Te llevo conmigo
La directora Heidi Ewing nos trajo en el año 2020 una historia de amor muy emotiva basada en la vida real: Te llevo conmigo, coproducción méxico-estadounidense protagonizada por los actores Armando Espitia y Christian Vázquez, quienes interpretan a Iván y a Gerardo, respectivamente, una joven pareja que a pesar de las adversidades y prejuicios, logra consolidar su unión.
Heidi Ewing es capaz de adentrarnos de lleno en atmósferas repletas de todo tipo de sensaciones y emociones hasta lograr una singular empatía con los personajes.
EL ENCUENTRO
Puebla, 1994. Iván, veinteañero, trabaja en un restaurante como ayudante general. Aunque tiene estudios relacionados con el arte culinario, su jefe (Enrique Arreola) no le da la ansiada oportunidad de ser cocinero, para lo que es muy bueno. Ya desde niño le ayudaba a su mamá a preparar tamales.
Sandra (Michelle Rodríguez) es amiga suya desde la niñez. Se dicen de cariño “chulito” y “chulita”. Bonachona, sabe escuchar confidencias y desborda empatía y lealtad.
Al acudir a un bar, Iván y Sandra conocen a Gerardo, maestro en una universidad. Él e Iván hacen clic casi de inmediato. Primero se echan ojitos para luego animarse a platicar un poco apartados de la música a todo volumen, luego de que Sandra opta por dejarlos solos. De hecho, ella fue la que animó a su amigo a acercarse a Gerardo: “Está guapo”, le dijo, adivinando que habría compatibilidad entre ambos.
Eventualmente inician una relación sentimental, aunque al principio Iván oculta que existe Paola (Michelle González), con quien tuvo un hijo siendo muy jóvenes. Si bien viven separados, hay compromisos y obligaciones de por medio.
A Iván se le va todo lo que gana en las necesidades básicas y otras no llega a cubrirlas, como unos tenis nuevos que le pide Paola para el niño. Incluso debe la renta de su cuarto en una vecindad.
El joven sueña con salir adelante para darle una mejor vida a su hijo y forjarse un futuro, así sea emigrando a Estados Unidos en busca de oportunidades. Esta idea surge cuando Sandra le habla de una tal Janeth que logró llegar hasta Nueva York.
Gerardo trata de convencerlo de que no se vaya. Pelar pollos o pizcar en los campos no son actividades para él. Sin embargo, Iván le aclara que su objetivo es convertirse en chef, aunque al principio tenga que trabajar haciendo otra cosa.

ATMÓSFERAS RECALCITRANTES
El diseño de producción a cargo de Sandra Cabriada y Valeria de Felice, de mano de la música del compositor Jay Wadley, nos pone en una montaña rusa de emociones que tocan el corazón por su manera genuina de abordar situaciones cotidianas, ya sea de desazón o de esperanza.
El fortuito encuentro de Iván y Gerardo en ese bar, el amor naciente entre las luces, su plática inicial, las palabras del primer encuentro que nunca se olvidarán. El compartir sus impresiones de lo difícil que es en esos tiempos el amor entre personas del mismo sexo.
Llegan los caprichosos colores del amanecer en la terraza de ese bar instalado en la parte alta de un viejo edificio, mientras Iván relata su llegada a Puebla y su intento de que unas monjas le revelaran la receta de los chiles en nogada.
Poco después, en la vecindad, le prepara ese platillo a Gerardo. La convivencia va acrecentándose y la atmósfera nos dice que todo va bien entre ellos. Pero llega la sensación de impotencia al saber que esa relación tendrá que mantenerse a escondidas: si Paola se entera, le prohibiría a Iván ver a su hijo.
Por el lado de la familia de Gerardo, es menos probable que se enteren. Sus papás y hermanos viven en un rancho en Hidalgo, a donde invita a Iván a pasar unos días, presentándose como “amigos”.
Ahí Gerardo revive la presión social vivida desde niño, ejercida por César, su padre (Pascacio López), con el afán de que se comportara “como hombrecito” desde temprana edad, sobre todo luego de las habladurías de la gente que lo tildaban de “marica”. Como “lección”, una noche lo sacó de la cama a rastras, lo subió a la camioneta y lo dejó en el monte sin importarle el frío, los peligros inciertos de los matorrales o si sabría cómo regresar solo a casa.
El jefe de familia no ha cambiado. Ahora, sentados a la mesa en familia, Iván es testigo del trato machista que tiene hacia Magda (Arcelia Ramírez), su esposa. Le exige que el café esté bien caliente y no es capaz de ayudar en la cocina ni para servirse él mismo. Ella, abnegada, obedece sin chistar.
