George Clemenceau, primer ministro de Francia, decía que la guerra es algo demasiado importante como para dejársela a los generales. En estos últimos años resultó que la política de un presidente mexicano acabó siendo demasiado costosa para el país. Para Andrés Manuel López Obrador todo era política y nada quedaba fuera de ese ámbito, ni siquiera el crimen organizado.
La estabilidad política en México se desarrolló y mantuvo a lo largo de las décadas en el siglo XX gracias a una estructura de movilización clientelar que nutría a las bases sociales, resolvía problemas y mantenía un clima de civilidad. No era una estructura democrática ni participativa, sino un entramado por demás eficaz para su objetivo específico: la estabilidad y el control de la población.
Como bien ha argumentado Fernando Escalante (Nexos), la transición política mexicana que ocurrió a finales de los noventa y con la derrota del PRI en la presidencia, tuvo una característica peculiar: abandonó toda la estructura de control político previamente existente sin construir nada que lo reemplazara. De un sistema político clientelar México pasó a un sistema tecnocrático que no penetró hacia los estratos inferiores de la sociedad ni resolvió los principales entuertos que ahí existen.
El cambio tecnológico sumado a la globalización que le permitió a México incorporarse a los circuitos industriales y comerciales del mundo, tuvieron el efecto de crear dos Méxicos: uno vinculado a estos procesos de cambio; y otro rezagado y sumido en la violencia y la informalidad.
Ningún gobierno anterior a 2018 desarrolló una política pública para atender estas circunstancias. El resultado fue una creciente polarización social, que creó el caldo de cultivo que hizo posible el ascenso al poder de políticos que se presentaban como los representantes de los “perdedores” en estos procesos mundiales de cambio económico y tecnológico.
AMLO, un político de la era priista, reactivó y potenció la estrategia que el PRI había desarrollado en el siglo pasado de construir y activar clientelas para lograr un férreo control sobre el país, con los consiguientes beneficios electorales, políticos y partidistas. Su objetivo era la estabilidad y el control, al viejo estilo priista, si bien con algunos elementos innovadores, como el de las transferencias sociales. Su sexenio fue política pura, a todos los niveles.
Para AMLO todo era política y todos los actores y “jugadores” en el espacio político eran parte del mundo de la política donde todo es interacción y negociación para lograr los objetivos de estabilidad y control. En este contexto, para AMLO, el crimen organizado no era más que otro actor político con el que había que interactuar.
No es que AMLO fuera narco, sino que vio a los narcotraficantes y al crimen organizado en general como actores políticos. Su soberbia (y su visión de que a todo mundo se le puede neutralizar con abrazos) le impidió ver que el crimen organizado es un actor disruptivo con objetivos políticos propios, contrarios a los del Estado. Pero una vez abriendo esa puerta, Pandora tomó el control.
Al concebirlos como actores legítimos, les abrió todos los espacios y los hizo sujetos de negociación y participación abierta, lo que explica su rápida incorporación en las filas de Morena, su activismo electoral y la elección de narcopolíticos en puestos de elección popular. También explica la facilidad con que se perdonaba y legitimaba cualquier desvío o corrupción, a la vez que se purificaban y legitimaban los negocios con el crimen organizado.
Era un actor legítimo más...
El hecho de que el crimen organizado fuese legitimado eliminó todo escrúpulo para asociarse con éste o incorporarlo en las estructuras políticas, administrativas o incluso de muchas empresas. Algunos políticos no tuvieron pudor alguno en trabajar con el crimen organizado para enriquecerse mutuamente, sin percepción de riesgo o inhibición alguna. Es altamente posible que algunos de los indiciados y quienes les sigan respondan a esta lógica.
Desde luego, a diferencia de AMLO, el crimen organizado entendió que ésta era una oportunidad única para crecer y alojarse en todos los espacios de la economía y la sociedad. Por eso su impactante despliegue en regiones y negocios que nada tienen que ver con las drogas, sino con la vida cotidiana: extorsión, control de exportaciones de limón y aguacate, secuestro, prostitución, tráfico de personas, etc.
Y, sin la menor duda, huachicol.
La narcopolítica acabó siendo un hecho consumado e innumerables políticos, funcionarios, empresarios, familiares de los anteriores y líderes de toda índole -incluyendo a diversos mandos militares y navales- se asociaron con quienes por definición tienen el objetivo de destruir al Estado. Un error de concepción llevó a que un actor sobre el cual el gobierno mexicano no tiene control alguno se adueñara de innumerables puntos neurálgicos del gobierno y del país.
Fue así como se enquistó el crimen organizado como parte integral del gobierno y aledaños. Pero la consecuencia es que el Estado, aún si lo decidiese, adolece de la capacidad para combatirlo. Por eso, en lugar de pelearse con los americanos, lo que procedería sería buscar una forma de combatir de manera conjunta al enemigo común.
ÁTICO
Quien tiene un martillo en la mano piensa que todo son clavos; así políticos que confunden lo esencial con su engrandecimiento personal.