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Sarape, hilos de un paisaje que se echa a cuestas

Esta “sombra del mexicano” acompañó a peones, hacendados e insurgentes por igual, convirtiéndose en un símbolo de identidad nacional que narra historias ancestrales.

Imagen GettyImages.

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MÓNICA RODRÍGUEZ

El sarape es una prenda tradicional que remonta su historia al norte novohispano. En este textil se amalgaman el algodón, los tintes y los diseños mesoamericanos con la preparación de la lana y las técnicas del telar europeo. Vivió su florecimiento durante los siglos XVIII y XIX, y su uso terminó por ser desplazado ya entrada la modernidad de los años cuarenta.

No se conoce la etimología del nombre, ni si se escribe “sarape” o “zarape”, pero la primera mención registrada es de 1777 y la realizó el franciscano José Agustín Morfi en una carta donde lo describe como uno de los textiles elaborados en la hacienda de Patos (hoy General Cepeda, Coahulia).

Para 1788, el entonces gobernador de Nuevo León, don Fernando de la Concha, recibiría un informe que menciona que la mujeres navajo eran “más laboriosas que los hombres, pues fabricaban los mejores zarapes que se conocen”.

El 22 de mayo de 1799, en la capital de la Nueva España, el virrey Miguel José de Azanza emitió un documento donde prohibía que a las procesiones o cualquier acto público religioso se presentaran personas vestidas “indecentemente”, es decir, que fueran “envueltos en mantas, sábanas, frazadas, zarapes o cualquier otro jirón o trapo semejante”.

Lo que ignoraba la capital es que el sarape ya era parte de la estampa identitaria del norte y que en territorios zacatecanos, coahuilenses y neoleoneses era inseparable de los peones, jinetes, charros, léperos y gente del pueblo, al igual que de los hacendados y caballeros, aunque, claro, con sus respectivas diferencias de calidad. Esta prenda llegó hasta el sur y estuvo presente en las filas de los insurgentes, desfiló con liberales y conservadores y, durante la Revolución Mexicana, fue techo, bandera y sudario de los abatidos. Era al hombre lo que el rebozo a la mujer.

El sarape combina los materiales y diseños mesoamericanos con la técnica del telar europeo. Imagen Unsplash Alan de la Cruz.
El sarape combina los materiales y diseños mesoamericanos con la técnica del telar europeo. Imagen Unsplash Alan de la Cruz.

NARRAR EL PASO DEL TIEMPO

Los diseños del sarape nos conectan con simbologías ancestrales en comunidades donde, antes de ser alfabetizadas, una de las maneras de representar la tradición oral era utilizar la ropa como un sistema de escritura visual. Tejer un sarape es tejer una armadura simbólica donde se repiten patrones que mantienen vivo un linaje y hacen permanecer al ser humano inseparable de su entorno natural. Son amuletos de protección contra el sol, la lluvia, la noche, los animales y las malas energías.

Hay muchos tipos de diseños y cada uno contiene una narración muy específica. Algunos hablan de su entorno natural usando colores terracota y formas que representan a los cerros, la flora y la fauna, convirtiéndose así en mapas geográficos. Sin embargo, el diseño más típicamente reconocible, por sus franjas de colores brillantes, nos presenta una descripción muy bella de una manera sencilla.

Estando frente a este sarape, lo primero que atrae la mirada es la figura del rombo (o diamante) que se encuentra al centro. Este encarna el sol y los cuatro puntos cardinales; es el punto de partida y de encuentro. Dentro, se observan algunos motivos gráficos que suelen representar la lluvia, pues en un clima semidesértico es importante invocarla. Los marcos que bordean el diamante evocan los límites de la tierra conocida y del universo en que se mueve cada individuo.

