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También la verdad se inventa

Su mitomanía también quedó en evidencia al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando mostraba un teléfono oxidado a sus compatriotas chilenos, asegurando: “Yo personalmente se lo arrebaté a Hitler”.

También la verdad se inventa

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ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

Decir mentiras es una constante en el género humano. No obstante, no todos los mentirosos compulsivos son seres frustrados o sin logros; la historia ofrece numerosos ejemplos de personas con un talento extraordinario que, pese a su aguda mitomanía, destacaron en sus respectivas áreas.

Aunque la habilidad pictórica de Diego Rivera era prodigiosa, esta fue superada, en ocasiones, por su capacidad para inventar patrañas y presentarlas como verdades indudables. Tanto en la Ciudad de México como en el Barrio Latino de París o en una galería de Nueva York, el muralista convencía a sus interlocutores de que practicaba la antropofagia y que incluso había perfeccionado una gastronomía especial para caníbales. Testigo de ello, Pablo Neruda narró que, en sus momentos de mayor contradicción, Rivera presumía de su origen judío y, acto seguido, confesaba ser el padre del general Rommel, suplicando secreto absoluto para evitar consecuencias internacionales. Asimismo, se dice que ante intelectuales franceses teorizaba sobre las excelencias del amor lésbico, asegurando —con el aval de supuestas excavaciones arqueológicas dirigidas por él mismo— que esta había sido la norma en tiempos antiguos. Su elocuencia era tal que incluso sus rivales la reconocían; David Alfaro Siqueiros lo describió, con precisión, como “el charlatán perfecto”. Es bien sabido que el pintor guanajuatense, apodado “el sapo” por su manifiesta fealdad, sedujo a infinidad de mujeres hermosas valiéndose únicamente del poder de su palabra.

Bruno Bettelheim alcanzó renombre como experto en desarrollo infantil y terapeuta de niños con trastornos emocionales. Obras como Psicoanálisis de los cuentos de hadas y La fortaleza vacía fueron leídas globalmente y aclamadas por la crítica. Sin embargo, tras su muerte en 1990, surgieron múltiples denuncias sobre las falsedades y abusos que marcaron su trayectoria. Aprovechando el caos de la Segunda Guerra Mundial, Bettelheim fabricó un pasado heroico: afirmó haber cursado tres doctorados con honores en la Universidad de Viena y haber sido un referente en el tratamiento del autismo en Europa, asegurando que la primera dama Eleanor Roosevelt intervino personalmente ante Hitler para lograr su liberación de un campo de concentración. Al llegar a Estados Unidos, se presentó como un discípulo cercano y querido de Sigmund Freud. La realidad era distinta: poseía un único doctorado —en estética—, no tenía formación clínica como terapeuta y su liberación del campo fue producto de una cuantiosa suma de dinero pagada por familiares y allegados. A pesar de estos engaños, instituciones como la Universidad de Chicago y la Fundación Ford respaldaron su labor, dejando un legado que terminó siendo valioso a pesar de los cimientos falsos sobre los que se construyó.

Vicente Huidobro, uno de los poetas más brillantes de la literatura hispanoamericana —autor de la obra maestra Altazor—, también sucumbió a la fantasía. Tras escribir Finis Britannia, un panfleto contra el Imperio Británico que pasó inadvertido, Huidobro inventó que, en represalia, agentes ingleses lo habían secuestrado y encadenado en un sótano, obligándolo a gritar “¡Viva el Imperio Británico!”. Su mitomanía también quedó en evidencia al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando mostraba un teléfono oxidado a sus compatriotas chilenos, asegurando: “Yo personalmente se lo arrebaté a Hitler; era su aparato favorito”. Huidobro alimentaba una leyenda según la cual, al nacer, una famosa bruja le predijo un destino marcado por la grandeza: o sería un gran bandido o un gran hombre. Le fascinaba jugar con esa idea, e incluso proclamaba a los cuatro vientos que el crimen era una alta forma de arte.

Las mentiras de estos tres personajes no disminuyen en modo alguno el valor de su obra. Más bien, podría pensarse que sus fabulaciones fueron una manifestación de la misma imaginación desbordante que alimentó su talento. Al fin y al cabo, como escribió Antonio Machado: “Se miente más de la cuenta por falta de fantasía; también la verdad se inventa”. Quizá en esa frontera difusa entre realidad e invención se encuentre una de las claves de su peculiar grandeza.

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