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¿Qué nos dice del panorama actual el color del año de Pantone?

Cloud Dancer, un blanco muy blanco

Imagen: Pantone

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MÓNICA RODRÍGUEZ CORONA

Se trata de un tono etéreo que pretende ofrecer serenidad frente al ruido digital, pero que ha despertado críticas por reforzar una estética minimalista vinculada al conservadurismo y la ultraderecha, a un elitismo histórico y a estándares corporales restrictivos.

Pantone —empresa surgida en 1963, en Nueva Jersey, Estados Unidos— revolucionó la industria del diseño cuando propuso un sistema de igualación de color, el Pantone Matching System (PMS), el cual, mediante un código numérico único, especifica una fórmula para cada tono existente en su paleta cromática. Esta solución rápidamente fue acogida por el diseño gráfico, industrial, web, textil, el interiorismo, la arquitectura, las artes gráficas y, claro, la moda.

El año 2000 fue la primera vez que Pantone lanzó su color del año. Era una época importante, pues la expectativa hacia el cambio de milenio (Y2K) generó un frenesí cultural a finales de 1999. Las computadoras ya formaban parte de la vida cotidiana y su tecnología era un soporte estructural social: todo estaba computarizado, desde las escuelas hasta Wallstreet.

El salto al Y2K se reducía a dos dígitos: 00. ¿Habría un reseteo numérico? ¿Qué pasaría con los ordenadores? ¿Colapsarían? ¿La banca caería? A esas incertidumbres se sumaban las “profecías” del fin del mundo y entonces… no pasó nada. Pero para Pantone sí, pues sentó un precedente al lanzar como color del año el PANTONE 15-4020 (azul cerúleo), que, evocando un cielo despejado, proponía una psicología de calma ante la estridencia del cambio de milenio.

Sí, ese mismo azul cerúleo con el que vimos a Miranda Presley aleccionar a Andy en la película El diablo viste a la moda: “Tú vas a tu armario y seleccionas, no sé, ese jersey azul deforme, por ejemplo, porque quieres decirle al mundo que te respetas demasiado como para preocuparte por lo que te pones. Pero lo que no sabes es que ese jersey no es simplemente azul, no es turquesa, no es lapislázuli. Es, de hecho, azul cerúleo. Y tampoco eres consciente del hecho de que, en 2002, Oscar de la Renta hizo una colección de vestidos cerúleos.

Y luego fue Yves Saint Laurent el que presentó chaquetas militares cerúleas. Después, […] se filtró a los grandes almacenes. Los saldos fueron a parar a alguna deprimente tienda de ropa económica donde tú, sin duda, lo rescataste de un estante de ofertas”. 

Han pasado 26 años y Pantone se convirtió en una referencia clave para formar tendencias, no sólo estéticas, sino psico-sociales, influenciando a industrias creativas de todo tipo. Su peso recae en millones de decisiones de compra y consumo cultural cada año.

¿EN QUÉ CONTEXTO SURGE CLOUD DANCER?

Para el Pantone Color Institute, la selección anual de color es “un termómetro simbólico del momento actual, con un nombre que debe resonar emocionalmente”.

La elección para este 2026 es Cloud Dancer (“bailarina de nube”, PANTONE 11-4201), que según el instituto es un blanco etéreo y suave que se debe interpretar como un “susurro de calma” y la búsqueda de serenidad en un mundo sobreestimulado por el ruido digital constante. Añade que “simboliza un lienzo en blanco, nuevos comienzos” que nos alejen de las distracciones externas. Quizá sea un blanco cálido, pero finalmente un blanco.

Un sinfín de productos se desarrollan anualmente a partir del color del año elegido por Pantone. Imagen: Pantone
Un sinfín de productos se desarrollan anualmente a partir del color del año elegido por Pantone. Imagen: Pantone

Y aunque hay décadas de distancia, existe un paralelismo entre 1999 y 2025. Ambos son años de convulsión social, con una estética femenina similar y, sin embargo, a diferencia del recibimiento de aquel azul cerúleo, la propuesta del Cloud Dancer no ha sido bien recibida. Con un panorama político global que se inclina hacia la ultraderecha, las guerras, el genocidio en Gaza y la política anti migratoria —y de persecución de grupos sociales no-blancos—; con los escándalos de explotación sexual infantil de las llamadas “fiestas blancas” del rapero P. Diddy o los archivos Epstein que vinculan a poderosos hombres blancos con tráfico sexual de menores; con el regreso de la extrema delgadez en los cuerpos femeninos —reviviendo el insano estilo heroin chic de los noventa—, y con el blanco como base del minimalismo y la moda moda silenciosa, que está asociada al conservadurismo, se ha desatado una ola contra la propuesta de Pantone.

