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Sin Trump

JORGE VOLPI

¿Y si de pronto ya no estuviera allí? ¿Si de la noche a la mañana fuera un hueco, un vacío, un rescoldo del pasado, un fantasma? No hace falta siquiera imaginar un infarto repentino y ya sabemos que es bastante invulnerable a los francotiradores. Tampoco sería imprescindible añadir a la ecuación su previsible derrota, almenos en el Congreso, en las elecciones intermedias. El ejercicio consiste más bien en eliminar esa presencia abrumadora que todo lo contamina, y todo lo ensucia, con su astrosa y abrasadora vulgaridad. Convengamos: Donald Trump es el símbolo de nuestra época y, a la vez, no es nada. Nadie.

Un hombre vacío, casi el reflejo de un blank slate, que quizás jamás haya defendido un solo principio firme en su vida y solo se ha dedicado, primero en los negocios, luego en el show business y a continuación en esa singular mezcla de las dos cosas que es la política, a alimentar su inmensurable ego - o, claro, su ego quebradizo y frágil- y a enriquecerse y enriquecer a su familia a costa de quien se le ponga en el camino. ¿Un monigote? No exactamente: una figura providencial, de esas que tanto fascinan al estadounidense curtido en westerns y películas de superhéroes, que necesita aparecer en escena como catalizador delmalestar generalizado y del ansia de disrupción.

Trump acaso sea solo eso: la fachada de oropel -ese dorado que tanto le fascina- que enmascara la destrucción de la democracia a través de la democracia misma.

Y es aquí donde da la impresión de que, aun sin Trump -así se volatizara de repente- el trumpismo continuaría su ascenso: Tolstói probablemente secundaría esta tesis. Porque el universo MAGA tiene ya vida propia y se alza como una coalición lo suficientemente poderosa como para mantenerse en el poder -en un espectro que va de los supremacistas blancos a los magnates tecnológicos-, sobre todo si la erosión institucional se acentúa en los años finales de su mandato, como es previsible. De hecho, su reciente impopularidad, debida sobre todo a su falta de coherencia y al daño directo que ha hecho a la economía cotidiana de sus seguidores -no es otro el mayor interés de su público- quedaría compensada con su ausencia, al tiempo que todo aquello que ha hecho, o más bien, deshecho, permitiría la pervivencia de su movimiento por interpósita persona.

Sin Trump, el mundo parecería un lugar más razonable y más seguro, y Estados Unidos una potenciamás confiable y menos errática. Pero ello solo sería así si confiáramos en que el carácter volcánico del líder es el fundamento principal de la inestabilidad global. Por el contrario, resultamás factible constatar que las fuerzas coaligadas en torno a él no harán otra cosa que ahondar en su estrategia, acentuando su deriva autoritaria.

Si el trumpismo ha sido tan devastador es justo porque excede por mucho la fatuidad de su caudillo. Parapetado bajo su impertinencia y sus grotescas boutades, quienes lo apoyan en las sombras han conseguido arrasar con los cimientos de la convivencia democrática: han aniquilado, uno a uno, sus principios. Su labor no ha consistido solo en irritar a los antiguos aliados, cortejar a los enemigos, perseguir migrantes, desmantelar el Estado o acosar a sus críticos, sino en eliminar la posibilidadmisma de un nuevo consenso. Su principal enemigo, por ello, no han sido tanto los demócratas o sus opositores como la realidad misma. Si algo ha conseguido el trumpismo, auspiciado por los gurús de la Ilustración Oscura, ha sido arrebatarles a los ciudadanos un espacio de valores común.

Cuando ya no hay una realidad común, la igualdad ha sido desterrada como valor humano fundamental y los votantes MAGA se han convertido en un culto que solo sigue dogmas, de espaldas a los hechos, poco importa si es JD Vance o Marco Rubio -o algún otro advenedizo- quien ocupe el trono vacante: el trumpismo, entendido como elmás insidiosomovimiento oscurantista de nuestra era, no está lejos de conseguir su objetivo: que la democracia se vuelva, para la mayoría, simplemente irrelevante.

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