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LA HERENCIA

LUCÍA OLIVARES

Había una vez un hombre que poseía una enorme biblioteca; los techos de su casa eran tan altos que necesitaba una escalera para alcanzar los últimos estantes donde también guardaba discos de vinilo, películas en VHS y algunos dibujos a lápiz que guardaba en carpetas viejas ya llenas de polvo. Aquel hombre vivía solo y, al pasear por su sorprendente estudio, pensaba a dónde iría a parar todo aquello cuando él falleciera. Si bien se enamoró varias veces, la trascendencia de esas relaciones solo había quedado tatuada en las obras que decoraban su casa, sin registros humanos, pura filosofía.

La última mujer que conoció en una conferencia sobre arte conceptual y estrategias del cubismo tenía 42 años y mucha ilusión de encontrar el amor. Vivía sola en una zona tranquila; tampoco había tenido hijos, lo cual era una lástima porque esos hermosos ojos azules merecían haber sido heredados, al igual que sus dedos largos que tocaban majestuosamente el piano.

Ese hombre solía presentarse con su apellido: Vega, el cual ya había atravesado decenas de generaciones… la fortuna de tener al menos un varón en cada camada. Ernesto Vega siempre fue misterioso, de espíritu bohemio, aunque interesado en la ciencia; de amigos selectos, conversaciones profundas y voz grave. Tuvo algunos amores fugaces, pero Dalia le atravesó el alma. No era precisamente dulce; en realidad, estaba un poco loca. Adornaba su cabello cobrizo con plumas y broches de colores, siempre tarareaba y pasaba de la risa al llanto y a la ira, en segundos. Todas las mujeres de su familia llevaban nombres de flores; el suyo era Dalia. Contrario a Vega, ella tenía una casa chica con un amplísimo jardín lleno de árboles frutales; los estantes de su cocina estaban abarrotados por recetarios que había heredado de sus abuelas; incluso en esa casa vivió su tatarabuela Rosa, recién casada.

Dalia y Vega fueron muy felices juntos, aunque en silencio lloraban la ausencia de ellos mismos… su muerte con su muerte.

Tanto conocimiento acumulado con los años quedaría olvidado debajo de la tierra o en alguna de sus publicaciones que dentro de poco rondarían por el mundo. La historia de Dalia se evaporó con ella un lluvioso día de septiembre. La casa, los árboles, los recetarios, los pendientes de zafiros, así como su ropa y accesorios, quedaron en manos de su sobrina Margarita, que se hacía llamar Rita porque vivió renegando de su madre y su linaje. Profunda fue la tristeza de Vega al ver derribar la casa de su hermosa Dalia para convertirse en una franquicia de comida rápida, así como sus plumas y coloridas faldas sobre una mesa de un bazar de la colonia.

Vega volvió a quedar solo en esa enorme casa que ahora albergaba el piano que Dalia le heredó. Caminando por su casa, la escuchaba tocar y tararear. Los años habían pasado, era un hombre viejo, así que sus días eran simples y solitarios; algunos días iba a la universidad, al supermercado, visitaba alguna exposición o tomaba un café con su amigo Eugenio; el resto del tiempo estaba en casa leyendo, viendo películas o escuchando música.

¿Quién se quedará con todo esto el día que no logre levantarme? ¿Quién vivirá en esta casa que me costó tanto construir? ¿Quién la llenará de risas y de los niños que yo no tuve?, ¿quién sí será feliz aquí? Para desgracia de Vega, vivió mucho tiempo, veintidós más que Dalia, con la tormenta cada día de sus bienes, su amor y su apellido. Murió y no lo supo nadie. La casa se convirtió en guarida de maleantes que se drogaban encima de las teclas que majestuosamente tocaba la hermosa Dalia, el amor de su vida, quien le ayudó a ordenar cada título en su biblioteca y a enmarcar los dibujos a lápiz para que no se borraran.

Todo quedó en manos de personas que no lo valoraban, personas que no conocieron su historia, los dolores de su alma, sus grandes esfuerzos por sobrevivir y heredar su amor a los objetos viejos, a los libros y la arquitectura.

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