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¡Qué lástima!

De mi abuela paterna, heredo el nombre que ella a su vez heredó de su madre. Murió muy joven, antes de que yo naciera, aunque la reconozco en algunos rasgos míos.

¡Qué lástima!

¡Qué lástima!

ADELA CELORIO

Mi abuelo materno nació en Huatusco, paraíso tropical entre montañas y uno de los pueblos más antiguos del estado de Veracruz. Nunca pregunté, sólo imagino que era huérfano, dado que desde pequeño lo malcriaron unas tías ricas; solteronas ellas, pusieron en su única descendencia —varoncito, además— todas sus esperanzas.

Ya he contado aquí que, siendo adolescente mi abuelo, las tías le mandaron traer de la capital una bicicleta y, sin aprender a montarla nunca, la paseaba por el pueblo. Contrariando la voluntad de las tías ricas, se casó con mi abuela, guapa, morena y pobre. Clasistas y racistas, como toda “buena familia” de su época, las tías nunca aceptaron a mi abuela.

Alto, esbelto, y muy apuesto, mi abuelo era además, caballeroso y gentil. Hablaba francés, leía a Víctor Hugo, a Dumas, y me leía a Julio Verne, pero no estaba preparado para ganar dinero. Imagino que se amaron lo suficiente como para tener siete hijos, hasta que pasados los años,“donde no hay harina todo es mohína”, el príncipe se convirtió en sapo. Mi abuela, la pobrecilla, expiraba infelicidad.

Mi abuelo paterno nació en un caserío colgado de las montañas, en una familia con economía de subsistencia, acompañado de unas cuantas cabras y un huerto doméstico, insuficiente para alimentar a doce chiquillos hambrientos.

“El que tiene algo que defender no emigra”. A los dieciocho años mi abuelo emigró. Casi un mes hacinados en las bodegas, con racionamiento de comida y agua, hasta que el barco en que zarpó de Santander lo botó en Veracruz. Aprendiz de panadero, de abarrotero y lo que se pudiera, enamoró a una joven bonita, educada, de “buena familia”, para la que mi abuelo, casi analfabeto y pobre, resultaba inaceptable.

Contrariando la voluntad de sus padres, la joven se casó con el pobretón. Tuvieron cinco hijos y con el tiempo, el asturianito se convirtió en un próspero y respetable maderero. Ahí es donde aparezco yo. De la mano de mi abuelo paterno, bajito de estatura, panza prominente, azul la mirada, me sentía segura e importante. 

De mi abuela paterna, heredo el nombre que ella a su vez heredó de su madre. Murió muy joven, antes de que yo naciera, aunque la reconozco en algunos rasgos míos. Como dijo León Felipe: “¡Qué lástima / que yo no tenga una casa solariega y blasonada / ni el retrato de un abuelo/ que ganara una batalla”. Tuve eso sí, unos abuelos que como los gruesos muros de una antigua casona, me dieron seguridad, identidad y estructura. 

Hijo de emigrantes rusos, mi esposo guardaba un terco silencio sobre unos abuelos que no conoció. Sólo una vez, ante mi insistencia, contó: “Una mañana, llegaron los Nazis al pueblo, sacaron a los judíos de sus casas, los hicieron cabar una zanja donde cayeron después de recibir los disparos”.

Siendo jovencísimos, sus padres emigraron a… pues a donde pudieron. “El sólo, yo sólo, casamos”, contaba mi suegra en su exiguo español. Hoy, abuela yo de siete jovencitos internautas, que muestran gran curiosidad por el futuro, pero ninguna por el pasado, me recuerdan a la joven indiferente que fui, a las preguntas que nunca hice, a las historias que no escuché de mis abuelos. “Di por qué frente al ropero/ donde hay tantos retratos / di por qué lloras a ratos / dime, abuelita, por qué”.

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Escrito en: familia escritora Adela abuelos

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