Un amigo científico detesta las molestias de la vida práctica. Para sobreponerse a la irracionalidad de lo cotidiano, ha desarrollado un método de resistencia que vale la pena conocer.
Con su autorización, lo llamaré Dr. Santibáñez. El título es inseparable de alguien que pertenece al circuito académico, participa en congresos, comisiones y exámenes de grado, y debe sobrellevar a los colegas que compiten con él por los exiguos apoyos de investigación. Para mayor desgracia, ciertos rivales sostienen teorías que pretenden refutarlo.
“Vivo en pie de guerra”, me dijo en una ocasión. Quien piense que tener un posdoctorado sirve para respetar a los demás investigadores, debe hablar con mi amigo.
“No olvido al primer ladrón que conocí: tenía cuatro años y me quitó mi gelatina en el kínder”, comentó a propósito de un científico que publicó, sin citarlo, un paper con ideas muy parecidas a las suyas. Le conté historias parecidas del ambiente literario, pero esto sólo sirvió para reforzar su desencantada idea de la condición humana. Por lo demás, mi oficio no requiere de colaboradores. “No sabes lo que significa ser dictaminado por el Dr. Ezquerra”, comentó en referencia al compañero de instituto que vive para bloquear su carrera.
Lo oí quejarse durante años con regularidad matemática. Al tercer tequila empeoraba su opinión de los congéneres. Esta constancia hizo que su cambio de hábitos resultara casi alarmante. De pronto, estuvo de acuerdo con el destino; se encontraba en estado de plenitud. “Lo vi pletórico”, comentó un amigo que compartía la reunión.
¿Qué había pasado? Quise saberlo y fui a su cubículo en el último piso de un edificio de la UNAM. Me sorprendió que resolviera enigmas del universo en un cuarto tan pequeño y caótico (tuvo que quitar una pila de libros para que yo me sentara; por el polvo que despidieron, sospeché que llevaba meses sin recibir una visita).
Su transformación psicológica era tan misteriosa como sus temas de estudio. Se lo dije y preguntó en forma inesperada: “¿Sabes lo que significa hacer experimentos en un país donde se va la luz”. Se adentró en los laberintos del subdesarrollo y describió el tiempo que perdía en las oficinas. Una vez al año, ayudaba a un colega inválido a preparar la “prueba de vida” que le permitía seguir recibiendo su pensión. “¡Estar vivo es un trámite!”, exclamó. “¡En Harvard no tienen que verificar su coche dos veces al año ni perseguir una factura fiscal!”; se dirigió al pizarrón, único espacio sin libros; trazó números en los que sólo distinguí valores exponenciales: “La fórmula demi neurosis”, sonrió satisfecho.
Para tolerar a la burocracia, decidió esperar lo peor; calculó en detalle las molestias y se dispuso a enfrentarlas una a una.
Convencido de que le iría pésimo, disfrutó que le fuera mal.
Lo interesante es que hizo lo mismo con las personas: “Hay que saber exagerarlas”.
Estaba al tanto de los problemas potenciales de sus competidores: a uno le podía empeorar la halitosis, otro sería abandonado por su pareja, otro más despedido por acoso. “Nadie te conoce tan bien como tu enemigo”, señaló la fórmula que elevaba al cubo las deficiencias ajenas.
El resultado anímico de imaginar tragedias posibles fue el siguiente: apreció a esas personas humanizadas por el desastre. La rabia fue sustituida por la lástima, y se sintió tranquilo. “Si esperas la infamia, aceptas la mediocridad”, tal era su lema.
El periodo de armonía duró varios años.
Su método resultaba tan eficaz que me pregunté si acaso lo aplicaba conmigo. Sin embargo, contra todo pronóstico, un día llegó el escándalo. Mi amigo agredió en el pasillo del instituto al Dr. Ezquerra, que no había dejado de ser su bestia negra y lo calumniaba a sus espaldas, pero a quien, gracias a su fórmula, Santibáñez había aprendido a elogiar en público.
El tercer tequila recuperó sus viejas funciones: “Le rompí la quijada al desgraciado”, dijo mi amigo. “Una anomalía experimental”, agregó: “¡No supe exagerarlo! Sus defectos reales superaron a los que le imaginaba”.
Con ayuda de un abogado, demostró que su golpe había sido “aleatorio” y pudo volver a su trabajo. Me sorprendió que me llamara con urgencia para “ver algo”.
Una nueva fórmula ocupaba el pizarrón.
Aunque no sé nada de matemáticas, intuí que había encontrado el modo de empeorar mejor a la gente que detesta.
“¡Pobrecitos!”, dijo con genuina compasión.