Del centro hacia afuera vemos desprenderse la serie de franjas horizontales multicolores y de diferentes tamaños que forman degradados tonales —razón por la que se les conoce también como sombras— imitando el amanecer y el anochecer. La combinación de amarillos, naranjas, rojos, rosas, violetas y un verde representa el paisaje completamente iluminado, mientras que el lado opuesto nos narra que, al ir cayendo el sol, el atardecer se llena de azules claros a profundos, del morado al negro, y el paisaje, antes verde, se pigmenta en tonos cafés mientras va oscureciendo. Este sarape no sólo relata el paso del tiempo, sino el ciclo infinito de la vida misma: el inicio y el final, lo claro y lo oscuro, lo exterior y lo interior, porque lo que es afuera es adentro.

Diseño de Ricardo Seco en la New York Fashion Week. Imagen Hatnim Lee.
Diseño de Ricardo Seco en la New York Fashion Week. Imagen Hatnim Lee.

DE LA NATURALEZA A LO URBANO

“El mexicano camina con una sombra de colores a cuestas”, escribía el cronista Antonio García Cubas, quien en su obra El libro de mis recuerdos (1904) recopila los usos y costumbres del país antes de su modernización: “El sarape, esa prenda tan nuestra, que es algo que abriga: es lecho, alfombra, techo y su propia sombra […] una prolongación de su ser que lo envuelve y lo protege”. Llamarle a este textil “la sombra del mexicano” es un recurso metafórico que dispara imágenes no sólo de hombres en plena jornada resguardándose del sol, sino de un compañero que cuida, cubre y le oculta.

El poeta Juan de Dios Peza, conocido como “el cantor del hogar”, lo describió como un tapiz de colores en los que se dibuja la historia de una raza que no muere. Y tenía razón, pues esa misma raza haría explotar en 1910 una revuelta bélica exigiendo justicia social. Diego Rivera, que se encontraba en París aprendiendo sobre las vanguardias europeas, pintó Paisaje zapatista en 1915, un cuadro cubista que muestra una carabina, un sombrero zapatista, un paisaje y un sarape como elementos reconocibles de identidad nacional.

La etapa posrevolucionaria tiró, por un lado, hacia la modernización y, por el otro, hacia el rescate del nacionalismo, pero no siempre hubo un punto de encuentro: cuando se ganaba uno, se perdía lo otro. El ensayo Nueva grandeza mexicana, que escribió Salvador Novo en 1946, reflexiona sobre el sarape como una prenda que envuelve, mientras que el traje europeo divide: “El sarape no era una prenda, era una arquitectura de lana, un refugio portátil. El mexicano, al envolverse en él, se convierte en su propio centro, en su propia sombra móvil. Al abandonar el sarape por el saco estrecho de la modernidad, el hombre perdió su volumen, su misterio y esa penumbra protectora que lo hacía verse más como un individuo, como parte del horizonte mismo”. Su crítica hacia la modernidad nos lleva a reflexionar sobre cómo el paisaje urbano de hormigón se fue homologando con una moda y vestimenta monotonal cada vez más alejada de los parajes naturales y el provincianismo.

Diseño tradicional de sarape. Imagen Facebook Sarapes Originales de Saltillo.
Diseño tradicional de sarape. Imagen Facebook Sarapes Originales de Saltillo.

PERMANENCIA

Un increíble intento de reincorporar esta prenda al paisaje citadino se dió en el año 2016, cuando el diseñador de modas Ricardo Seco, de origen lagunero, presentó en la New York Fashion Week una colección masculina que incluía el textil del sarape en prendas como chamarras, sacos o pantalones. Pero aunque fue un éxito y recibió excelentes críticas, la tendencia duró muy poco.

Podemos decir que el sarape continúa peleando por su permanencia, por no ser reducido a una pieza de exhibición en un museo o a ser forzado a encajar en siluetas y cortes de indumentaria contemporánea. Pelea para que se le aprecie y se le use por lo que representa, así como encontró en Chavela Vargas a una compañera inseparable que lo llevó consigo a miles de escenarios internacionales por más de 60 años. México adoptó a la cantante y ella adoptó al sarape, pues hasta el último concierto que dio en 2012, la chamana de la música ranchera saldría a cantar con su cobija-coraza, con su armadura artística. La voz áspera de la ternura siempre enfundada con un respeto jurado hacia esta pieza textil que representa historia, que es mapa social y geografía tejida mexicana.

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