César advierte en su hijo una pulsera de bisutería que porta medio escondida en el puño de la camisa. Ahora Gerardo tiene 25 años y no es aquel niño al que podía amedrentar, amenazar o violentar, pero sí le cuestiona que qué es eso que trae puesto. Gerardo, sonriendo un poco desafiante, le responde: “¿No te gusta?”. César, seco, sólo dice “no”.
En cierto momento, Iván comenta que es ayudante de cocina y, entre otros deberes, lava los trastes. Esto despierta la burla abierta del hombre porque “sólo las viejas lavan los trastes”.
Si los jóvenes pensaban pasar más tiempo en el rancho, con esas actitudes se les quitan las ganas y deciden regresar a Puebla, donde los espera otra situación que marcará el rumbo de su relación: en medio de un aguacero, llegan empapados a la vecindad donde vive Iván y, luego de secarse y cambiarse de ropa, reciben la visita de Paola, el niño y Rosa María (Ángeles Cruz), la madre de Iván.
Preocupado, este no los deja pasar más allá del portón y mucho menos subir al cuarto, a pesar de que Gerardo segundos antes había tratado de tranquilizarlo, diciéndole que lo presentara como “amigo del trabajo”.
Bajo la lluvia, Iván no sabe qué hacer o qué excusa inventar para que su familia no pase. Paola enseguida advierte que está acompañado de alguien allá arriba. Es “ese” con el que antes lo había visto y ahora no tiene la menor duda. En el rostro de Rosa María se dibuja la decepción más que la sorpresa, como si su hijo fuera una persona y al siguiente segundo, otra.
El temor más arraigado de Iván se cumple. Paola le dice que no volverá a ver a su hijo porque no tiene nada qué ofrecerles. Ella, el niño y Rosa María se marchan.
A Gerardo le parece una situación absurda y decide no quedarse esa noche.
Aquí la lluvia, que bien puede significar muchas cosas, como la bondad de la naturaleza que refresca el ambiente, adquiere una connotación sórdida, brumosa. Ahora es una atmósfera fría, incómoda y triste que se resume en clandestinidad.
Clandestina por tener que vivir una relación a escondidas, en medio de las expectativas de tanta gente. Pero esto no es lo que hace que Iván decida emigrar a Estados Unidos, sino su deseo de superarse económicamente. No sabe a ciencia cierta lo que el futuro le depara, lo que sí sabe es que quiere estar con Gerardo, así que le pide que se vaya con él.

EL VIAJE
Con la promesa de volver, Iván finalmente cruza ilegalmente la frontera, pero sólo con Sandra, en el camión de un coyote que lo deja en el desierto con un grupo de personas. Aunque son abandonados a su suerte, se las arreglan para sobrevivir en el desierto y llegar a la civilización. Pudo más el sueño americano. En México, él no iba a pasar de ayudante de cocina y ella de tendera entre latas de chiles jalapeños y bolsas de detergente.
Desde el inicio del viaje se les veía la esperanza por un mejor porvenir. Sonrientes y con el cabello al aire en la parte trasera de la camioneta que los llevaría al camión “pollero”.
El amor de Gerardo podría esperar. ¿Pero cuánto tiempo? Pasa un año. Iván ya ha pasado por distintos trabajos, como lavador de coches, y ahora es repartidor de comida en un restaurante. Sandra también se ha acomodado en un trabajo, pero decide regresar a México, no sin antes tratar de convencer a su amigo de hacer lo mismo.
Pero un golpe de suerte —un cocinero tiene un altercado con el dueño del restaurante donde Iván trabaja— coloca a este ante la oportunidad de colgar su uniforme de repartidor y pasar a la cocina para dejar a todos boquiabiertos con las recetas mexicanas que tanto domina.
Por teléfono, Gerardo le dice que está orgulloso de él por sus logros, pero que lo extraña. No sabe si podrá seguirlo esperando.
Uno de los momentos más emotivos es cuando una noche, al regresar de su trabajo, Iván se encuentra a Gerardo en las escaleras de su departamento, en espera de él. De ahí en adelante, la determinación, el amor y la esperanza los llevarán a vivir una historia que la directora Heidi Ewing supo llevar a la pantalla con mucha emotividad.
El filme cuenta también con las actuaciones de Luis Alberti, Raúl Briones, Yael Tadeo y Alexia Morales.
El estreno mundial de Te llevo conmigo se realizó en el Festival de Cine de Sundance, en el año 2020, donde ganó los premios NEXT Competition Innovator Award y NEXT Competition Audience Award. El filme también se hizo acreedor al premio Critics’ Award del Key West Film Festival, así como al premio LGBTIQ+ Film of the Year, por parte de Impulse LGBTIQ+ Awards.
Instagram: @alejandro.figueroa.moreno
