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Resucitar

LUCÍA OLIVARES

“...y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.

Desconozco si compartes la religión católica, pero seguramente conoces esta historia; la historia de Jesucristo, el hijo de Dios, enviado a salvar a la humanidad del pecado. Vino, además, a enseñar con su vida: el amor al prójimo, el perdón, la humildad, generosidad y misericordia.

Falleció a los treinta y tres años, luego de haber cenado con sus doce mejores amigos, hombres que él mismo eligió para multiplicar su mensaje, hombres en quien confió, a quienes les sirvió una cena y les lavó los pies; hombres que decían amarlo y respetarlo.

Luego se fue a orar y, ahí, en el huerto de Getsemaní, fue arrestado, ¿por qué? Porque Judas, uno de esos hombres favorecidos, lo entregó a cambio de unas monedas.

Su agonía se convirtió en espectáculo. Cargó una cruz de madera donde sería clavado para que todos lo vieran desfallecer. Mientras caminaba con el cuerpo desgastado, no solo recibió golpes, sino todo tipo de insultos, burlas y humillaciones; le escupían, le arrojaban cosas; puedo imaginar los rostros enaltecidos, deformados por el gozo del sufrimiento ajeno, señalar al hombre que avanzaba ante el martirio. Por si fuera poco, le colocaron una corona de espinas y lo crucificaron, colocándolo en medio de dos ladrones. Durante las horas de agonía pronunció algunas frases: “PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”. Hoy me permito cuestionarme cuándo sabremos lo que estamos haciendo (como humanidad), ¿cuál es la certeza que tenemos? ¿o será que, por más que la ciencia y la tecnología avance a pasos agigantados, siempre debemos dar un salto de fé? “DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”. No recuerdo cuántas veces he repetido una frase como esta. Creo que es una sensación que invade cada vez que sentimos un anhelo desmoronarse. Se dice que Dios es un Dios pedagogo, no un Dios bienhechor, ¿será uno tan estúpido para llevarse lecciones tan duras? o ¿apoco aquel que la pasa tan bien ya trae el instructivo aprendido? “PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDOMI ESPÍRITU”. Y es que, a veces, no queda más que confiar.

Jesús resucitó al tercer día. ¿Por qué habría que resucitar? ¿Cuál es el mensaje? Tal vez, que no hay gloria sin pena. Tal vez, que la vida no es un camino de rosas, sino uno de espinas por donde crecen rosas. Tal vez, que la experiencia humana tiene implícita el deterioro y la muerte. Tal vez, que Dios salva a quien está dispuesto a morir por estar vivo. Tal vez que al final no es tan importante la vida, ni la muerte.

Es posible que no haya traición, ni dolor más fuerte que la esperanza… esa minúscula posibilidad de que el mañana tenga un sabor más dulce, que —a pesar de que parezca imposible— podemos empezar de nuevo; no como el niño con la piel tersa, sino como el hombre (o la mujer) con heridas de vida y cicatrices de amor e ingenuidad.

“...y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (...) Lo vio Pedro y luego lo vieron los doce (...) Por último, como si hubiera nacido en un tiempo que no me correspondía, también lo vi yo”. Corintios 15.

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