Sembrar en común: el blindaje campesino en el ejido Las Mercedes
En el ejido Las Mercedes, localizado en el municipio de Francisco I. Madero, Coahuila existe un pequeño grupo de ejidatarios que, contrario a la idea de concebir la tierra como propiedad individual, la comprenden como herencia compartida y territorio de defensa.
No son muchos, pero sí los suficientes para promover la organización de lo común para encarar los intereses de otros que, aseguran, buscan convertir el campo en mercancía.
En ese pequeño ejido de poco más de 300 habitantes y 125 ejidatarios, aún resuena la vieja consigna “Tierra y libertad”, atribuida a Emiliano Zapata, surgida en el fragor de la Revolución Mexicana. Pero también, en sus parcelas se levantan cultivos con raíces de autonomía y resistencia que evocan lo que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo visible en Chiapas en 1994.
Esa experiencia colectiva incluso quedó documentada en la investigación Zapatismo y Resistencia del Territorio en el Norte de México: Ejido Las Mercedes (2024), un estudio construido a partir de las propias historias de vida de sus habitantes.
El texto documenta la disputa silenciosa que los ejidatarios sostienen frente al avance de la industria lechera y ganadera en la región: de los 125 predios originales, 40 han cambiado de manos, mientras 87 permanecen bajo resguardo campesino. En esas parcelas que resisten no sólo se siembra maíz o forraje; también se cultiva, según el documento, una idea de comunidad sostenida en el policultivo, el pastoreo de cabras y el uso de ecotecnias como apuesta por lo colectivo.
A esa mirada que ofrece el estudio, se puede sumar otra tejida desde el acompañamiento y la reflexión. Germán Cravioto Batarse, sociólogo, activista y editor que ha estado cerca del ejido durante casi dos décadas, recuerda que su primer acercamiento fue en 2006, cuando recién egresado de Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila, participó en los recorridos de La Otra Campaña zapatista por tierras laguneras.
“Se trataba de conocer y hacer visibles las luchas de la gente de abajo”, explica. En ese momento, dice, no lograron organizarse como era el propósito, pero la semilla quedó. A finales de 2014, gracias al seguimiento de colegas y otras personas, se reencontró con Las Mercedes (o La Meches como suelen llamar al ejido) y con lo que describe como una experiencia “desde abajo y a la izquierda, no electoral, anticapitalista”.
Como colectivo, comenzaron a organizarse en torno al pensamiento, la autonomía, la agricultura y la lucha. Para Germán, el aprendizaje fue mayor que cualquier teoría: “Mis rudimentos intelectuales de sociólogo encontraron ahí una densidad y una profundidad que no se captan leyendo textos académicos”. A partir de 2022, sus prioridades cambiaron, pero no el vínculo: “Seguimos encontrando maneras de organizarnos, luchar y apoyarnos mutuamente”.
Desde esa mirada externa pero comprometida, identifica una característica que hace singular a Las Mercedes: la memoria viva de los ancestros que lucharon por la tierra y la conciencia de que ese bien natural, junto con el agua, no debe cederse a caciques y empresarios, pese a las presiones y la dinámica de acaparamiento que domina las interacciones económicas marcadas por el capital.
Para él, el compromiso actual de trabajar la tierra en común es valiente y estratégico. “Los compañeros que se cuentan 12 en el aspecto económico y laboral son mucho más que 12: son también sus familias, son otros compañeros y compañeras que observan el ejemplo, son nuevas generaciones que dan testimonio de que sí se pueden construir alternativas”.
Ese esfuerzo, expresa, funciona como contrapeso frente a la acumulación interna y externa de parcelas y derechos de agua, frente al deterioro de la comunidad en sus relaciones más básicas: el acceso a los bienes comunes y a los medios de producción para fines propios, y no para una producción enajenante que impone el trabajo asalariado.
“Frente a eso estamos: organización en común contra la acumulación desde adentro, a la manera de cacicazgo, como ocurre con los hermanos López Mota (lo explicaremos más adelante); pero también contra la acumulación de grandes capitales que se meten a los ejidos y los colonizan”.
Menciona, como advertencia cercana, lo ocurrido en el ejido Yucatán, también dentro del municipio de Francisco I. Madero, donde, asegura, una familia de empresarios ganaderos terminó por apropiarse prácticamente del núcleo agrario, regresándolo a formas equiparables a la hacienda y a los peones acasillados.
