Resonancias de medio siglo
Quienes cursamos la secundaria durante el sexenio echeverrista vivimos una época vertiginosa. La humanidad ya había dejado su huella en la Luna y el mundo soportaba el peso de una Guerra Fría que llevó al gobierno mexicano a emprender la guerra sucia contra quienes no se alineaban con el sistema. Sin duda, a los adolescentes de entonces nos tocó absorber influencias encontradas: crecimos entre la cultura dominante y el auge de la contracultura. El triunfalismo del avance científico, del desarrollo tecnológico y de un relativo progreso económico fue cuestionado tanto por la insurgencia armada de izquierda y las revueltas estudiantiles como por la búsqueda de formas alternativas —y hasta estrambóticas— de convivencia.
Como todos, también vivimos la pérdida de la inocencia infantil y el despertar de la conciencia. Era inevitable: nos despojamos de muchas ingenuidades, pero, venturosamente, nunca perdimos la capacidad de soñar. Esa identidad —la de aprendices que veían el futuro con esperanza— permanece intacta a pesar del transcurso de las décadas.
El destino, caprichoso y diverso, nos dispersó por múltiples senderos: ingenieros de varias especialidades, contadoras públicas, profesoras normalistas, un arquitecto, una química, una psicóloga, una médica, un comunicólogo, un piloto de helicóptero de fuerzas federales y varios especialistas en ciencias sociales. Más tarde llegaron nuevas y desafiantes responsabilidades: las parejas, los hijos y los nietos. Nada nos detuvo y todos seguimos activos: aun después de la jubilación, varios continúan trabajando jornadas completas por el puro placer de responder con mayor libertad a su vocación.
Cuando la vida nos volvió a reunir, viejos apodos resurgieron con naturalidad y cariño: Gato, Pollo, Chiquis, Yupi, Jefa, Periquita y Capi. El reencuentro trajo consigo largas conversaciones, risas capaces de desafiar medio siglo de no tratarnos y la reconstrucción minuciosa de nuestra memoria grupal. Evocamos a quienes ya no están, a esos cuatro compañeros que la enfermedad o el accidente nos arrebataron y recordamos a los que hoy residen en otra nación.
¿Cómo olvidar nuestras maneras de ser de entonces? Por ejemplo, el compañero que exploraba los misterios de la parapsicología y la hipnosis; el talentoso flautista que poseía el poder embelesador de Orfeo —capaz de haber alcanzado las cumbres de un Horacio Franco si no hubiera consagrado su vida a la ingeniería—; los diestros en el dibujo artístico; la declamadora que conmovía a las más exigentes audiencias; la chaparrita invencible en la cancha de basquetbol o aquellas estudiosas en quienes ya se adivinaba una genuina vocación científica.
Y qué decir de nuestros formadores: la cautivante maestra de historia, poseedora de una inteligencia luminosa y de un trato siempre cordial y estimulante; el sensible profesor que nos abrió las puertas del pentagrama; los maestros de ciencias que nos enseñaron el planteamiento racional de problemas y el valor imprescindible del método; aquel otro que aprovechaba canciones famosas para despertar nuestro gusto por el idioma inglés; el valiente docente que, con su propio ejemplo, nos inculcó la solidaridad, el espíritu cívico y el compromiso con las causas justas.
La relación no siempre ha sido tersa. La alegría enorme del reencuentro se vio afectada por nuestras distintas visiones del país y por sus vaivenes políticos. El proceso electoral de 2024 nos puso a prueba con su polarización. Hubo enojos y distanciamientos. No obstante, terminamos por aprender que las diferencias de opinión, en política o en cualquier otra esfera, no tienen por qué desembocar en la ruptura ni en la hostilidad. Comprendimos que una amistad “de a devis” es aquella que admite la discrepancia.
En lo esencial, seguimos siendo aquellos soñadores. El paso del tiempo ha dejado ya su huella en nuestros cuerpos, pero basta un nombre, una fotografía o una anécdota para que la secundaria que vivimos hace cincuenta años vuelva a nosotros, nos inyecte entusiasmo y nos lleve a agradecer nuestros días.