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Todo IA

Jorge Volpi

ÁTICO

La IA generativa es una de las mayores disrupciones que hemos experimentado. El escenario resulta fascinante y aterrador.

En cuanto K. se despierta revisa su teléfono y, en vez de abrir Facebook o Instagram, entra en su aplicación de IA: ChatGPT o Gemini o -cada vez con más frecuencia- Claude, a la que, tras varias semanas de haberla educado, ella llama Ulises. Le consulta su agenda y le pide un resumen de las noticias más importantes: Ulises ya sabe qué tono usar para no perturbarla demasiado con la última rabieta de Trump o la más reciente masacre en el país. Luego de ponerse su sudadera, K. le pide el trayecto que debe realizar en su carrera matutina. De vuelta, K. se baña y le pregunta a Ulises cuál debe ser su desayuno conforme a la dieta calórica que le ha diseñado. Mientras come su yogurt y su granola, K. le cuenta la pelea de la noche anterior con su novio y le pide consejo sobre si debe ser ella quien lo llame. Por fin, antes de dirigirse a la oficina, Ulises -ya no Waze o Google Maps- le indica las rutas menos transitadas.

Una vez allí, K. deja de lado a Ulises -o no tanto: cada veinte o treinta minutos le consulta cualquier cosa- y usa la IA de la oficina. El asistente le ayuda a hacer sus páginas de Excel -le da indicaciones en lenguaje natural, en vez de tener que lidiar con cifras y columnas-, a diseñar una página web de la compañía y a cumplir las metas que su jefe le ha marcado. Lo que hace apenas unos meses le habría costado seis o siete semanas de esfuerzo, ahora se reduce a un par de días. Su empresa ha prescindido de siete programadores, tres administradores y dos diseñadores, que antes hacían ese trabajo. A la hora de la comida, Ulises vuelve a indicarle a qué restaurante ir y confirma su reserva. Mientras come -casi siempre sola-, consulta con Ulises el mejor sitio para ir de vacaciones y de una vez le pide las reservas de avión y hotel.

Desde que al fin adquirió agencia, a mediados de 2026, Ulises también se encarga de pagar sus recibos y emitir sus facturas, incluso de hacerle la declaración de impuestos: otro ahorro mayúsculo de dinero y tiempo. Su IA también le recomienda las últimas ofertas de ropa y joyería y le hace una lista comentada de las mejores películas y libros de la semana, todo acomodado según sus gustos. Siguiendo las recomendaciones de Ulises, K. le llama a su novio, hacen las paces y acuden al sitio romántico que ha seleccionado. Lo único que Ulises no decide, en toda su jornada, es el momento de irse a la cama.

Como millones de ciudadanos como ella, K. ha elegido no elegir. Lo que describen los párrafos anteriores no es una distopía: casi todo ya ocurre o está a punto de ocurrir. Ya no hay duda: la IA generativa es una de las mayores disrupciones que la humanidad ha experimentado. Cada aspecto de la vida será trastocado por ella: de la intimidad al trabajo, del entretenimiento y el arte a la política, de los derechos de autor a la justicia, de la salud mental a la guerra. La ruptura es tan vertiginosa, que nosotros, los azorados habitantes de la Tierra en 2026, apenas logramos darnos cuenta del torbellino. Y de sus costos: sociales, económicos, ecológicos y, por supuesto, de vigilancia.

Hoy, la IA dirige los bombardeos en Irán o el sur del Líbano -con frecuencia, equivocándose-, y miles de escritores y artistas la incorporan en su trabajo al tiempo que otros, los que se asumen más puros, los recriminan por hacerlo. Millones de puestos de trabajo se pierden en el camino y los expertos en mercadotecnia la usan para vendernos toda suerte de productos, incluidos nuestros políticos. El escenario es fascinante y aterrador: utopía y distopía confundidas.

Como ha ocurrido con cada nueva tecnología, en los extremos tiene fervientes devotos y furibundos detractores: apocalípticos e integrados, según Eco. Pero nada que hayamos construido antes se parece a la IA: una inteligencia -en contra de muchos, estoy seguro de que lo es- cuya paradoja es haberse inspirado en la nuestra y ser, sin embargo, radicalmente distinta. Frente a los ilusos que querrían prohibirla, necesitamos -con la misma rapidez con la que se introduce en nuestras vidas- aprender a confrontarla. O, mejor, a crear un nuevo espacio ontológico, como insiste Jianwei Xun, el avatar IA-humano creado por el filósofo italiano Andrea Colamedici, en Pensar con prompts (2026), en el cual, en vez de dejarnos avasallar por ella, logremos incorporarla de forma crítica en nuestra cotidiana experiencia humana.

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