“Habrá diversidad de situaciones, pero es claro que la privatización de bienes comunes y la acumulación de riqueza en pocas manos es la dinámica dominante”.
Pero, en las Mercedes, las ideas zapatistas no son una consigna de pancarta, están visibles en la práctica cotidiana: sembrar juntos, decidir en colectivo y blindarse ante lo que consideran abusos de terratenientes y redes de poder que, según lo relatarán las voces de los mismos campesinos, han ido desdibujando el sentido original del ejido.
ORIGEN DE LAS MERCEDES

El ejido, que se ubica aproximadamente a 40 kilómetros del centro de Torreón, nació como parte del reordenamiento agrario que redefinió la Comarca Lagunera tras la Revolución Mexicana. A mediados del siglo XX, hacia 1954, un grupo de campesinos obtuvo la dotación de tierras y decidió separarse de antiguos asentamientos vinculados al ejido Florencia para constituirse como núcleo autónomo.
Ese gesto no fue menor: significó asumir la tierra no como posesión individual, sino como derecho colectivo conquistado en un país que apenas comenzaba a redistribuir su mapa rural. Ese proceso tenía raíces más profundas. Décadas antes, el reparto agrario impulsado durante el gobierno de Lázaro Cárdenas había convertido a la región en un entramado de ejidos organizados bajo principios de propiedad social, trabajo compartido y decisiones tomadas en asamblea.
Las Mercedes heredó (y ha querido conservar) esa estructura y también su carga simbólica: la idea de que la tierra debía sostener a la comunidad y no al revés. Por eso, la defensa que actualmente levantan algunos de sus ejidatarios no es un acto romántico, es, más bien, un posicionamiento que responde a la esencia de su origen.

Así lo entiendo de la voz de Felipe, un ejidatario recio que desde hace años insiste en sembrar una convicción: que lo común sea el único blindaje posible para proteger lo que las manos campesinas arrancan a la tierra. En las suyas, cansadas y agrietadas, se puede leer esa batalla.
Él ha resistido para que el ejido no se fragmente ni se venda, y desde su trinchera denuncia los atropellos que, asegura, siguen cometiendo las autoridades agrarias.
“Desde hace años luchamos para que el ejido no se venda y se conserve lo que es lo común. Son 527, creo, hectáreas las que pertenecen a 125 ejidatarios”, dice el hombre de bigote cano y sombrero, que una mañana de sábado convocó, para charlar con este diario, a varios compañeros como si llamara a asamblea: hombres y mujeres convencidos, como él, de que la unión hace la fuerza y de que la dignidad de la tierra no está en venta.
UNA DÉCADA SIN COMISARIO EJIDAL REGISTRADO

En el porche de una casa, a pocos metros de las parcelas que cultivan en común, me reúno con Felipe y Jesús Varela Cervantes, Inés Sánchez Alvarado, Germán Lombera Campos y Lorenza Pérez García, para intentar desentrañar, desde sus propias voces, los problemas que enfrentan hoy al defender la tierra.
Su grupo tiene un nombre formal, Sembrando Vida, el cual no han podido constituir legalmente por el hecho de que desde 2016 el ejido no cuenta con un comisariado ejidal registrado.
Es decir, a pesar de que la Ley Agraria establece que la asamblea puede elegir a sus representantes, ese nombramiento sólo adquiere validez jurídica frente a terceros cuando el acta se inscribe ante el Registro Agrario Nacional (RAN). Sin ese registro, el comisariado existe únicamente de hecho y para efectos internos.
En ese vacío legal se inscribe el conflicto actual en Las Mercedes: Rodolfo y Alfredo López Mota se presentan como titulares del comisariado, aunque la elección mediante la cual asumieron el cargo fue rechazada y, por tanto, carece de validez oficial ante el Registro Agrario Nacional.

El año pasado, una nota publicada en este mismo diario documentó las prácticas que distintos ejidatarios calificaron como irregulares. Según una denuncia de la Unión de Campesinos en Defensa del Territorio y los Bienes Comunales, los hermanos habían ejercido control sobre recursos colectivos sin representación legal válida y al margen de una asamblea legítimamente constituida.
