Con un gran dejo de provincianismo, la presidenta optó por ignorar el estancamiento que sufre la economía mexicana y el contexto geopolítico en que se encuentra nuestro país. Enfocada hacia su base política, se dedicó a afianzar la estructura con la que ya cuenta, y a desdeñar y atacar a quienes debería sumar para conducir al país hacia un mejor estadio de desarrollo, para beneficio del conjunto. Otra oportunidad perdida, pero ésta con consecuencias.
Esta no es la primera vez que México enfrenta un entorno hostil. Tampoco es la primera vez que un gobernante intenta distraer la atención de los problemas internos atacando a un tercero, usualmente al factótum de nuestra región. La receta es conocida y ampliamente practicada, pero no por ello exitosa; tan no lo es que el propio AMLO la evitó, prefiriendo cultivar a sus contrapartes (Trump y Biden) con largas alocuciones históricas sin mayores repercusiones prácticas. Adoptar un discurso de confrontación cuando las medidas adoptadas para atraer inversión han resultado fallidas y el principal motor de nuestra economía radica en la economía estadounidense, bordea en lo temerario.
En la era priista no era excepcional escuchar altisonantes discursos antinorteamericanos, pero había tres diferencias. Primero, el discurso local difícilmente trascendía, lo que confería amplia oportunidad a los políticos mexicanos para dirigirse a unos públicos, ignorando a los otros, sin mayor riesgo. Segundo, los gobiernos estadounidenses de aquella época entendían el beneficio político de un doble discurso porque privilegiaban la estabilidad interna sobre la coherencia, en una era en la que la interacción bilateral era relativamente pequeña. Tercero, y mucho más importante, ninguno de los gobernantes mexicanos de aquella época ignoraba la realidad geopolítica o la vecindad con una superpotencia. Nada de eso sigue siendo válido.
En el mundo interconectado que nos ha tocado vivir, es imposible fragmentar las audiencias de un discurso: todo mundo escucha lo mismo, pero cada uno recibe el mensaje que le interesa. Y el mensaje que es atractivo para la base, ciertamente en este caso, repele al resto. Algunos lo ignorarán como parte del acontecer cotidiano, pero otros lo asumirán como lo que pretende ser.
La relación bilateral de hoy en día es no sólo trascendente, sino determinante, como lo ilustran las remesas, las exportaciones, los millones de mexicanos allá radicados y la intensidad del actual gobierno norteamericano. Suponer que lo único que motiva al presidente Trump es electorero constituye una mera extrapolación de la política nacional, máxime cuando, dada la redistribución de distritos electorales que está teniendo lugar, ni siquiera es obvio que los demócratas vayan a lograr mayores avances.
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, la fuerza aérea alemana se dedicó a bombardear una ciudad tras otra sin encontrar mayor resistencia. Para 1942, cuando Inglaterra ya había construido una capacidad para responder, el comandante en jefe de su fuerza aérea, Sir Arthur Harris, afirmó que "los nazis comenzaron esta guerra bajo la ilusión un tanto infantil de que podían bombardear a todo mundo y que nadie los bombardearía de regreso. Pusieron en práctica esta ingenua teoría en Roterdam, Londres, Varsovia y un centenar de otros lugares". En una referencia bíblica, concluyó diciendo que "sembraron vientos y ahora van a cosechar tempestades". No hay acción que no genere una reacción, incluido un estridente discurso.
La latitud con que cuenta el partido gobernante en el fuero interno parece haberle hecho creer que puede ignorar el contexto en el que nos encontramos. Como hemos visto, su dominancia interna le ha permitido emprender todo tipo de acciones tanto ejecutivas como legislativas (incluyendo no sólo reformas constitucionales, sino incluso reformas constitucionales a sus propias reformas constitucionales), pero nada de eso le ha ampliado el espectro de posibilidades para el desarrollo del país. Tampoco le ha mejorado el margen de maniobra en materia económica o le ha granjeado mayores apoyos en la forma de inversión o crecimiento económico. No sobra preguntarse si es asequible una mayor hegemonía sin recursos para conservarla. Su predecesor pudo tomarse muchas libertades en estas materias porque tuvo a su alcance recursos heredados por administraciones previas que ahora ya no existen. El legado en este ámbito es poco encomiable.
Con una situación interna relativamente frágil y una profunda y creciente integración económica con Estados Unidos, lo que uno debería esperar es medidas dedicadas a revertir la fragilidad interna y a construir puentes de interacción que faciliten y agilicen la viabilidad de la relación bilateral. Lo que ha dislocado esta lógica es la pretensión norteamericana de "limpiar" a la política mexicana. La presidenta tiene razón en rechazar esa pretensión, pero al no complementarla con un decisivo combate a la corrupción en todas sus formas, acaba solapándola y haciéndola suya. El resultado es confrontación con la fuente de ingresos y cancelación de los puentes que podrían permitir resolverla. Peor, dada la estridencia del discurso, invita a un escalamiento, como sugiere la anécdota de la fuerza aérea británica. Lo opuesto a lo necesario.