México, 13 de septiembre de 1847.
Un grupo de cadetes del Colegio Militar decide permanecer en su plantel para defenderlo del ejército extranjero. Ha transcurrido casi un año y medio de la guerra con Estados Unidos. El norte del país -desde las costas de Texas hasta California- permanece invadido. Desde el desembarco en Veracruz hasta las puertas de la capital, las tropas mexicanas, valerosas pero carentes de preparación y recursos, han sufrido derrota tras derrota. Son frecuentes las atrocidades estadounidenses contra la población civil.
Un grupo de cadetes del Colegio Militar decide permanecer en su plantel para defenderlo del ejército extranjero. Ha transcurrido casi un año y medio de la guerra con Estados Unidos. El norte del país -desde las costas de Texas hasta California- permanece invadido. Desde el desembarco en Veracruz hasta las puertas de la capital, las tropas mexicanas, valerosas pero carentes de preparación y recursos, han sufrido derrota tras derrota. Son frecuentes las atrocidades estadounidenses contra la población civil.
En la defensa del Castillo de Chapultepec, junto con decenas de soldados y oficiales, morirían seis de aquellos jóvenes cadetes -a quienes la tradición recordaría después como los Niños Héroes-. Sería una de las últimas resistencias. Habían combatido por una causa justa, la defensa de la soberanía del país. Tres días más tarde la bandera de las barras y las estrellas ondeaba en Palacio Nacional. Los Estados Unidos terminarían por apropiarse de la mitad del territorio mexicano.
"Fue la guerra más injusta", escribiría en sus Memorias Ulysses S. Grant. Morirían en ella 13 mil 768 invasores y al menos 25 mil mexicanos.
México, 179 años después.
El país vive una nueva invasión. Son los ejércitos del crimen organizado. No llegan con uniformes extranjeros. Ocupan, dominan y someten regiones enteras. Se han fortalecido a lo largo de casi cuatro decenios debido a la indulgencia, la incapacidad y la connivencia de autoridades en estados, municipios y aun en el nivel federal. Entre 2018 y 2024, gracias a los generosos abrazos que recibieron del gobierno, su presencia (con sus redes de complicidad política) se acrecentó significativamente.
A estas tropas dotadas de armamentos modernísimos no las mueve otro "destino manifiesto" que el de compartir la riqueza y el poder con el Estado mexicano. Para lograrlo, extorsionan, secuestran, asesinan, trafican con drogas, armas, personas, combustibles robados, mercancía pirata y precursores químicos. Cobran derecho de piso, desplazan comunidades, reclutan a los jóvenes por la fuerza, incendian negocios y controlan rutas comerciales o la venta de ciertos productos. Su violencia daña la economía, paraliza inversiones, destruye proyectos, vacía pueblos y condena a millones de personas a vivir con miedo. Sus líderes y personeros financian campañas, corrompen autoridades, obtienen concesiones, contratos (y libertad para operar), imponen candidatos y, cuando no los imponen, los secuestran o los matan. Ése es el ejército que asuela a México, y no solo a México. Cerca de medio millón de compatriotas han muerto por homicidio doloso desde 2007, casi la mitad de ellos desde 2018. Y a través de la introducción de drogas y del fentanilo, en la última década el crimen organizado ha provocado la muerte de más de 500 mil personas en Estados Unidos.
Más allá de la responsabilidad compartida (Estados Unidos desde la demanda de drogas, México desde la oferta), ambos países tienen frente a sí la oportunidad histórica de vencer juntos a este ejército invasor. Por una parte, el actual gobierno mexicano -ya sea por propio convencimiento o por presión de Estados Unidos- ha dado golpes sustanciales contra los delincuentes (decomisos, capturas etc...). Por otra parte, el gobierno y la justicia de Estados Unidos han decidido proceder resueltamente contra el ejército del crimen (en todos sus estratos) y, con base en convenios internacionales, reclaman su entrega a los tribunales.
Pero algo falla...
Un factor inesperado: la incomprensible protección que el gobierno mexicano está ofreciendo a los socios políticos del crimen. La defensa que hace de ellos parece llegar a un extremo suicida, tensando nuestra relación con el vecino (del que depende en una proporción altísima nuestra economía) a un nivel que no se veía desde hacía al menos un siglo. En lugar de entregar a los responsables, el gobierno dice envolverse en la bandera nacional. Pretende hacernos creer que 2026 es 1847, y que ellos son los nuevos defensores de la soberanía nacional.
A nadie engañan. Con todas las estridencias de su presidente, no es Estados Unidos quien invade a México. Quien nos invade es el crimen organizado aliado a un sector del partido en el poder. La única soberanía que está defendiendo el gobierno es la de esos políticos delincuentes que todo México -y ahora el mundo- conoce por nombre y apellido.
Los Niños Héroes murieron por la patria defendiéndola del invasor. Hoy sentirían dolor y vergüenza.
ÁTICO
La única soberanía que está defendiendo el gobierno es la de los políticos delincuentes.