Imagen: Hasty Book List
Hace diez años, Sofía Segovia se propuso crear una mitología norestense. Las montañas de su natal Monterrey se habían ensombrecido por una espesa nube negra: azotaba la violencia por la guerra contra el narcotráfico. La escritora escuchó un enjambre de ideas zumbando a su alrededor, un murmullo que se convirtió en grito. Entonces las palabras crearon colmenas en el árbol de su inventiva y la imagen de un niño revoloteó entre polen y sueños.
Ese niño era Simonopio y llevaba una nube de abejas en la cabeza. Segovia leía entonces las noticias sobre las balaceras que aparecían en los periódicos; decidió no ignorar esa realidad, afrontarla en la ficción. Quiso que la pluma fuera más poderosa que las balas, que corriera la tinta y no la sangre. Así que para Simonopio creó un mundo ambientado entre el inicio de la Revolución Mexicana y la epidemia de influenza de 1918, llamada también “española”. Un paisaje donde las voces de los infantes, las mujeres y los ancianos cobraron la importancia que la narrativa oficial les ha negado: El murmullo de las abejas (2015).
Sí, el silencio causa muchas heridas. Sofía Segovia intenta sanar el viejo dolor de una región resquebrajada con nuevas formas de violencia. Ante una realidad que no cuenta la versión de los perdedores, la ficción asoma como una herramienta para visibilizar a los indefensos.
A una década de su publicación, Lumen ha lanzado en pasta dura una edición especial de El murmullo de las abejas, con el prólogo de la escritora chilena Carla Guelfenbein y las ilustraciones de Gabriel Pacheco. Alrededor del mundo, la novela se ha traducido a 21 idiomas y conquistado a más de un millón de lectores.
“Que me digan de vez en cuando que El murmullo de las abejas fue el primer libro que leyeron, pero que desde entonces ya son lectores, a mí me gusta mucho”.
¿Qué enjambre de lecturas te acompañaban cuando comenzaste a escribir El murmullo de las abejas?
Te va a sorprender que, en realidad, era el enjambre de lecturas de todos los días en el periódico. Empecé a escribir esta novela en el 2010 y fue cuando se nos vino esta ola de violencia terrible. Y entonces había muchas noticias en el periódico que a mí no me gusta ignorar... el mundo en el que vivo, tener esta conexión y esta información… no me gusta cegarme ni hacer como que no oigo. La primera influencia que hay en la novela es esa vida cotidiana que vivíamos aquí, que se leía en los periódicos, a veces en la nota roja.
Decides situar esta novela en el periodo entre la Revolución Mexicana y la epidemia de Influenza “Española” de 1918.
¿Qué herida histórica encuentras en esa época? Muchas. Qué interesante planteaste la pregunta, porque creo que México es una herida, una herida de heridas, una suma de heridas. Quien haya escogido cómo contar nuestra historia fue tan parcial a la hora de con tarla —sin darse cuenta todo lo que dejaba fuera, o a lo mejor dándose cuenta— que nos sigue dejando la misma herida eterna, desde entonces abierta. Porque no cuenta al noreste, porque no cuenta a las mujeres, no cuenta la niñez, no cuenta el sentir humano, el efecto que tiene una guerra sobre lo humano, porque se ha decidido contarse desde estas estampitas con las que hacemos las tareas escolares: unos cuantos héroes que tuvieron tanta influencia sobre el destino del país, pero a la mera hora, en realidad, no nos cuentan a todos. ¿Qué más no cuenta la historia? No cuenta a los perdedores de la guerra. Y cuando cuenta a los hacendados, los cuenta como si todos fueran una sola figura, una sola caricatura. Y lo mismo pasa, por ejemplo, con el personaje ganador: lo cuentan mucho, pero siempre lo cuentan igual; este personaje campesino que lucha por la tierra y libertad, que al final gana, es la narrativa que gana, pues sí… pero lo cuentan de manera tan estrecha que al final se convierte en una caricatura. Y resulta que ese también tiene todavía mucho qué contar, qué conocerle. Esa es una herida. El silencio causa muchas heridas. En esta novela traté de poner estas piezas olvidadas o malcontadas, para ir sanando las heridas, para ver si 115 años después empezamos por fin a sanar esta guerra que nos hicimos mexicanos contra mexicanos.
Pongamos en un plano simbólico tanto a la nana Reja como a Simonopio, ¿son el encuentro entre el pasado y la esperanza del futuro? ¿Así se gesta la historia, dialogando entre estas dos partes?
