EL ESTRÉS EN EL SER HUMANO (PARTE CUATRO)
El estrés es una respuesta natural del organismo frente a situaciones experimentadas como amenazantes o que requieren una respuesta muy, muy rápida en general. Sin embargo, más allá de los elementos del estrés visibles a simple vista, como la aceleración del pulso o la tensión muscular, hay toda una serie de procesos hormonales muy complejos responsables de que, en primer lugar, seamos capaces de estar estresados ante determinadas situaciones que nos plantea la vida. Como lo he mencionado en artículos anteriores, la hormona que destaca por encima de las demás es el cortisol; en sí misma no es una sustancia que nos perjudique. Cuando se tiene el cortisol demasiado alto en nuestra sangre, empiezan los problemas.
El cortisol, la "hormona del estrés", es una hormona esteroidea que se encarga de regular el organismo en situaciones de estrés. Se trata de una sustancia clave que, además de jugar un papel fundamental, actúa en los momentos en los que experimentamos una amenaza real o imaginaria. El cuerpo se prepara para responder de dos maneras: mediante la reacción de enfrentamiento contra esa amenaza o mediante la evitación o huida de la misma. El cortisol se encarga de controlar estas respuestas frente a situaciones de estrés en las que la persona experimenta un estado de tensión y atención a lo inmediato; es en esos casos cuando las glándulas suprarrenales reaccionan liberando cortisol como respuesta fisiológica.
La inestabilidad emocional es una de las primeras consecuencias que tienen los elevados niveles de cortisol en el organismo, y estas se manifiestan en una mayor irritabilidad y tendencia a experimentar angustia de manera más o menos repentina. Un exceso de cortisol hace que la persona esté más irritada durante el día, lo que significa que encara los distintos problemas con un menor control de las emociones e interactúa de manera intransigente con otras personas, llegando a tomarse mal cualquier problema, imprevisto o situación nueva que deba afrontar.
Un elevado nivel de cortisol también provoca que los niveles de azúcar en sangre aumenten de golpe, lo que puede causar a su vez una serie de enfermedades graves para la salud. Una de las principales enfermedades que pueden ser provocadas por este elevado y repentino nivel de azúcar en sangre es la hiperglucemia, causada por la estimulación del hígado para que produzca más glucosa por parte del cortisol. A la larga, la hiperglucemia puede generar síntomas nocivos para el organismo, como la debilidad, la visión borrosa, la falta de aire, el dolor abdominal y las náuseas o los vómitos. Al tener niveles elevados de esta hormona, también se puede provocar una presión arterial más alta.
Se ha demostrado que el exceso de cortisol también provoca alteraciones cognitivas en algunas de las funciones mentales más importantes, siendo las más afectadas la capacidad de concentración y la memoria. Sobre todo, llama la atención el hecho de que cuando esta hormona está presente en altas cantidades en nuestro organismo tendemos a crear menos recuerdos o a memorizar menos detalles importantes. Cuando, además, sufrimos un "pico" de cortisol muy alto en un momento puntual ligado a un fuerte estrés (por ejemplo, en un accidente de tráfico), es común que minutos después no recordemos nada. Esto supone habitualmente que las personas afectadas por este problema tengan dificultades para realizar sus actividades diarias.
Cortisol plasmático y progresión de la demencia
Varios estudios realizados sobre personas con demencia de tipo Alzheimer han mostrado que existen correlaciones entre el incremento de la actividad del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y la degeneración del hipocampo. En este estudio, que se publica en la revista The American Journal of Psychiatry, los autores intentan determinar si el aumento de las cifras de cortisol plasmático, un indicador de la actividad del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal, está asociado a la medición de parámetros clínicos y cognitivos de la velocidad de progresión de la enfermedad en sujetos con demencia de tipo Alzheimer.
El estudio se llevó a cabo sobre 33 sujetos con demencia de tipo Alzheimer leve o muy leve y 21 sujetos sin demencia. Todos los sujetos fueron evaluados anualmente hasta por cuatro años mediante la Clinical Dementia Rating y una batería de test neuropsicológicos. La muestra de plasma para la determinación de los niveles de cortisol se tomó a las 8:00 de la mañana de un único día, y la velocidad del cambio en el tiempo de los parámetros clínicos y cognitivos fue derivada de modelos de curva de crecimiento.
En los sujetos con demencia, pero no así en los que no la tenían, las cifras elevadas de cortisol plasmático se asociaron a un aumento más rápido de los síntomas de la demencia y a un declive más acelerado del rendimiento en los test neuropsicológicos relacionados con la función del lóbulo temporal. No se observaron asociaciones entre los niveles de cortisol plasmático y las evaluaciones clínicas y cognitivas obtenidas en la medición más cercana en el tiempo a la obtención de la muestra de plasma.
En sus conclusiones, los autores afirman que:
«Una actividad más elevada del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal, reflejada mediante niveles elevados de cortisol plasmático, está asociada a una progresión más rápida de la enfermedad en sujetos con demencia del tipo Alzheimer».
La disminución de la densidad ósea, también conocida como osteoporosis, es un efecto directo de un nivel elevado de cortisol en el cuerpo cuando este se mantiene durante mucho tiempo, y consiste en una disminución de la absorción del calcio en el cuerpo. La osteoporosis es un déficit severo que puede acarrear una serie de problemas, como la tendencia a romperse los huesos de manera habitual, ya que estos se vuelven porosos y menos resistentes. En la salud oral, este problema también repercute.