Reforma morena
La presidenta Claudia Sheinbaum ha afirmado en varias de sus conferencias de prensa que presentó su iniciativa de reforma electoral porque era lo que el pueblo pedía. El 6 de marzo, en una mañanera en Guadalajara, proyectó una encuesta de la empresa Enkoll que supuestamente respaldaba algunas de sus propuestas, como “modificar las diputaciones y senadurías plurinominales” o “eliminar la reelección de todos los cargos de elección popular”.
Lo que no dijo es que, en todas las encuestas, cuando se pregunta al pueblo de forma libre, sin incidir en las respuestas, virtualmente nadie considera que la reforma electoral sea una necesidad urgente para el país. Estudios como los de Ipsos y TResearch señalan que las principales preocupaciones de los mexicanos son, en primer lugar, la inseguridad y el narcotráfico; en segundo, la corrupción, esa que el expresidente Andrés Manuel López Obrador tanto insistía que ya no existe en el país; en tercer lugar, la situación económica, a pesar de que la mandataria declara constantemente que a la economía nacional le está yendo muy bien.
La reforma electoral es una idea que viene directamente de López Obrador. El tabasqueño aprovechó las reformas de lo que él llama despectivamente el período “neoliberal”, las cuales abrieron las puertas a unas elecciones más competidas y permitieron por primera vez en la historia del país la alternancia de partidos en el poder, para alcanzar la presidencia en su tercer intento. Pero una vez que llegó ahí, ha buscado con obstinación cambiar las reglas electorales para evitar que otros partidos y políticos que no sean de su organización puedan llegar a gobernar. Durante mucho tiempo ha afirmado que el triunfo de aquellos que considera de derecha “es moralmente inaceptable”.
En este caso, la presidenta Sheinbaum, seguramente con la guía de López Obrador desde Palenque, ha impulsado una reforma que no se ha consensuado ni con la oposición ni con sus partidos aliados. Nunca había ocurrido algo así en la historia de la nación. Todas las reformas electorales han buscado por lo menos la opinión de los partidos de oposición y la mayoría han sido aprobadas por consenso. Lo que quieren hacer Sheinbaum y su partido, Morena, es como si un equipo de futbol cambiara las reglas del juego para beneficiarse a sí mismo y sin considerar siquiera a las demás escuadras.
La presidenta presionó fuertemente a los partidos aliados de Morena, el PT y el Verde Ecologista, para aceptar esta iniciativa, pero ni siquiera a ellos les conviene regresar a un sistema de partido único como el que tuvimos con el PRI en el siglo XX. A los de oposición, el PAN y el PRI, ni siquiera se les preguntó.
Si bien hay algunos puntos positivos en la reforma, es claro que su principal objetivo es construir un partido de Estado y concentrar todo el poder en Morena.
La presidenta ha declarado que en caso de que no se apruebe la iniciativa promoverá un plan B. No es difícil imaginarlo. Buscará, como hizo López Obrador en su sexenio, cambiar las reglas del juego electoral de manera unilateral a través de enmiendas a leyes secundarias. En el anterior gobierno hubo una Suprema Corte de Justicia independiente que le dijo que no, que declaró que las medidas que estaba impulsando violaban la Constitución. Pero la nueva Suprema Corte, surgida de las elecciones de acordeón de 2025, no tendrá la misma valentía para defender la Constitución. Estos nuevos ministros no le saldrán a la presidenta “con el cuento de que la ley es la ley”.