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¿Sirven los partidos políticos?

Jorge Iván Domínguez Parra

En la conversación pública mexicana hay una sentencia que se repite como verdad cotidiana: "los partidos ya no representan a nadie". Y aunque la frase nace de un hastío legítimo, también esconde un riesgo mayor: cuando se deconstruye el sistema institucional, el vacío deja hueco a que el poder se reconfigure de formas exageradas y a veces monstruosas como el mesianismo o el nepotismo.

En la última década, las encuestas de preferencia partidista han revelado niveles históricamente bajos de identificación ciudadana con cualquier partido. El rechazo es transversal: izquierdas, derechas y centros sufren el mismo descrédito. Los partidos dejaron de ser vehículos de identidad ideológica para convertirse, en muchos casos, en siglas alquiladas, maquinarias clientelares o refugios de intereses familiares y personales.

El nepotismo no es nuevo en México, pero su sofisticación reciente responde a la erosión del sistema de cuadros. Allí donde los partidos no forman liderazgos, los liderazgos corren el riesgo de heredarse. No por competencia ni mérito, sino por consanguinidad o conveniencia. Lo hemos visto en todos los colores: esposas, hijos, hermanos, cuñados convertidos en aspirantes, como si la política fuera un árbol genealógico más que un espacio de deliberación pública.

Del otro lado, cuando el partido se disuelve como institución y se reduce a estructuras estériles de movilización, aparece el mesías: el caudillo que no representa a una fuerza, sino que es la fuerza. Su narrativa no parte del diálogo, sino de la tiranía del carisma. Y sus votantes no lo eligen como opción, sino que lo siguen como dogma religioso.

Sin contrapesos internos, sin debates programáticos, sin órganos colegiados que lo enfrenten, el mesías político opera en un sistema de lealtades personales que simula democracia, pero que camina sobre una cuerda populista.

Lo paradójico es que esta crisis no significa que los partidos no sean necesarios. De hecho, su ausencia real los vuelve aún más urgentes. El sistema de partidos -por imperfecto que sea- sigue siendo el único canal institucional capaz de articular mayorías, garantizar alternancia pacífica y procesar el conflicto político sin violencia.

Las democracias más sólidas del mundo tienen partidos fuertes. En Alemania, el sistema de listas cerradas y financiamiento público ha creado partidos con vida interna real. En Chile, tras su refundación democrática, los partidos han sido vehículo de equilibrio en coaliciones diversas. Incluso en Estados Unidos, con todas sus tensiones, los partidos son filtros ineludibles para llegar al poder.

Eso sí, partidos fuertes no significa partidos cerrados. La vía ciudadana debe seguir existiendo -no como excepción anecdótica, sino como válvula real de oxigenación del sistema. Pero sin mecanismos claros de fiscalización y con reglas débiles de representación, el riesgo de que las candidaturas independientes se conviertan en vehículos personalistas o plataformas de oportunismo sin proyecto también está presente.

No se trata de desaparecer a los partidos, ni de multiplicarlos hasta el absurdo, sino de refundarlos constitucionalmente desde el origen, con reglas de vida interna democráticas, órganos internos bien definidos, procesos de formación de cuadros, rendición de cuentas real y financiamiento vigilado.

Los partidos también deberían entender en este momento que el descrédito no se combate con marketing, sino con estructura, visión y causa.

Quizá haya que invertir más -no menos- en partidos, pero con métricas de desempeño, transparencia radical y participación efectiva. Lo caro no es el financiamiento público; lo caro es el desgobierno, la desinstitucionalización y la simulación democrática.

La política, como la física, detesta el vacío. Si los partidos no ocupan su espacio, lo harán los apellidos… o los profetas.

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Escrito en: editorial columnas Armando Fuentes Aguirre (Catón)

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