Me pareció muy interesante encontrar todos estos elementos de la niñez y la vejez, porque ambas son ignoradas. Si no eres un joven de cierta edad, ya todo lo demás es ninguneo: los niños “no cuentan”, porque todavía no son personas para cierta gente, especialmente para los historiadores, y los viejos “ya no tienen nada que aportar”. Entonces yo quería… no hacer un choque entre estas dos etapas de la vida, pero sí mostrar partes importantes y humanas de la vida. Y están la nana Reja y Simonopio, pero al mismo tiempo, en realidad, tienen una función mucho más importante que es complementarse uno al otro, pero también con el apoyo de las abejas. Es decir, comencé a pensar que entre estos tres elementos, yo quizá estaba escribiendo una mitología de la creación de la vida norestense, con mucha licencia que me di, porque dije: “Bueno, ¿en dónde está escrito que las mitologías ya se escribieron?”. Y dije: “Está muy bien. Hay que escribir una mitología de esa región que nunca se ha contado de ese modo”. Entonces surgieron estos personajes mágicos que, sí, es la paciencia de la madre tierra, esta eternidad de la madre tierra que marca los ritmos en la mecedora; la energía de la vida que traen las abejas; este niño al que deben enseñar a recorrer los montes, pero además, a quien le piden que también sea su traductor. Simonopio es este ser que está dividido en el mundo de las abejas y el mundo de los humanos, es abeja y es humano al mismo tiempo, y entre los tres funcionan para lograr el cambio de la vida que tienen para esta tierra.
¿Cómo se relacionan tus personajes con las supersticiones o el tema de los milagros a través de la fe? Por ejemplo, está Lázaro, el resucitado, que a su vez es una imagen bíblica del Nuevo Testamento. Y también el capataz que piensa y ve a Simonopio como un demonio, que lo trajo el diablo.
Me pareció súper interesante analizar todo esto, inclusive las actitudes en los velorios, todas estas pequeñas cosas que decimos, los miedos que tenemos. Debemos recordar que Linares era tierra de las Brujas de la Petaca, entonces también tiene su carga de superstición, su carga emocional y todo esto, y es donde sucede esta historia. Pero llega alguien del sur, en un México sin información, porque este es un México donde no había ni radio; había telégrafo, pero el telégrafo era para unos cuantos, la gente no se telegrafiaba. Había muy poca información, mucho analfabetismo —más del 90 por ciento de la población del país era analfabeta en ese momento—. Ese es un caldo de cultivo ideal para un buen miedo, una buena superstición, muy buenos cuentos de fantasmas y de muñecas que caminan en la noche, pero sí, también para esta superstición tan fuerte y tan arraigada que, imagino, en una tierra donde hay chamanes, donde está la jungla tan misteriosa, pueda también surgir y arraigarse de manera poderosísima: la imaginación de una persona que viaja acá, en un momento donde sucede algo medio misterioso cuando se pierde la nana. ¿Quién se la llevó?, ¿serían las brujas?, ¿de quién es el niño? Y luego este niño, tan misterioso, envuelto en un manto lleno de abejas, pero también con un hueco en vez de boca. Me encanta mostrar que todos se asustan, porque nadie esperaba eso. ¡Imagínate! Un enjambre de abejas rodeando a un bebito, pero luego hay quien hace uso de la razón primero, y este personaje tal vez tiene más contacto con el mundo, con otro tipo de conocimientos, y sí, tuvo miedo, pero después lo negó; te alejas de estas supersticiones y estos miedos muy básicos. Pero también hay quien se aferra a esa superstición y al miedo, y ahí fue cuando descubrí al personaje de Espericueta, quien al ver al bebito dijo: “¡A este lo besó el diablo!”. Yo dije: “Te voy a bautizar y vas a ser el antagonista de esta historia”. Y de ahí construí este antagonismo, esta superstición, estos miedos. Y van creciendo con el niño a medida que progresan los conflictos bélicos y de la reforma agraria.

¿Qué te dicen estas réplicas de la historia en el tiempo? Narras sobre lo que se vivió durante la influenza de 1918, pero cuando uno lo lee puede observar muchas similitudes con la pandemia de covid-19 que vivimos hace poco más de un lustro.
