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La mujer que escribe

LUCÍA OLIVARES

Cumplí 35 años esta semana y me sentí fatal. He descubierto que no hay peor dolor que la desconfianza hacia uno mismo, la proyección minimizada, el desgaste por cubrir las expectativas que jamás alcanzas. Desde hace muchos años, ya no soy una niña, pero la Lucía chiquita se sigue esforzando para que la miren de cerca y reconozcan lo que es… aunque no sea nada; nada presumible, nada que enmarcar y colgar en la sala o, dados los tiempos, publicar en redes sociales. ¿Ustedes han ido alguna vez con un “vidente”? Esos que cobran millonadas por decirte que un par de años te casarás, serás mamá, que viajarás por el mundo y que la abundancia llegará a ti de una forma desorbitante; esas personas son capaces de describir tu futura casa con tres pisos, ocho recámaras, una alberca enorme y hasta hablarte de las risas de tus hijos rubios de ojos verdes, aunque los tuyos se confundan con negro… si eso fuera posible. ¿Por qué visita uno a esos hombres que tocan el pecado de la mentira en cada palabra que pronuncian? Porque no confiamos en la vida.

Este cumpleaños me viví como la niña que soy, la que suplica (sin hacer ruido) ser mirada por sus padres. Pide, en silencio, que, con un poco de suerte, vuelvan a ver sus deseos, sus ganas de jugar, de divertirse, de que la consientan. La niña nunca se fue, siempre ha estado aquí, escribiendo un poco cuando se siente sola, llenando cuadernos para platicar consigo misma, creando historias llenas de fantasía donde todo lo que dicen esos videntes vividores es mucho más bonito porque es descrito con el corazón de una niña que solo quiere jugar al amor.

A veces, me entristece descubrir mis canas entre el cabello chino que heredé de mi papá. Me duele porque me siento vieja y eso me hace pensar que el tiempo se me acaba y aún no me ven, que aún no he corrido lo suficiente, que no me he llenado de lodo, que no me he lanzado a la alberca, que los diplomas en la sala no son suficientes, que el dinero en la cartera no es el esperado y el de la cuenta de banco, tampoco.

A veces, veo a mis alumnos estudiar mucho, preocuparse tanto y yo solo puedo pensar: “¡Jueguen! Son unos niños, ¡jueguen!”. A veces, pienso que si tengo un hijo o una hija, dedicaría mi tiempo a verlo jugar y a jugar con él… si es que quiere jugar conmigo. No a veces, siempre, quien escribe es la niña que habita este cuerpo y que teclea con estas manos aún diminutas.

Somos una historia estirada, somos esos niños con cuerpos evolucionados, con la piel más áspera, con vello donde antes no había, con arrugas y estrías. Por fortuna, le doy voz; habla a través de mis palabras, siente a través de mi cuerpo. Vive porque no la he dejado morir.

Lucía es la niña que fui y la mujer que escribe.

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