¿Qué nos diríamos?
Si pudiéramos hablarle a nuestro yo de niñas y adolescentes, ¿qué palabras elegiríamos? La pregunta nació en medio de una conversación apasionada entre mujeres que ya hemos recorrido casi todas las estaciones de la vida, capaces de mirar hacia atrás con ternura y hacia adelante con conciencia de lo que somos hoy.
Lo primero fue reconocer que cada quien hizo lo que pudo con lo que tenía. El mundo no cambió a pasos agigantados, como suele decirse, sino con saltos cuánticos que nos obligaron a adaptarnos, aunque muchas veces nos sintiéramos extranjeras intentando descifrar un idioma que no era el nuestro.
Las evocaciones al pasado fueron inevitables: fuimos niñas moldeadas por lo que entonces se llamaba “buena educación” y por creencias religiosas que nos acompañaban en colegios de monjas, con disciplinas férreas y reglas que parecían inquebrantables. Heredábamos la ropa de las hermanas mayores, practicábamos modales dentro y fuera de casa, no se nos permitía dormir en casa de las amigas, teníamos horarios estrictos para ver caricaturas y programas de comedia, jugábamos a las muñecas y a los ping jacks, recibíamos cuentos los domingos y los leíamos hasta desgastarlos, cosíamos regalos para nuestras madres en su día. Todo eso nos formó, junto con la convicción de nuestros padres de que la educación académica era una necesidad impostergable.
¿Qué les diríamos a esas niñas? Que la infancia es un suspiro, que rían sin medida, que corran y salten sin miedo a ensuciarse, que corten el cabello de sus muñecas aunque reciban regaños, que aprendan algo nuevo cada día, que no compitan por ser las mejores, sino que se ocupen de descubrir pronto sus talentos y abrazar sus habilidades.
Luego llegó la adolescencia, con calcetas largas y uniforme, con convivencias organizadas para conversar con chicos de nuestra edad, con el despertar a un mundo que exigía casarse “como Dios manda” y formar una familia. Vivíamos entre el deseo de explorar y el temor de no saber cómo hacerlo.
A esas adolescentes les diríamos que madurar duele porque se aprende a base de ensayo y error, que lo que parece eterno dura apenas un instante, que conviene escuchar cuando mamá advierte sobre una amistad dañina, que el amor se transforma y la pasión se diluye, que cada día construimos memorias y más nos vale que esas memorias nos honren, porque no hay carga más pesada que la vergüenza de lo vivido.
Coincidimos en que nuestras abuelas y madres se hicieron “grandes” demasiado pronto. Ser “buena madre” significaba anteponer siempre las necesidades de los hijos, incluso a costa de sí mismas.
Y nosotras llegamos a los cincuenta y sesenta con los hijos crecidos, con trabajos que nos conceden libertad financiera, con divorcios en mano o matrimonios estables, y con sueños aún por cumplir. Nos reconocemos presas de la mercadotecnia anti-vejez: queremos vernos bien, estar bien. Seguimos regímenes alimenticios donde la proteína es esencial, hacemos ejercicio de fuerza para no perder masa muscular, recurrimos al botox para esconder arrugas y algunas, más valientes, se someten a cirugías. Sabemos preguntarle a ChatGPT, manejamos a Alexa como nos da la gana y, sobre todo, no estamos esperando el final de la existencia sentadas en una mecedora viendo pasar la vida. Nos hemos convertido en eternas buscadoras de salud, aun sabiendo que tarde o temprano la perderemos.
Entre vitaminas, minerales, antioxidantes, litros de agua con electrolitos, ocho horas de sueño para conservar la piel tersa, pilates, hipopresivos y yoga, nos hemos vuelto esclavas de rutinas que no queremos abandonar por miedo.
Nunca más seremos jóvenes, aunque nos repitamos que la juventud está en la actitud. El futuro no nos dará oportunidad de preguntarnos qué nos diríamos si nos encontráramos como hoy somos. El tiempo no concede treguas. Por eso, más nos vale decirnos ahora cómo queremos vivir, antes de que sea demasiado tarde.