Suave patria
Escuchar miles de voces cantando a coro el himno nacional siempre me conmueve. Lloro. Me identifico.
Esta es mi matria, aquí pertenezco con sus bienes y sus males. Usted disculpe, pacientísimo lector, lectora, por la insistencia: amo a México como aman los hijos a sus padres, aunque los maltraten. “¡Porque soy tu padre! ¡Faltaba más!”.
Dado que los humanos somos todos huéspedes los unos de los otros, y el territorio que compartimos, procedencia, identidad, es sólo el entrecruce azaroso de lo genético, lo familiar, lo geográfico, considero una suerte haber nacido en un país generoso, amable y en un afortunado momento histórico de paz y prosperidad. Así era el México en el que tuve la fortuna de nacer.
Aunque descreo en los nacionalismos y la palabra patria me suena a muro, a división, me gusta mi gente y sus modos, su historia y sus tradiciones. A pesar del desencanto que me provoca la deslealtad, la deshonestidad y la mentira —pan nuestro de cada día—, llegado septiembre participo del entusiasmo patriotero.
Desde la pantalla del televisor me incorporo a los miles de dóciles mascotas que agitan banderas y gritos en las plazas públicas de todo el país. ¡Viva México! La euforia penetra la piel, llega a la entraña. Todos somos uno. “Hoy el noble y el villano/ el prohombre y el gusano/ bailan y se dan la mano/ sin importarles la facha”, canta Serrat.
El exacerbado nacionalismo vocinglero promueve una superficial, pero inevitable, exaltación patriótica. Pozole, tequila, rebozos, cualquier detalle que marque la “genuina” identidad. Llegado el momento sublime, desde el balcón del austero y franciscano Palacio de Cortés, la presidenta hace exaltación de los héroes, ellos y ellas, que nos dieron patria e identidad.
“Suave Patria/ tu mutilado territorio/ se viste de percal y de abalorio. / Banderitas y rehiletes. Verde, blanco y colorado, la bandera del soldado”. Pasada la media noche, apago la tele. “Y se acabó/ El sol nos dice que llegó el final/ Por una noche se olvidó/ que cada uno es cada cual/ Vamos bajando la cuesta/ que arriba en mi calle/ se acabó la fiesta/ Y con la resaca a cuestas/ vuelve el pobre a su pobreza/ Vuelve el rico a su riqueza/ y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal/ la Lumi rica al rosal/ la puta pobre al portal/ Y el avaro a las divisas”.
La mañana siguiente, bajo los balcones del palacio, sucios, rotos, sin guantes ni mascarillas, jodidos como siempre, los trabajadores de limpia retiran las toneladas de basura que dejaron las mascotas. Para santificar las fiestas, oigo misa en el antiquísimo templo Santo Domingo de Guzman. Salgo a babosear por las calles de Coyoacán animadas por la música de un desafinado organillero. Me detengo en una terraza a comer churros con chocolate cuando ensombrece mi paseo una chiquilla de once años que, con la pobreza a cuestas, me ofrece:
“¡Cómpreme chicles!”.
Más que en las celebraciones y el coheterío, mi sentimiento patriótico se manifiesta en la alegría de los niños en las escuelas, en el compromiso de los jóvenes con su país, en los talleres, en las fábricas; ahí es donde siento que la patria saca el pecho. Es ahí donde el país respira y vive. Es ahí donde se desarrolla el México que nos da casa, vestido y sustento.
“No escogimos el momento ni el lugar para venir al mundo/ pero con suerte, podemos hacer del lugar donde nacimos/ el territorio amable y generoso en el que nacerá y crecerá/ la semilla que trajimos con nosotros”.v