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SU SALUD ORAL

MUJERES UNIVERSITARIAS ESCRIBEN SOBRE UNIVERSITARIAS, INSPIRACIÓN Y MOTIVACIÓN (PARTE III)

DRA. BLANCA INÉS MARTÍNEZ RAMOS DE DE ALBA (CONTINUACIÓN)

Considera Blanca Inés que la respuesta clave fue a una de las preguntas: ¿qué era para ella estar en una clínica atendiendo personas con problemas odontológicos?, a lo cual contestó que uno de los momentos que más la emocionaban era cuando aliviaba el dolor físico, y que era capaz de tranquilizar a las personas y hacerlas sentir apoyadas.

En el cuarto año de estudiante empecé a clases de Antropología Social en el Instituto Familiar y Social, y el psicólogo Francisco de la Puerta Mange, también maestro del Instituto, me invitó a visitar la escuela de educación especial, entonces llamada Escuela Dr. Roberto Solís Quiroga (ahora Centro de Educación Especial de la Laguna A.C.).

Ahí me encontré con niños y jóvenes, algunos mayores que yo, en los que en su mundo de discapacidad intelectual prevalecía el amor y la afectividad, dándonos grandes lecciones de vida. El primer día en la escuela fui sorprendida por la efusividad de una niña con síndrome de Down, cuyo abrazo llevo siempre como un estallido de gozo por esta etapa de mi vida.

Decidí entonces realizar un estudio en esta población para desarrollar mi tesis Deficiencia mental y trastornos odontológicos, la cual obtuvo mención honorífica. El Dr. Edel Arenas Bátiz, entonces director, autorizó la atención gratuita para estos niños y jóvenes, facilitando mi trabajo de investigación. Trabajé con ellos durante tres años, lo cual fue decisivo para escoger el lugar donde realizar mi servicio social y efectuar mi tesis.

Al obtener el primer lugar de su generación, fue invitada por el presidente Luis Echeverría a visitar Los Pinos, junto con los mejores estudiantes de México. Fue una gran experiencia, muy emotiva, al recibir el telegrama con la invitación. Recibió la Medalla de Oro a los Mejores Estudiantes de México en 1971.

Se trasladó a la Ciudad de México al Centro Latinoamericano de Tecnología Educacional para la Salud, al obtener una beca de CONACYT y la OPS, donde participó en un Diplomado de Planeación y Administración de la Salud, con el fin de formar odontólogos, médicos, enfermeras y veterinarios para capacitar al personal docente de las universidades y escuelas de la salud. Fueron meses de trabajo intensivo de ocho horas diarias.

Al terminar esta formación regresé a Torreón para quedar al frente del Departamento de Educación en la escuela y también a cargo de la capacitación docente de profesores de la Unidad Torreón de la Universidad de Coahuila. Al regresar de la Ciudad de México, sustituyendo a la Dra. Rosa Alicia Esténs de la Garza, quien había creado este departamento (Departamento de Planeación y Administración de la Educación), permanecí en él hasta 1992. Por años impartí la asignatura de Periodoncia en pregrado y Técnicas de Investigación Documental en el posgrado de Endodoncia.

Regresando de este macro taller en 1974 conocí a Alonso de Alba Bessonnier. Gracias a San José, a quien recé un triduo con el propósito de encontrar un buen esposo, fue muy efectivo, pues al segundo día de estar pidiendo su intercesión conocí a Alonso. Nos casamos al año siguiente, el 20 de diciembre de 1975. Este año cumpliremos 50 años de matrimonio.

En 1986, Hugo, mi hijo menor, enfermó de meningitis bacteriana. El pediatra, excelente infectólogo, Dr. Ricardo del Río, me describió su curación como un milagro. Esta experiencia de angustia y sufrimiento me llevó a prometerle a Dios dar un servicio a mi comunidad religiosa, y fundé el coro de adultos Mensajeros de Paz para la Parroquia de San Pedro Apóstol en la colonia San Isidro, el cual a la fecha continúa en este ministerio.

En 1992 murió mi padre y también me retiré de la Facultad de Odontología. En mi madre aparecieron los primeros signos de la enfermedad de Alzheimer. No tenía idea de lo que me esperaba ni de lo que emprendería después. Un llavero encontrado en la calle que decía: "Haz de florecer donde Dios te haya plantado" cambió la dirección de mi vida. Decidí que tenía que florecer en el jardín del Alzheimer.

No tenía idea de lo que viviría catorce años como cuidadora primaria de mi mamá, pero asumí que era la mejor forma de corresponder y agradecer el amor y cuidados que de ella había recibido.

Luego de repartirme entre mi esposo, mis hijos, con gran apoyo de parte de ellos, mi consultorio (por más de treinta años) y darme cuenta de que no podía continuar sola atendiendo a mi mamá, cada vez más frágil y dependiente, acudí al Grupo de Apoyo que había creado la Lic. Pilar Wolff para familiares y cuidadores de personas con Alzheimer.

Ahí me di cuenta de la situación privilegiada que tenía. Entre los asistentes a este grupo había quienes debían dejar amarrado a su enfermo para poder salir a trabajar o atender simultáneamente al padre con demencia y al hijo con algún trastorno del neurodesarrollo o con otras situaciones familiares terriblemente difíciles.

Continuará.

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