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LOS GATOS Y EL CUADERNO A RAYAS

LUCÍA OLIVARES

Había una vez una chica apasionada por las historias de terror; le encantaba ver películas de zombies y vampiros.

Por las noches, se asomaba desde su ventana a admirar el cielo ennegrecido, esperando un movimiento inusual, mientras las estrellas se mantenían en la misma posición y la Luna no era atravesada por ninguna escoba montada por una señora de nariz aguileña y cabello oscuro.

Hablaba con una fuerza que retumbaba en las paredes; igual lloraba, igual reía. Esa joven tenía una imaginación privilegiada; era capaz de crear escenarios maravillosos, aunque también catastróficos. En su mente, cualquier bosque tenía la capacidad de convertirse en pantano; un príncipe, en vampiro; la ilusión de niña, en un túnel sin fondo.

Un día, su papá le regaló un cuaderno y ella empezó a llenarlo con dibujos hechos a lápiz. Dibujaba gatos en diferentes posiciones, chicos, grandes, de todos los tamaños.

La gente le preguntaba qué escondía en ese cuaderno que llevaba a todas partes, pero ella no respondía. Sentía que los gatos la protegían y eso se convirtió en un gran poder porque significaba que podía proveerse de compañía. Fue, entonces, que decidió nombrar a cada gato que había diseñado en ese cuaderno con pasta azul; sus preferidos: Timoteo, Garia, Bernie y Marota. Todos los días abría su libreta y hablaba con ellos; a veces les contaba de las películas o libros que leía, también de cómo había sido su día o de lo mal que se sentía. Con el tiempo, el llanto se hizo más frecuente que la risa y dejó de dibujar gatos en su cuaderno.

Cuando lo abría, ya no les recomendaba películas, ni les contaba cómo se sentía, sino que les preguntaba por qué no le respondían. Ella quería escucharlos también, ayudarlos, darles algún consejo, leer un libro que les haya gustado, saber qué hacen mientras ella no los ve. Los reclamos fueron cada vez más fuertes, pero los gatos seguían inmóviles, pegados a las hojas porosas de ese cuaderno viejo.

La chica dejó de sonreír… solo miraba por la ventana admirando el cielo ennegrecido, esperando un movimiento inusual, una bruja que la llevara lejos en su escoba, pero las estrellas se mantenían en la misma posición. Una de esas tantas noches, su papá la encontró recargada al borde de la ventana con los ojos cerrados y dejó sobre su cama un cuaderno a rayas que decía “Puedes darle vida a todo lo que existe en tu mente”.

A la mañana siguiente, la joven miró la libreta y las líneas sobre ella, pasó el día construyendo conversaciones entre Garia, Marota, Timoteo y Bernie. Resultó que este último era amante del cine de terror, como ella, y que Garia era muy asustadiza, pero una gran consejera. Timoteo siempre tenía hambre y, curiosamente, todos sus antojos se le pegaban a la chica que escribía. A Marota le encantaba la poesía y sorprendía a todos con su exquisita sensibilidad.

Poco a poco, la risa de la chica volvió a escucharse, la ilusión en sus ojos volvió a encenderse, la confianza en el mundo volvió a nacer.

Nadie sabe si fueron los gatos o el cuaderno a rayas.

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