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Resonancias de medio siglo

Nos despojamos de muchas ingenuidades, pero, venturosamente, nunca perdimos la capacidad de soñar. Esa identidad —la de aprendices que veían el futuro con esperanza— permanece intacta a pesar del transcurso de las décadas.

Resonancias de medio siglo

Resonancias de medio siglo

ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

Quienes cursamos la secundaria durante el sexenio echeverrista vivimos una época vertiginosa. La humanidad ya había dejado su huella en la Luna y el mundo soportaba el peso de una Guerra Fría que llevó al gobierno mexicano a emprender la guerra sucia contra quienes no se alineaban con el sistema. Sin duda, a los adolescentes de entonces nos tocó absorber influencias encontradas: crecimos entre la cultura dominante y el auge de la contracultura. El triunfalismo del avance científico, del desarrollo tecnológico y de un relativo progreso económico fue cuestionado tanto por la insurgencia armada de izquierda y las revueltas estudiantiles como por la búsqueda de formas alternativas —y hasta estrambóticas— de convivencia. 

Como todos, también vivimos la pérdida de la inocencia infantil y el despertar de la conciencia. Era inevitable: nos despojamos de muchas ingenuidades, pero, venturosamente, nunca perdimos la capacidad de soñar. Esa identidad —la de aprendices que veían el futuro con esperanza— permanece intacta a pesar del transcurso de las décadas.

El destino, caprichoso y diverso, nos dispersó por múltiples senderos: ingenieros de varias especialidades, contadoras públicas, profesoras normalistas, un arquitecto, una química, una psicóloga, una médica, un comunicólogo, un piloto de helicóptero de fuerzas federales y varios especialistas en ciencias sociales. Más tarde llegaron nuevas y desafiantes responsabilidades: las parejas, los hijos y los nietos. Nada nos detuvo y todos seguimos activos: aun después de la jubilación, varios continúan trabajando jornadas completas por el puro placer de responder con mayor libertad a su vocación.

Cuando la vida nos volvió a reunir, viejos apodos resurgieron con naturalidad y cariño: Gato, Pollo, Chiquis, Yupi, Jefa, Periquita y Capi. El reencuentro trajo consigo largas conversaciones, risas capaces de desafiar medio siglo de no tratarnos y la reconstrucción minuciosa de nuestra memoria grupal. Evocamos a quienes ya no están, a esos cuatro compañeros que la enfermedad o el accidente nos arrebataron y recordamos a los que hoy residen en otra nación.

¿Cómo olvidar nuestras maneras de ser de entonces? Por ejemplo, el compañero que exploraba los misterios de la parapsicología y la hipnosis; el talentoso flautista que poseía el poder embelesador de Orfeo —capaz de haber alcanzado las cumbres de un Horacio Franco si no hubiera consagrado su vida a la ingeniería—; los diestros en el dibujo artístico; la declamadora que conmovía a las más exigentes audiencias; la chaparrita invencible en la cancha de basquetbol o aquellas estudiosas en quienes ya se adivinaba una genuina vocación científica.

Y qué decir de nuestros formadores: la cautivante maestra de historia, poseedora de una inteligencia luminosa y de un trato siempre cordial y estimulante; el sensible profesor que nos abrió las puertas del pentagrama; los maestros de ciencias que nos enseñaron el planteamiento racional de problemas y el valor imprescindible del método; aquel otro que aprovechaba canciones famosas para despertar nuestro gusto por el idioma inglés; el valiente docente que, con su propio ejemplo, nos inculcó la solidaridad, el espíritu cívico y el compromiso con las causas justas.

La relación no siempre ha sido tersa. La alegría enorme del reencuentro se vio afectada por nuestras distintas visiones del país y por sus vaivenes políticos. El proceso electoral de 2024 nos puso a prueba con su polarización. Hubo enojos y distanciamientos. No obstante, terminamos por aprender que las diferencias de opinión, en política o en cualquier otra esfera, no tienen por qué desembocar en la ruptura ni en la hostilidad. Comprendimos que una amistad “de a devis” es aquella que admite la discrepancia.

En lo esencial, seguimos siendo aquellos soñadores. El paso del tiempo ha dejado ya su huella en nuestros cuerpos, pero basta un nombre, una fotografía o una anécdota para que la secundaria que vivimos hace cincuenta años vuelva a nosotros, nos inyecte entusiasmo y nos lleve a agradecer nuestros días.

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