y contrastados con la intención de reforzar el impacto del mensaje y su retención por parte del espectador.
En la zona republicana, las organizaciones juveniles desempeñaron un papel relevante dentro de las distintas formaciones integradas en el Frente Popular. Sin embargo, la de mayor proyección fueron las Juventudes Socialistas Unificadas, surgidas en abril de 1936 a partir de la fusión entre las Juventudes Socialistas y las Juventudes Comunistas.
La serie Juventudes Socialistas Unificadas consiste en obras realizadas en 1937 e impresas en Valencia, con el propósito de la movilización política y afirmación ideológica. El rojo predomina en estos carteles y se extiende a las banderas, rostros, composiciones de soldados, fondos urbanos y tipografías. La presencia frecuente de la bandera roja, identificada con el emblema de la organización, es el eje visual y simbólico del conjunto. En el plano gráfico, estas imágenes muestran una mayor definición en los rostros de los jóvenes representados, lo que introduce un matiz más individualizado respecto a otras series centradas en figuras militares o más anónimas.
Diez reivindicaciones de la juventud, presentada en junio de 1937, es un conjunto de carteles correspondiente a un programa dirigido a la juventud en plena guerra y que aborda cuestiones relacionadas con la formación, el trabajo y el esfuerzo colectivo. A diferencia de otras series, el texto aquí es más relevante y, desde el punto de vista cromático, predomina la combinación de rojo y blanco. Además de ser el color de las Juventudes Socialistas Unificadas, el rojo remite a valores asociados a la lucha, la revolución y el sacrificio, mientras que la limitación de la paleta de color contribuye a reforzar la claridad y eficacia del mensaje.
Las ilustraciones recurren a un lenguaje reconocible basado en símbolos habituales de la iconografía republicana, entre ellos la justicia, representada mediante el libro, la balanza o la espada, así como alusiones a la educación y la alfabetización, consideradas elementos necesarios para la transformación social. Bardasano vinculaba con frecuencia el trabajo y el mundo rural con el acceso a la educación.
Las series aquí mencionadas representan solo una parte de la gran producción gráfica de José Bardasano durante la Guerra Civil. Sus carteles responden a las necesidades del conflicto, de ese arte de urgencia concebido para movilizar a la población, reforzar las consignas políticas y contribuir al esfuerzo colectivo. Bardasano logró adaptar sus imágenes a las distintas circunstancias de la guerra, combinando la eficacia de la comunicación y la calidad artística.
Aunque desde lenguajes y trayectorias diferentes, Arturo Souto y José Bardasano participaron activamente en la construcción de la cultura visual de la España republicana durante la Guerra Civil. Sus obras muestran cómo el arte y la gráfica se convierten en instrumentos de movilización, denuncia y comunicación en la transformación histórica. Son imágenes que nos permiten comprender las formas de representación, los ideales y las tensiones del conflicto.