En mi época universitaria asistí a una obra de teatro experimental que si no mal recuerdo se llamaba “Caos en el escenario”. Era una parodia de un director de orquesta que no podía definir qué obra interpretar, por lo que los primeros intérpretes de cada instrumento trataban de convencerlo de que dirigiera aquella en que su instrumento lucía más. Para probarlo, se escuchaban pequeñas selecciones de obras incompatibles en el sistema de sonido. Como el director no podía decidirse, se iban acelerando las presiones de los primeros intérpretes y de la música que recomendaban hasta que la obra concluía en un absoluto caos escénico y auditivo.
México parece encaminarse en esa dirección.
Las viejas anclas, tanto nacionales como mundiales, están feneciendo o hace mucho que pasaron a la historia. El sentido de dirección que esos puntos de referencia proveían permitía tener claridad de rumbo y términos comparables para estimar el desempeño relativo de cada nación. Hoy no sólo han cambiado los postes de las porterías, sino que en muchos casos ya no hay porterías o éstas cambian de manera sistemática y sin rumbo predecible.
Cuando se pierden esas brújulas, todo mapa deja de ser relevante; cuando se pierde de vista esta creciente circunstancia de nuestra era, las prácticas tradicionales pierden viabilidad, los esfuerzos dejan de rendir los frutos de antes y la insatisfacción se multiplica. Y esto es igualmente cierto para los ciudadanos y para los gobiernos.
De nada sirve perseverar en lo que antes funcionaba cuando el entorno ha variado. Apegarse a un mapa que ha dejado de ser útil equivale a ir sin mapa, sin claridad de rumbo. Uno se pierde. La realidad ha cambiado y todo tiene que adecuarse a las nuevas circunstancias, así sean éstas cambiantes.
Como bien dijo Keynes, cuando las circunstancias cambian, uno tiene que cambiar. La alternativa es siempre peor.
Los vectores han cambiado en la política y en la economía.
El gobierno americano actual ha venido rompiendo todo vestigio del viejo orden mundial. Sus formas podrían ser menos estridentes, pero el sentido de dirección es axiomático, representando el mayor cambio en el plano mundial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Enormes implicaciones.
Hasta hace no mucho, la relación México-Estados Unidos se regía por un acuerdo implícito de no confrontarse en público. Hoy los gritos y sombrerazos avanzan sin ton ni son, provocando distanciamiento, incapacidad de atender asuntos y, sobre todo, evidenciando carencias y limitaciones.
En el plano político electoral, la región latinoamericana ha dado enormes virajes de derecha a izquierda y viceversa. El voto es menos ideológico que contra quien se encuentra en el poder. La gente rechaza gobiernos malos, corruptos o simplemente incompetentes. En Chile y Argentina lo definieron con claridad: “que se vayan todos”. Nadie es invulnerable.
Los grupos del crimen organizado se han fortalecido, potenciándose como amenazas al Estado sin que exista comprensión de que la clave es un gobierno fuerte que le confiere seguridad y certidumbre a la población.
La suma de cambio tecnológico, alteraciones en el orden legal (y, en México, judicial también) y en las reglas del juego para la inversión, el comercio y los impuestos provoca un clima de enorme incredulidad y escepticismo que se traduce en parálisis. Esto es patente en México, pero está lejos de ser excepcional.
El mundo está de cabeza por causas ajenas a los designios y deseos de los habitantes o gobiernos de la mayor parte de las naciones del mundo, pero eso subraya, en lugar de disminuir, la responsabilidad de los gobernantes para adecuarse y anticiparse al mundo cambiante que nos ha tocado vivir. Si uno observa la forma en que naciones como Corea o Singapur se adecúan al acontecer de esta época, resulta evidente que su primera consideración es el desarrollo de sus respectivas naciones, no el interés inmediato de la próxima elección.
Una fábrica tras otra bajo la mira del presidente Trump ha ido migrando hacia Estados Unidos. Muchas lo hacen por esa lógica política, pero muchas más lo hacen porque otean el entorno, ven la disponibilidad de energía eléctrica, calidad de la infraestructura, el sistema educativo, las modificaciones al amparo y la inseguridad que acecha y concluyen que no existen condiciones para seguir operando en nuestro país.
El contraste entre la impecable racionalidad de esas empresas y la lógica gubernamental de cerrar espacios, cancelar contratos y negar la existencia de problemas para la operación de las empresas es simplemente brutal. No se puede desear inversión y al mismo tiempo desincentivarla por todos los medios posibles.
El que no transa no avanza, dice un viejo dicho de la realidad costumbrista nacional. Ahora ese parece ser el lema del gobierno y muchos de sus personajes principales.
El país se asemeja a esa orquesta descuachalangada que no logra definir hacia dónde quiere ir y cuyo gobierno está atorado entre la prioridad de mantenerse en el poder, asistir a sus clientelas o promover el crecimiento económico para todos. La retórica podrá decir una cosa y ésta se refleja en la popularidad, pero el futuro no se construye con encuestas, sino con decisiones de largo alcance, muchas de las cuales rinden frutos sólo en el largo plazo.