También era de aquí
Teotihuacán —cuyo nombre en náhuatl significa “el lugar donde los hombres se transforman en dioses”— ha captado la atención internacional recientemente tras el atentado en la Pirámide de la Luna, el cual dejó un saldo de una persona fallecida y otras trece heridas.
Estuve tentado a escribir ese topónimo sin emplear tilde en la última sílaba. Lo haría atendiendo la enseñanza de Salvador Novo quien, en su condición de cronista de la Ciudad de México, participaba semanalmente desde el Museo Nacional de Antropología en un noticiero. Él insistía en que la bella lengua náhuatl carece de palabras agudas.
Aunque Salvador Novo nació en la Ciudad de México, durante mucho tiempo se creyó que era oriundo de Torreón. Esta idea fue alimentada por el propio escritor, quien vivió sus años formativos aquí. De hecho, en la calle Ramón Corona 440 Sur —donde se ubicaba su hogar y hoy opera un negocio de refacciones— aún se conserva una placa del ayuntamiento (1967-1969) que proclama: “En esta casa nació a las letras Salvador Novo”. La sentencia es justa: fue en Torreón donde cultivó su pasión por los libros, una devoción que lo acompañaría de por vida y lo consagraría como un autor relevante de la poesía, el ensayo y la dramaturgia.
Evoco al maestro Raúl Esparza, quien vivía en la misma colonia en que estaban ubicadas las instituciones educativas en que yo daba clases. Por las tardes, al dirigirme a mi vehículo, solía divisarlo descansando en su jardín. Gracias a un amigo en común logré que nos presentaran y tuve el atrevimiento de invitarlo a dar una conferencia en un festival de arte. Don Raúl enfatizó que lo suyo era el pincel, no la palabra; sin embargo, tras mi insistencia, acordamos que, en lugar de una ponencia, realizaríamos una entrevista ante la comunidad escolar.
Fue un gesto generoso: prestó varias de sus cotizadas obras de caballete para la exhibición y su presencia resultó un éxito absoluto. Incluso donó al colegio un bello retrato creado ante la vista de todos. Al preguntarle por las personalidades que había retratado, surgió el nombre de Salvador Novo. Con picardía, comentó que sus allegados, en alusión a su conocida promiscuidad, lo llamaban “Nalgador” en lugar de Salvador; no obstante, acto seguido, reconoció con admiración la vasta cultura y los luminosos escritos del maestro. Don Raúl nos contó también que el escritor aparece en el mural que hizo para la Facultad de Medicina. “Es que se puede decir que era torreonense aunque haya nacido en otra ciudad”.
Ya sabemos que Novo tenía una arista sarcástica y vengativa con la que agredió a las celebridades con las que tuvo desencuentros. Eso lo sufrió en carne propia Luis Spota. Cuando tuvo el atrevimiento de comentar en una de sus columnas que un reconocido escritor homosexual (Salvador Novo) rondaba de noche por el Colegio Militar en busca de amoríos, recibió como inmediata respuesta estos versos fulminantes: “Este grafococo tierno / tiene por signo fatal / en el apellido paterno / la profesión maternal”.
A Diego Rivera no le perdonó un ensayo titulado Arte puro: puros maricones, en que el pintor denostó al arte “de burguesillos” que, diciéndose poetas puros, crean un arte subjetivo, decadente, abyecto e inútil. Así que Novo le dedicó un sádico texto llamado “La Diegada” en que se burla sin piedad de Rivera, incluso resaltando el hecho de que el escritor Jorge Cuesta aprovechó los viajes del muralista a la Unión Soviética para seducir a Guadalupe, la entonces esposa del pintor: “Dejemos a Diego que Rusia registre, / dejemos a Diego que el dedo se chupe, / vengamos a Jorge, que lápiz en ristre, / en tanto, ministre sus jugos a Lupe”.
El constante proceder cruel y procaz de Novo provocaría airadas protestas de personalidades del arte y la cultura. Octavio Paz no titubeó al describirlo así: “Novo tuvo mucho talento y mucho veneno, pocas ideas y ninguna moral. Cargado de adjetivos mortíferos y ligero de escrúpulos, no sirvió a creencias o idea alguna, no escribió con sangre sino con caca”.
No obstante, nadie puede negar el ingenio y, aunque nacido en otra ciudad, es un legítimo orgullo para Torreón.