Las irregularidades que, afirman las campesinos, persisten, incluyen el manejo discrecional del dinero generado por bienes comunes como la planta purificadora de agua, la adjudicación para uso personal o familiar de norias del ejido y la venta ilegal de terrenos que pertenecen al patrimonio colectivo.
En ese contexto de disputas y señalamientos, numerosos trámites agrarios (herencias, sucesiones, cambios de titularidad o constitución de grupos) permanecen suspendidos, atrapados en una estructura sin autoridad reconocida formalmente.
Para la señora Lorenza, por ejemplo, la falta de registro del comisariado se volvió un problema que ha puesto en riesgo la seguridad jurídica de su parcela y su derecho a heredarla.
Relata que, tras el fallecimiento de su padre, ella rentó su parcela durante 14 años. Al concluir el acuerdo, intentó retomar formalmente el control y avanzar en la regularización de sus documentos de ella como ejidataria y en el registro de sus sucesores. Fue entonces cuando comenzaron los obstáculos.
Primero detectaron un error en su nombre. En el Registro Agrario Nacional aparecía como Lorenza Pérez Hernández en lugar de Lorenza Pérez García. Ese detalle, hasta la fecha, le impide acceder a las asambleas y le cierra puertas para ejecutar cualquier trámite. Y aunque cuando fue a preguntar le aseguraron que seguía siendo dueña, también le advirtieron que no podía modificar ni registrar sucesores hasta que su nombre fuera corregido.
Durante más de un año fue enviada de oficina en oficina con la promesa de que “el papel no llegaba de México”. A sus 72 años, en ocasiones le invade la angustia de que pudiera fallecer antes de lograr tener sus papeles en regla y que sus hijos quedaran imposibilitados para asumir los derechos de la tierra que las manos de sus familiares han trabajado por años.
Su experiencia ilustra cómo la ausencia de un comisariado formalmente registrado, coloca a los ejidatarios en un vacío legal donde cualquier “error administrativo” puede convertirse en un conflicto mayor.

A Lorenza la mortifica lo que pasa a nivel burocrático, pero lo que más le duele, expresa, es que, debido a esas malas prácticas, el ejido esté dividido y también que los derechos de los que heredan las tierras pendan de un hilo.
Otra habitante del ejido, que quiso quedar en anonimato, relató que su historia también gira alrededor de esa falta de registro. En su caso, el problema avanzó tanto que las negativas y la falta de respuestas terminaron afectando la salud de su marido, que frente a una asamblea y en vida de su padre, fue nombrado el heredero de sus tierras.
La mujer recuerda que en ese momento la asamblea aceptó el cambio y se levantaron firmas para que los títulos quedaran a nombre de su esposo. Convencidos de que todo estaba en orden, viajaron para recoger los documentos, pero allí les informaron lo contrario: “Dicen que todos mis papeles están bien, pero el único problema es que las firmas de las autoridades no valen”, recuerda que le dijo su esposo con el rostro desencajado. Fue entonces cuando se enteraron que desde 2016 el comisariado no estaba debidamente registrado.
El trámite quedó detenido indefinidamente y durante años intentaron resolver su caso sin éxito. Con eso y atravesando por una depresión desprendida por otro tema, la habitante de Las Mercedes dice, la salud de su marido colapsó y enfermó gravemente. Hace justo un año, luego de permanecer hospitalizado, perdió la vida sin ver solucionado el problema de sus tierras.
“Mi esposo me alcanzó a decir: tú pelea por lo tuyo”. Desde entonces, la mujer permanece en la defensa de la parcela. Dice que él murió esperando justicia y que ahora a ella le toca sostener lo que quedó pendiente.
LA DISPUTA POR EL SENTIDO DEL EJIDO
Para quienes integran el grupo, el problema del comisariado no es únicamente un asunto administrativo. Dicen que el vacío legal ha permitido algo más profundo: la transformación silenciosa del ejido.
Felipe lo explica sentado en una mecedora: durante años la preocupación era impedir que grandes propietarios externos compraran la tierra. Hoy la batalla es distinta.
“Primero la lucha era para que la tierra no se fuera a los terratenientes grandes. Ahora la lucha también es con los mismos compañeros que empiezan a juntar parcelas”, dice.
A esa acumulación interna la llaman cacicazgo. Señalan que, aprovechando la desorganización y la falta de autoridad legal, algunos han concentrado tierra y controlado decisiones colectivas, incluso el acceso al agua.

