“Sabia virtud es conocer el tiempo” .
RENATO LEDUC
La alineación de los astros, una nueva gracia guadalupana o el solo correr de los días han obsequiado al gobierno mexicano una curiosa oportunidad de negociar de igual a igual, es un decir, con el de los Estados Unidos, en materia de integración (¿comercial?), por los apremios que la desmayada popularidad trumpiana y la cercana elección intermedia, la del Poder Legislativo y de algunas gubernaturas de allá, imponen.
Ni la paz ni el petróleo venezolano ni el costo de la vida ni la paradójica apología de una inteligencia -tenía que ser la artificial que ya demostró que se puede mandar sola (automejorándose)- ni la ilusoria reindustrialización manufacturera nacional, son promesas cumplidas; y, si los analistas económicos se la pasan otorgándole características cognitivas y de decisión a los mercados, las reacciones de los electores de carne y hueso (y poco seso), hasta hoy predecibles, anuncian la caída a los infiernos del Partido Republicano.
Lo curioso del asunto es que lo que le toca hacer a la representación mexicana en las negociaciones del T-MEC, ahora sí, le queda como anillo al dedo, en la medida en que consiste en no hacer nada; capacidad congénita de la clase política mexicana que nadie puede poner en duda. Alargar el juego, sin los inquietantes y siempre adversos penaltis, para que los aranceles, inventados por una inexistente amenaza a la economía o a la seguridad nacional, simplemente desaparezcan y se pueda firmar un algo, sumido en la incertidumbre, con lo que el subnormal pueda presumir un éxito no inventado, es la compleja misión de nuestros negociadores. Suena fácil y debiera serlo.
Con una desaprobación del 60 %, el presidente Trump y su partido parecen enfrentar una inminente derrota, posiblemente en las dos cámaras, salvo en el caso que aquella democracia desfigurada, “Urbinati dixit”, se desfigure aún más; en el camino, aquel pueblo y el mundo entero asumen una apuesta existencial por cuanto la administración republicana ha puesto en claro que, cuando algo marcha mal, siempre puede empeorar.
En el vasto espacio de la ignorancia de Trump, la economía ocupa un lugar significativo: No es posible imponer aranceles a importaciones que no se pueden sustituir con producción doméstica, sin provocar una espiral inflacionaria; no es posible imaginar la repetición del final de la agresión a Venezuela en Irán, donde la guerra prolongada no es una novedad para el régimen teocrático que sostuvo diez años de guerra con Irak, cuando Sadam era mucho más que la pieza de caza que se le escapó a papi, sin que el efecto de las hostilidades llegue a incrementar el precio clave del combustible de todos los vehículos con motores de combustión interna y de lo que va a bordo; no se puede congelar el dinámico mercado laboral que explota la mano de obra inmigrante sin producir repercusiones inflacionarias en las mesas de la población “gobernada” y no se puede incrementar el empleo formal cuando se persigue a las y los migrantes encargados de los cuidados de niños y ancianos, manteniendo en sus casas a la población femenina en condiciones de laborar.
El paraíso terrenal que narra Trump, y que solo existe en su discutible elocuencia (no puedo escribir sobre su inteligencia), ya no engaña a nadie. Los radicales daños que ha sufrido la accesibilidad a todo tipo de componentes del bienestar: la educación, la salud, la vivienda, el empleo dignamente remunerado e incluso el esparcimiento, merecen y habrán de tener costos políticos.
Por su parte, el Partido Demócrata, eventual beneficiario de todo este tiradero, deberá tomar nota de lo insostenible que resulta encabezar el combate de los pocos contra los muchos, Urbinati de nuevo, del que ya estuvo al mando para despojarse del papel de élite sin compromisos con una democracia social. La desigualdad multifactorial ni es ni debe ser una política de Estado y la crisis en curso deberá convertirse en oportunidad aprovechada para ampliar exponencialmente el número de jugadores en el reparto de los frutos del crecimiento.
Por lo que hace al T-MEC y sus negociaciones, la convocatoria a nuestros representantes para no ceder ni hacer absolutamente nada, es tan tentadora como conocida. No la desaprovechen, compatriotas.