Con el pasar del tiempo, de aquel ya distante primero de diciembre de 2018, día que asumió la presidencia el líder supremo de la 4T, Andrés Manuel López a la actualidad, cada vez es más claro que el poder termina corrompiendo, y el poder absoluto corrompe absolutamente, tal como lo cita el historiador y político británico John Emerich Edward Dalberg-Acton). Esta célebre máxima fue escrita en una carta dirigida al obispo Mandell Creighton el 5 de abril de 1887, y vaya que los hechos que se viven en México diariamente y con el grupo del poder actual, le dan la razón al señor Dalberg-Acton. Valga una pequeña relatoría para mostrarlo. Los episodios se acumulan y dibujan una escena de privilegios que contrasta con el discurso oficial.
Empezando por el propio hijo de López Obrador. Las imágenes de Andy López Beltrán, secretario de Organización de Morena, disfrutando de viajes a destinos exóticos como Tokio y hospedándose en hoteles de lujo se convirtieron en símbolo de la incongruencia. Mientras su padre insistía en la "justa medianía" y la austeridad republicana, el hijo aparecía en escenarios que evocaban exclusividad y privilegio. La crítica fue inmediata: ¿cómo sostener un discurso de sacrificio cuando la élite del partido se pasea por el mundo con holgura?
El más agrio crítico del periodo "neoliberal" en México, el otrora defensor callejero y hoy senador Gerardo Fernández Noroña, conocido por su tono combativo contra los privilegios, fue exhibido por poseer una residencia valuada en 12 millones de pesos en Tepoztlán. A ello se suman sus viajes en primera clase y estancias internacionales que contradicen su imagen de político austero. La incongruencia es evidente: el discurso de cercanía con el pueblo se diluye frente a la evidencia de una vida acomodada. Vale la pena recordar el uso excesivo de su poder cuando siendo presidente del Senado, obligó a un ciudadano a rendirle una disculpa pública por haberlo increpado en un exclusivo salón de American Express en el aeropuerto de la Ciudad de México.
A este par de ejemplos hay que agregar los que rápidamente han realizado los nuevos miembros del máximo órgano colegiado del nuevo poder judicial, el que reemplazó al "corrupto e irremediable antiguo", éste que llegó al cargo por decisión "democrática" del pueblo, tampoco escapa a la crítica. La Suprema Corte de Justicia de la Nación adquirió nueve camionetas Jeep Grand Cherokee blindadas, con un costo de 2.4 millones de pesos cada una, lo que representó una inversión total de 21.6 millones de pesos para cada uno de sus integrantes. Tras la polémica, la Corte anunció que regresaría las unidades, pero el daño estaba hecho: el gesto de lujo quedó registrado como muestra de distancia frente a la ciudadanía.
Ayer se llegó al colmo en Querétaro, justo antes de la ceremonia por el 109 aniversario de la Constitución de 1917. El ministro presidente de la SCJN, Hugo Aguilar Ortiz, se detuvo para que dos colaboradores le lustraran los zapatos antes de ingresar al Teatro de la República. La escena, captada por cámaras, se convirtió en metáfora de servilismo y ostentación: un gesto mínimo que revela mucho sobre la cultura de privilegio en las élites del poder. ¿qué cosas? El mismísimo presidente de un poder de La Unión, quien no se cansaba de presumir su origen supuestamente indígena -aunque claramente es mestizo, pero electoralmente le servía- permite una acción tan lacaya
La retahíla de estos excesos -viajes, casas millonarias, camionetas blindadas y gestos de servilismo- muestra un patrón común: la distancia entre el discurso de austeridad y la práctica cotidiana de quienes ocupan posiciones de poder. La incongruencia erosiona la credibilidad y alimenta la percepción de que, más allá de los colores partidistas, existe una clase política y judicial que se resiste a abandonar los privilegios, aunque se presuman estos en particular como emanados del pueblo. Quizá les toque pagar factura el año que entra, se lo están buscando.