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EL AMOR A LA MEDIDA

LUCÍA OLIVARES

No sé si son las películas, los cuentos o las portadas de las revistas, pero nos equivocamos con el concepto del amor. Desde la infancia se nos vende esta idea del romance, de la pareja como constructo social, de encontrar a tu “media naranja”, quien saque lo mejor de ti y te entienda sin necesidad de explicarle nada, como un acto de magia. Claro, es un objetivo deseable, pero mentiroso.

Claro, es un objetivo deseable, pero mentiroso.

Soy joven, pero no tanto como para pecar de ingenuidad. Mi corazón ya ha resistido varios golpes y mi cabeza muchas tormentosas desilusiones. La fotografía que no fue, descolgar el marco que mentalmente diseñaste para el recibidor, cambiarles el nombre a los hijos que no nacieron, el apellido de casada que alguna estúpida vez pensaste usar, escribirles a quienes creíste tus amigos, pero eran de él. Y, sobre todo, seguir pensando: ¿regresará? Cuando uno no tiene el corazón parchado, cree que el amor es como en las películas: perfecto, que existe solo una persona en el planeta que la vida diseñó para ti, para hacértela fácil; que la señora del tarot tenía razón y que llegaría a tu vida en el mes de abril, sería un noviazgo breve e intenso, vivirían en una casa grande donde te daría toda la atención que no recibiste de tus padres. Tengo la imperiosa necesidad de decirte que no es así, pero, ¿qué crees? Puedo desmentir ese mito de las princesas, del amor a primera vista, de las almas que se encuentran, pero no puedo narrarte otra más porque solo sé que el amor de pareja es de dos, de dos personas que se toman (de donde quieran) y andan (hacia donde ellos decidan).

Nos estamos privando de sentir por la expectativa lejana y engañosa que nos bombardea la cabeza. No vivimos el amor, lo pensamos. La semana pasada llegó a Netflix la última temporada de la serie argentina “Envidiosa” y, por sorpresa, la ansiosa Vicky se relajó al aceptar que no estaba casada con un tipo de profesión admirable, solo vivía con un buen hombre, sensible y responsable; no era mamá, pero ahora tenía un hijastro de nueve años muy ingenioso; no creció con su padre y su madre estuvo ausente… pero hizo lo que pudo, con los recursos que tenía. Había cumplido su sueño de ser arquitecta y construir fortaleza profesional. Vicky va siempre bien acompañada por su hermana y sus mejores amigas que, aunque distintas y emproblemadas todas, siempre están. Ella siempre lo tuvo todo, pero no se daba cuenta porque no era como lo que se ve en las revistas. Claro, había una gran diferencia; lo que ella tenía era real y todo lo que nos cuentan (sea quien sea) tiene un poco o mucho de mentira.

¿Qué tienen estos personajes intensos, incómodos y vulnerables que nos fascinan en la literatura, en la televisión, en el teatro o en el cine? Que nos confrontan, me dijo la escritora Mónica Lavín la semana pasada en una entrevista; “nos hacen cuestionarnos: ¿y si yo lo hiciera?”.

Nos gusta la ficción porque ahí no vivimos, pero a la realidad le tenemos miedo.

Hoy te escribo para decirte que no existe un amor (ni una vida) de medidas universales. Goza lo que ves, lo que acompañas, lo que escuchas, así como lo que lees y ves en una pantalla porque, al final, es solo una mirada.

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