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EL ESPECTÁCULO DE LA DESGRACIA

LUCÍA OLIVARES

“… por eso digo, señor ministro, ¿de qué se ríe?, ¿de qué se ríe?”, escribía Mario Benedetti como crítica a los gobiernos ciegos ante las necesidades de la gente. Y es que la risa delata al individuo.

Los mexicanos somos burlones. Seguramente por eso tenemos tanta resistencia al término bullying, porque para la mayoría de nosotros resistirlo es supervivencia. Nos reímos del gordo, del flaco, del chaparro o del muy alto.

Nos reímos de quien sabe mucho y también de quien habla poco. Nos reímos del moreno y de quien es muy blanco. Nos reímos de nosotros antes de que alguien más señale lo que ya vimos.

El pasado fin de semana se llevaron a cabo dos eventos muy distintos entre sí: la entrega de los premios Óscar, en su edición número 98, y el King Royale producido por Poncho de Nigris. Podríamos pensar que no tienen nada en común, sin embargo, analicemos los “chistes” que venimos contando y reproduciendo desde hace tiempo, ¿son chistes o burlas? Pensemos en el show del cumpleaños de tu tía, el mago que no dejó de señalar la calvicie de tu papá o el moño colorado que llevaba tu prima. Recordemos la piñata de tu sobrina y ese payaso que incomodaba a las mamás con cada cambio de postura al corretear a sus hijos. Entonces, ¿la diversión trae implícita la incomodidad de unos cuantos? O mejor dicho, ¿mientras unos se divierten otros tienen que incomodarse? Ahora hablemos de quienes capitalizan el “entretenimiento”, quienes ganan millones por exhibir la deformidad de un ser humano en un circo, las vulnerabilidades de otro en un reality show o el sufrimiento en una transmisión especial por televisión.

Del intelecto ni hablemos, porque al parecer “aprender es aburrido”, lo dejan claro las aulas con alumnos apostando desde su celular o tomándole fotos a la maestra con filtros de perrito.

“Dejemos a hacer famosos a personas tan tontas” se dice… pero ahí vamos, porque el mundo es tan duro que burlarse de quien no conoces, por un par de horas, sabe a consuelo. Es extraño, porque la burla parece imitar el juego de la “papa caliente”; nadie la quiere, pero a todos nos toca. Entonces, hablamos de una satisfacción fugaz, casi imperceptible en cuestión de tiempo, pero permanente como una marca de la varicela. + El espectáculo es cruel, y eso no es cosa nueva. Así ha sido siempre. Lo adjudico al deseo de superioridad de los seres humanos; tocar, por lo menos una vez y por unos cuantos segundos, la sensación de poder sobre otro; esas ganas de estar echado sobre un sofá mientras señalas el televisor a carcajadas por una persona de talla pequeña se cayó de un escalón, ¿dónde está la gracia? no la encuentro… pero la desgracia, sí.

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