Llegará el día en que un nuevo régimen deje de reivindicar las vidas de los narcotraficantes "que también son pueblo" y las de sus socios políticos "que representan al pueblo", para honrar en cambio las historias de los hombres y mujeres del pueblo. Héroes anónimos de los campos, mares y ciudades: trabajadores, profesionistas, empleados, empresarios. Gente de bien y de paz, gente honesta y digna.
En un acto de justicia, esa reivindicación deberá empezar por Sinaloa. Entonces ya no serán los hijos de Badiraguato los héroes de los corridos de feria y los corrillos del poder. Otros personajes aparecerán en los libros de texto, los discursos públicos y las charlas de sobremesa: sinaloenses eminentes.
Imagino esa recuperación como quien revisa unas viejas postales. Las más antiguas serían históricas. En una de ellas, un grupo de hombres golpea con la cadera una pelota pesada. Es el "ulama", supervivencia del antiguo juego de pelota mesoamericano. En Sinaloa se conservó y se juega, no como pieza de museo, sino como tradición viva.
Postales de paisajes. Los primeros conquistadores que llegaron a la región adoptaron un nombre que ya era antiguo: Sinaloa. Hallaron una tierra fértil, abierta al mar y surcada por ríos, tierra propicia para el trabajo.
Postales de ciudades: Culiacán, fundada en 1531, marca el inicio del avance español en el noroeste. El Fuerte, desde 1564, mantiene en su nombre el eco de tiempos guerreros. El Rosario, fundada en 1655, recuerda la riqueza minera que se sostuvo durante siglos.
Otra postal remite al tiempo en que Sinaloa fue frontera espiritual. Desde ahí avanzaron hacia el norte, entre los siglos XVI y XVII, los misioneros jesuitas, entre ellos el padre Kino. Evangelizaron a pueblos cuyos nombres aún resuenan: ahomes, guasaves, cahítas, acaxees, xiximes.
La Universidad de Kioto resguarda un rollo de varios metros en el que unos náufragos japoneses de fines del siglo XVIII dibujaron el malecón de Mazatlán. No daría para una postal solamente sino para una publicación. Allí aparecen los carruajes, las mujeres con sus amplios vestidos y sombrillas. El ajetreo del puerto. En 1844, otro náufrago japonés, Hatsutaro, dejó testimonio de su paso por Mazatlán en el libro Un extraño cuento de los mares. Mazatlán como cruce de mundos.
En el siglo XX abundarían las postales biográficas. Un joven en Guamúchil aprende música sin maestros formales. Carpintero de profesión, canta donde puede. Su simpatía es natural e irresistible. No es un charro arrogante, ni un pícaro de barriada: es un personaje del pueblo, que habla como todos, que sufre como todos. Con el tiempo, aquel carpintero llegaría a encarnar a Pepe "El Toro", entonar canciones inolvidables y convertirse en el artista más querido del cine mexicano. Es Pedro Infante, que nació en Mazatlán en 1917. Y cómo olvidar a Lola Beltrán, "Lola la Grande" -de El Rosario- o a José Ángel Espinoza "Ferrusquilla" -de Choix-, personaje que llevaba ternura a la pantalla y compuso canciones que dieron la vuelta al mundo.
Estampas literarias: la fina poesía amorosa de Gilberto Owen, la prosa inquietante de Inés Arredondo, las duras y desgarradas novelas de Élmer Mendoza. Aparecerían también figuras como el historiador José C. Valadés y su hijo, el jurista Diego Valadés, el escritor Jaime Labastida, el diplomático Genaro Estrada, cuyo nombre dio origen a una de las doctrinas de la política exterior mexicana (hoy tan desvirtuadas), y el doctor Jesús Kumate, inolvidable miembro de El Colegio Nacional, benemérito promotor de las campañas de vacunación nacional (hoy tan relegadas).
No faltarían las postales en el mundo de la empresa. Aparecería, por ejemplo, Luis Coppel inaugurando en 1941 su tienda "El Regalo". Y entre los hijos adoptivos de Sinaloa y su vecina Sonora destacaría Norman Borlaug, Premio Nobel de la Paz, cuya "revolución verde" alimentó y sigue alimentando a millones de personas.
Un lugar especial en el recuerdo lo tendría Manuel Clouthier, el famoso "Maquío", ese valeroso empresario agrícola, ese "fullback" de la libertad, cuyo coraje cívico levantó la conciencia democrática de México y cuyo sacrificio -no fue otra cosa- deberá reconocerse plenamente.
Pero las postales históricas y biográficas más importantes serán las de los sinaloenses anónimos. Esas historias de esfuerzo, esas vidas de trabajo y decencia, son las que reconocerán las generaciones futuras en Sinaloa, cuando México tenga un régimen que crea en esos valores y no proteja el crimen.
ÁTICO
Imagino una Sinaloa que rinde homenaje a sus héroes anónimos y a sus mejores hijos.