Podríamos decir: ¿Y qué tiene de malo el blanco si es sólo un color? Siguiendo la lógica de Miranda Presley, esta suposición no podría estar más lejos de la realidad.

ESTATUS SOCIAL

El blanco es un estandarte de clase desde tiempos ancestrales. En el Antiguo Egipto y en el Imperio Romano, quienes vestían túnicas de este color indicaban su rango social elevado debido a que podían mantener la prenda limpia, pues su vida pública transcurría entre muros, el equivalente a lo que hoy llamamos mansiones u oficinas ejecutivas; es decir, no necesitaban “ensuciarse las manos”. Las prendas claras promueven una restricción del cuerpo; al asociarse con la higiene, no son aptas para cualquier situación o actividad.

En los años noventa, el blanco pasó de ser uno de los tonos básicos a convertirse en un manifiesto visual de la nueva era cleanliness (o filosofía de “limpieza”) que Calvin Klein unió a la estética minimalista como respuesta a los excesos, el brillo y los volúmenes de los años ochenta. De la misma manera, el lujo silencioso de ahora no es sólo un intento de borrar el kitsch de la logomanía de los 2010, sino que apela a la sobriedad y al corte clásico del minimalismo.

El blanco también se ha comenzado a utilizar como foco en la arquitectura de las prendas, empleando principalmente telas delicadas como la seda, el satén o el algodón. Una pieza particularmente icónica que ha resurgido es el slip dress, un vestido-lencero de satén con tirantes finos, tipo espagueti, diseñado por Liza Bruce en 1993 y que luego fue comercializado por Calvin Klein y replicado por diseñadores como Narciso Rodríguez y John Galliano. Al tener una caída fluida al bies, sigue naturalmente la silueta femenina.

Kate Moss hizo del slip dress un emblema de los noventa, pero no todas somos Kate Moss y el blanco es un color que acentúa todas las formas del cuerpo. No disimula ni esconde nada, así que exige una figura delgada y sin curvas: sin caderas, glúteos, pechos ni muslos prominentes; cero grasa corporal para que “nada se note”. Por tanto, discrimina a cuerpos diversos y racializados, forzando a las mujeres a encajar en un molde que favorece la estética caucásica y sus extensiones de clase. 

BLANQUEAMIENTO

Las sociedades poscoloniales han promovido la blancura como sinónimo de progreso y han incentivado el blanqueamiento cultural y físico de la población. Pero los cuerpos femeninos flaquísimos enfundados en prendas blancas se sostienen en tiempo y dinero para hacer ejercicio, acceder a dietas especiales, someterse a cirugías estéticas, etcétera.

El color nube que Pantone propone como espíritu del año se reduce a que no importa a dónde vayamos, encontraremos más prendas blancas. Veremos esta tendencia en pasarelas, en redes sociales, en la televisión y, de pronto, nos preguntaremos por qué empezamos a contar calorías o a comer más ensaladas. Orgullosas admiraremos nuestros cuerpos flaquísimos, pero restringidos para no ensuciarnos y parecer desaliñadas.

A esto se le llama estrategia de conversión. ¿No es increíble cómo sólo le tomó 26 años a esta empresa estadounidense “blanquear” el estilo de vida? Por eso, este 2026 sigamos convulsas, activas, evitemos las prendas blancas y movamos el cuerpo. ¡Menos “Cloud” y más “Dancer”! 

El slip dress está diseñado sólo para un tipo de cuerpo y el color blanco lo hace aún más restrictivo. Imagen: Etsy
El slip dress está diseñado sólo para un tipo de cuerpo y el color blanco lo hace aún más restrictivo. Imagen: Etsy

Instagram: @monicorona

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