Sonata de otoño
El año se me vino encima. El tiempo ya no transcurre, se precipita. Las semanas empujan a los meses y los días se hacen ojo de hormiga. A partir de octubre las horas se van por la alcantarilla. Nada que hacer ahí. Se acabó. Desde ahora hasta enero, todo son festejos, brindis, compras y prisas.
En la impaciencia del yo y del ya, todo es instantáneo. Rehenes de la velocidad, los eventos que antes tomaban tiempo y espacio —la paciencia con que preparaba casa y mesa para mi familia, las sobremesas disfrutables en que arreglaba el mundo con los amigos— ya no encuentran espacio en mi agenda.
El luto y la solemnidad que imponían los funerales, espacio de respetuosa compañía para los dolientes y despedida del difunto quien serio y calladito participaba de la ceremonia del adiós desde el ataúd—, se han convertido en un evento social que las funerarias resuelven de manera rápida y eficiente. “El muerto al pozo y el vivo al gozo”.
Ahora resulta que el tiempo no existe, que somos nosotros los que pasamos. Si el tiempo no existe, ¿dónde quedó la niña sonriente que, toda rosita fresita, me sonríe desde una viejísima foto que alguien tomó en mi primer cumpleaños? ¿Dónde la tímida quinceañera que el clic de la cámara atrapó cuando su mundo era todavía reservado y pudoroso? ¿Dónde esa joven que camina hacia el altar entre encajes y flores blancas? “Detente instante, eres tan hermoso”, deseó Goethe. La cámara fotográfica logró detenerlo y ahí está la niña, la joven, atrapada para siempre en la fotografía.
El célebre pintor Diego Velázquez capturó el instante en Las meninas. León Tolstói encerró ocho años en las mil ochocientas páginas de La guerra y la paz. Rulfo sigue sofocándome en los polvorientos y fantasmales caminos de Comala. Gracias a Dickens, cualquier tarde puedo pasearme por los suburbios del Londres del siglo XIX: “Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos”. El arte, la literatura, la historia, son las formas que hemos encontrado de encapsular el tiempo.
Estimulada por una canción, un poema o la envoltura de un chocolate, también la memoria revive con precisión el regocijo de mi primer día de kínder, el tímido beso en la penumbra de un cine, el momento en que una monja —cuando todavía las monjas atendían en el Hospital Español— puso en mis brazos a mis niños recién nacidos. Los recuerdos, como las aves, saltan de un lugar a otro. Algunos son casi una visita al infierno, como la mañana infame del terremoto del 85, que en unos cuantos segundos nos derrumbó.
La prueba más contundente de que no solo existe el tiempo, sino que a su paso nos desvalija, son los espejos que —sin consideración ni la elemental cortesía— acumulan los años. Spas, gimnasios, cirujanos plásticos, botox, suplementos alimenticios… costosas quimeras que nada pueden contra el tiempo.
En mi necesidad de atrapar los instantes que dan consistencia a mi identidad, cuido como tesoro nacional el delicado mantel de lino que bordó mi abuela; una heredada sinfonola Wurlitzer que, a sus más de cien años de edad, funciona como una jovencita; la pequeña máquina de escribir Smith que, según imgino, acompañó a Agatha Christie en su misteriosa desaparición. De los Jesusitos que aparecen en las roscas de reyes —imposible arrojarlos a la basura—, guardo algo así como medio kilo. Un viejo radio de pilas, mi tocacintas y los discos long play. Conservo obsoletas figuras de porcelana y, por si acaso, guardo cintas y botones. “Eres una acumuladora”, acusan mis hijos.
Con el propósito de atrapar el tiempo, yo misma me he convertido en un coleccionable modelo vintage. v