Para ellos, el conflicto no sólo es ausencia de gobierno ejidal, sino la forma en que intervienen las instituciones. “Las autoridades agrarias no están del lado de lo común”, afirma Felipe.
En ese escenario, el grupo conformado por cinco hombres y siete mujeres, intenta impulsar otra forma de trabajo. Son pocos, pero buscan convencer al resto de los ejidatarios de recuperar la lógica original del reparto agrario: producir y decidir colectivamente.
La idea se materializa en proyectos sencillos: una huerta común y el uso conjunto del agua y la tierra mientras el grupo exista.
Sin embargo, el mayor obstáculo no es técnico sino generacional. Algunos sucesores prefieren vender antes que involucrarse en conflictos legales y asambleas tensas.
“Los jóvenes mejor se van. Ven los problemas y dicen: mejor vendo la parcela”, reitera Lorenza.
Para Felipe, ahí está el riesgo real: no la venta inmediata, sino el desgaste comunitario. El ejido podría desaparecer sin decretos ni expropiaciones, simplemente por abandono. “Lo que queremos es que el ejido no desaparezca”.
EJIDATARIOS EN RESISTENCIA
Cuando la conversación parece agotarse, ninguno se levanta. El silencio cae un instante sobre el porche mientras un perro ladra. Felipe alienta a los participantes de esta asamblea figurada, a que vayan concretando sus ideas y digan en voz alta aquello que durante años sólo se ha repetido entre surcos.
Entonces él habla sin rodeos, ya no para explicar el conflicto, sino para nombrar lo que les pesa y porque seguirán luchando: “No vamos a dejar de luchar. Aunque duremos años. Yo me comprometo a defender la tierra para todos los que somos dueños. Hasta que se nos haga justicia y nos devuelvan la dignidad”.
Dice que vivir en Las Mercedes no es una casualidad sino una herencia moral: la que dejaron padres y abuelos que, afirma, aprendieron a defender la tierra incluso antes de saber leerla en papeles. Para él, las reformas legales dividieron a los campesinos, pero no borraron la memoria.
“Tenemos que tomar el ejemplo de los que dieron la vida por tener tierra. Si dejamos esto, toda esa lucha quedará en vano”.
A su lado, Germán Lombera asiente y frente al micrófono pronuncia: “A mí me gusta mucho el rancho. Mucha gente murió por esta tierra. Hay que seguir luchando”.
Lorenza habla después. En su caso la defensa no es abstracta, tiene nombre y apellido: “Yo amo este ejido y la tierra que me heredó mi padre. Me duele que esté dividido. Yo sí alzo la voz: que se respeten los derechos y que el ejido vuelva a ser ejido”. Pide asambleas legítimas, autoridades que no lleguen “vendidas” y un acuerdo mínimo: volver a reconocerse como comunidad.
A Inés, a quien todos los del ejido conocen como “El Tallao”, las palabras se le atoran, se toma un segundo, pero su voz se quiebra. No entiende por qué, en ese momento, sus sentimientos lo traicionan:
“Aquí nací, aquí crecí y aquí me hice viejo… (pausa). Aquí voy a morir en la raya”. Pide disculpas por las lágrimas que derrama, pero también sabe que su emoción no es para menos, porque, dice, ellos sin la tierra no son nada: “La tierra nos da de comer… y la vamos a defender hasta que la muerte nos llame a cuentas”.
Jesús, hermano de Felipe, habla casi como quien completa una historia familiar: “He visto el esfuerzo de todos los ejidatarios. Poco o mucho, pero siempre alcanzaba. Por eso tengo que apoyar en lo común, y aquí estoy en lo que pueda ayudar”.
Por último, Felipe vuelve a intervenir, ya no como portavoz sino como alguien encarnado al ejido: “Aunque sean dos o tres, hay que seguir la lucha. Lo común nos hará fuertes”.
Se levanta la asamblea. Cada quien regresa a su parcela. Sus palabras quedan suspendidas en el aire caliente y caen como semillas a la tierra que defienden. En Las Mercedes nada está resuelto, pero tampoco perdido: mientras haya manos dispuestas a sembrar en común y voces que nombren la injusticia, el ejido seguirá siendo más que un conjunto de hectáreas, será una historia de dignidad, resistencia y memoria viva.