No soy un campeón, soy un competidor”. El tenista español Rafael Nadal menciona en su documental que él aprendió a ser quien es a través del dolor. En 2005, luego de ganar su primer Roland Garros, descubrió que padecía una enfermedad crónica muy poco común: síndrome de Müller-Weiss; una patología que afecta el hueso escafoides tarsiano, del pie.
Lo que significa que, durante los mejores años de su carrera, compitió con dolor y múltiples lesiones.
Toni, su tío y también entrenador, fue duro y exigente con él; sabía que, para destacar, tenía que acostumbrarse a la incomodidad; por eso, una de sus técnicas era no permitirle tomar agua mientras practicaba y llevarlo siempre al límite; así Nadal aprendería que, sin importar las condiciones, había que continuar.
Rafa fue muy disruptivo. Su imagen era la de un gladiador: playeras sin mangas dejando ver sus musculosos brazos, shorts largos y una cinta para sujetar la extensa cabellera que con el tiempo fue perdiendo.
Creo que también nos formamos por el contexto y cómo nos preparamos para vencer lo que se interponga en nuestro camino. Uno no saca las armas cuando no las necesita, sino hasta que se siente amenazado y, muchas veces, es así como te das cuenta del poder, talento, garra y habilidades que posees. Puede ser un jefe tóxico, una horrible madrastra, nacer en situación precaria, una inundación, un robo o Roger Federer; “el tenista más mágico”, como lo describía el español, representaba su antítesis. Federer es elegante, delicado, con una técnica cuasi perfecta que logró cautivar al mundo entero; mientras Nadal siempre fue el hombre fuerte y aguerrido, que sigue luchando hasta el final.
Roger y Rafa se enfrentaron en cuarenta duelos oficiales, entre Grand Slams y ATP World Tours.
Sin duda, sus carreras y resultados no se entienden sin la presencia del otro porque al rival se le estudia, se le admira y se le reconoce para poder vencerlo.
El documental de Netflix muestra la final de Wimbledon del año 2008, un día protagonizado por intensas lluvias, que habían obligado a retrasar el partido y, además, pausar mientras se daba un empate en el marcador (dos sets a favor Roger y dos sets para Rafa). Vemos a un Toni angustiado, sin encontrar las palabras adecuadas para motivar a su sobrino. Al ingresar al vestidor, Rafa dice varias veces: “Yo no voy a perder. Tal vez no gane hoy, pero no voy a perder”.
La mentalidad de Nadal, como competidor, es admirable; seguramente se han encontrado videos donde, en los pasillos, antes de salir a la cancha, su movimiento y expresión corporal es de combate, pero siempre con actitud de responsabilidad y humildad. Si perdía, reconocía que el rival había sido superior o que él debía entrenar más duro para vencerlo la próxima vez. Nunca buscaba culpables, siempre lo volvía a intentar.
¿Y por qué hablar de él, hoy? La mayoría de nosotros nunca jugaremos una final de Roland Garros, pero eso no significa que nuestro esfuerzo extra y nuestra resiliencia no se presenten en otras canchas. Todos tenemos un motivo, algo que nos impulsa, algo que deseamos, algo por lo que hemos trabajado y, también, hemos atravesado obstáculos, situaciones en las que sentimos que es momento de retirarnos. Rafael Nadal no se dejó vencer por el dolor, ni por el cansancio, ni por la frustración. Él tenía muy claro que lo único que podía controlar era su esfuerzo; por lo tanto, podía no ganar un partido, pero, dándolo todo, él nunca iba a perder.