Es que la historia es la mejor predictora del futuro, y tratar de borrarla, negarla, reconstruirla o reinventarla no le sirve a nadie, ni siquiera al que la está tratando de negar y reconstruir. Creo que de eso nos dimos cuenta en el 2020, en el manejo que tuvimos, no nada más en México, sino en muchos países ante esa emergencia mundial. Investigué mucho para esta novela y a la hora de decir: “La Revolución es la historia mexicana más contada pero ¿qué deja fuera?”, también dije: “La influenza española”. Las guerras no suceden en un vacío; sólo porque sucede la guerra, no todo lo demás deja de suceder. Hay guerras por todos lados. Una guerra provocó este esparcimiento de un virus por todo el mundo y que para mí es inexplicable que en México no se cuente. Y entonces dije: “Voy a contarla, voy a investigar muy bien”. Pero luego encuentro que, porque éramos un país en guerra, no hay mucha información de la pandemia en ese momento, pero la hay en el mundo, y fui a investigar el mismo virus, y la información más o menos funciona, pero no conforme con eso, me fui a investigar todas las pandemias de la humanidad y lo que comprendí es que la historia nos muestra que no importa la enfermedad, el ser humano siempre es igual, es la condición, la experiencia humana. Los resultados del “bicho” que sea van a destruir los sistemas mortuorios y los sistemas médicos y los cuerpos van a ir a la calle, por más moderna que se sienta la población del momento, porque tenemos que decir que la población siempre se siente la más moderna —y tiene razón, pero también se sintieron así en el año 1000; eran bien modernos—. ¿Cómo es posible que nos pase esto en estos tiempos? Me di cuenta de que el que no cambia es el ser humano y que siempre hubo teorías de la conspiración, porque siempre nos ha encantado el chisme y andar inventando. A mí me encanta la historia, pero me encanta más verla como novelista. La historia está muy bien, pero a mí me gusta saber qué se sintió, y crear y recrear qué se sintió. Y así escribí en el 2010 esta versión de la epidemia de 1918, cien años antes de la nuestra en el 2019. Ahora me dicen que si soy vidente, y les digo: “Pues tan vidente como alguien que estudia la historia”, y con el pasado podemos predecir el futuro. Es muy impresionante este ejercicio como novelista, el tomar los datos que nos arrojó la historia, sentirlos como novelista y haber escrito todos los aspectos que se sintieron en un periodo así, como hasta dar con el doctor desesperado que dice: “Pero no me hacen caso, milagro hubiera sido que los arrogantes que gobiernan este país hicieran caso de los expertos”. Y ahí esa frase —que estoy parafraseando medio libremente— recoge el espíritu de lo que dijo el doctor Cantú en El murmullo de las abejas. Me gusta mucho haber dado con esa cita y también con el trácata, trácata de Beatriz, porque cuando nos llegó ahora en el 2020 nuestra pandemia —que espero que sea la única que nos llegue—, comprendí que iba a haber muchísima gente que iba a necesitar un trácata, trácata. Beatriz cose, yo no, yo leo y dije: “Que se acerque a mí gente que en la lectura encuentre este sosiego de un trácata, trácata, trácata” para poder sobrepasar el trauma que nos va a dejar esto.
Hablando de las abejas que cuidan a Simonopio, y las cuales le permiten ver el mundo de distinta forma, ¿crees que también es una metáfora de que otras perspectivas son posibles?
Sí, es un deseo de que nos conectáramos mucho más con nuestros sentidos e instintos, que a veces con tanto ruido acallamos. Lo que sucede con Simonopio es que es medio abeja, y las abejas tienen estos ojos que me parecen mágicos. Aunque los estudie la ciencia y nos diga que así son, no me van a convencer de que no son un poco milagrosos y mágicos porque ven hacia todos lados al mismo tiempo, y no sólo para todos lados al mismo tiempo, sino así como esfera—, e hice un intento de contar la novela un poco “esféricamente” y en espirales. Pero las abejas, además de ver para todos lados al mismo tiempo, ven un poquito más allá del horizonte, lo cual me pareció que era ver un poquito hacia el futuro. Simonopio, como es abeja y aprende a mirar como abeja, tiene estas miradas; pero como también es medio humano, sí distingue que está viendo ciertos eventos del futuro o del pasado, pero también ciertos eventos hacia los costados, que para mí es una metáfora de la otredad. Hombro con hombro vamos todos, y cuando no queremos mirar a quien tenemos a nuestro lado, anulamos la empatía que podríamos tener con la realidad de alguien más. Simonopio también detecta las realidades de otros por instinto, por estos ojos que tiene como de abeja que le permiten ver. Empieza a saber cómo se siente ser Beatriz, cómo se siente ser Francisco, Francisco Chico, Espericueta también. Simonopio adquiere este súper poder de abeja que lo lleva a estar conectado con el mundo y con una comunidad de humanos.
Compártenos detalles sobre esta edición de aniversario de El murmullo de las abejas, lo que contiene, sus cualidades, las ilustraciones de Gabriel Pacheco y todo lo agregado.
La nueva edición salió para festejar los primeros 10 años, pero para inaugurar la segunda década. Estoy muy feliz por todo lo que estamos festejando hacia atrás, pero también hacia adelante; sigue encontrando lectores. La editorial también está muy entusiasmada con lo que ha su cedido y lo que va a suceder con la novela, y resulta que me propusieron hacer una edición ilustrada, me emocionó muchísimo. Es una edición de colección, no sé cuántos ejemplares tendrá o si va a estar siempre, es importante ir a adquirirla mientras dure. En esta edición me mostraron trabajos de varios ilustradores, pero realmente creo que quien da al espíritu de El murmullo de las abejas es Gabriel Pacheco; es mexicano y tiene estas ilustraciones como ensoñadoras y muy perceptivas, porque comprendió el momento que quiso captar en la novela. La portada es increíble, es de pasta dura, además de que también es un esfuerzo especial; adentro, las ilustraciones van marcando un cierto ritmo, pero también ciertos momentos súper emblemáticos de la novela se graban aquí con la mirada de otro arte, y eso me encantó.

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