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Jorge Volpi

Siete efebos y siete doncellas

JORGE VOLPI

Tras la rendición incondicional de Atenas, el rey Minos exigió a sus habitantes que cada año -según versiones menos severas, cada tres- deberían enviarle siete efebos y siete doncellas, los cuales servirían para alimentar al Minotauro, el hijo de su esposa Pasífae con el toro blanco de Poseidón, encerrado en el centro del laberinto. Durante varios años, los atenienses entregaron fielmente el tributo al soberano de Creta, hasta que Teseo -hijo de Egeo, rey de Atenas- decidió romper con aquella oprobiosa sumisión.

Hoy Minos es, obviamente, Trump -quien también hace las veces del Minotauro- y la infeliz Atenas, el resto del planeta. Cada vez más envanecido y cegado por el poder, el presidente estadounidense ya no se detiene ante nada: como Macbeth, ha conseguido que lo malo se torne bueno, lo horrible, hermoso; lo decente, indecente; y los amigos, enemigos. Y, para satisfacer su voracidad sin freno, ha impuesto un tributo que supera al entregado por Atenas, y no a sus enemigos, sino hasta quienes ahora habían sido sus mejores socios y aliados.

Con amenazas explícitas, a veces de imponer aranceles desorbitados y a veces de valerse de la fuerza -ya ha demostrado que es capaz de cualquiera de las dos cosas-, exige que se le entregue cuanto se le antoja: el petróleo de Venezuela, el Premio Nobel de la Paz de María Corina Machado, la franja de Gaza para convertirla en un lujoso resort mediterráneo, Groenlandia o, en nuestro caso, un grupo de ciudadanos mexicanos -criminales, sin duda, pero que no por ello deberían estar privados del debido proceso-, que ya superan por mucho los siete efebos y las siete doncellas exigidas por el rey Minos. Y, por si fuera poco, no se cansa de humillar a los escasos líderes que se atreven a cuestionarlo, en un rango que va de Zelenski a Carney.

La diferencia con la leyenda clásica es que el hambre de nuestro Minotauro solo crece con cada sacrificio: cada vez que se satisface una de sus exigencias, él pide más y más. Los europeos, quienes por setenta y cinco años confiaron en la protección que les ofrecía la Alianza Atlántica, son quienes parecen más pasmados ante sus exigencias: siempre toleraron que Estados Unidos hiciera lo que quisiera con América Latina -su patio trasero- o con otras naciones de Asia, África y Oceanía, pero nunca imaginaron que de pronto recibirían el mismo trato y, peor aún, el mismo desdén.

Salvo China, que contempla la desintegración de lo que solía llamarse Occidente con una mezcla de fascinación y cautela -mientras se prepara para aprovecharse de las coyunturas que abre el caos-, el resto del mundo vive en un estado de terror, como los atenienses frente a Minos. Temerosos de perder aún más en cada lance, sus medrosos líderes apenas hacen otra cosa que tratar de aplacar un poco la ira del monstruo. Venezuela es el modelo que Trump espera del resto: mientras sus antiguos enemigos, los chavistas en el poder, no han dudado en convertirse en sus títeres, su aliada ha tenido que aceptar su vasallaje para ver si le permite tener un lugar en una cada vez menos probable transición democrática. Eso mismo espera de los demás: que sus rivales capitulen sin condiciones y que sus aliados se sobajen ante él.

Lo peor es que, hasta ahora, ha conseguido lo que quiere: mientras en el interior del país desmantela cada vez más las instituciones democráticas e impone un régimen de terror racista, con redadas cada vez más violentas del ICE, afuera obtiene toda suerte de concesiones. Los europeos -para mantener la OTAN- se aprestan a entregarle nuevas bases en Groenlandia; las naciones débiles o autoritarias se suman a su proyecto de desmantelar la ONU en su nueva Junta para la Paz; y México -para conservar el T-MEC y evitar los ataques con drones en su territorio- entrega su tributo bimestral de ciudadanos mexicanos.

A estas alturas, resulta claro que nada de esto va a satisfacerlo. El primer ministro canadiense es el primero que se ha dado cuenta y parece buscar, tímidamente, el papel de Teseo: es evidente que, si se queda solo, fracasará.

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