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Jorge Volpi

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JORGE VOLPI

Después de años de tensión entre los dos países, este fin de semana la presidenta Claudia Sheinbaum estará en España. Desde que en marzo de 2019 -hace ya siete años-, Andrés Manuel López Obrador enviara su carta al rey Felipe VI, solicitándole que pidiera disculpas por los abusos cometidos durante la Conquista, la relación diplomática entre los dos países experimentó un insólito deterioro. En La invención de todas las cosas (2024), escribí: "No es la primera vez que una ficción política ha permitido que ciertos actores políticos se hagan responsables de sucesos cometidos por sus ancestros a fin de generar un ambiente de reconciliación entre grupos o países enfrentados, pero el fracaso de esta iniciativa muestra que las heridas históricas -sobre todo aquellas que son utilizadas una y otra vez de forma interesada- constituyen algunas de las ficciones nacionalistas más difíciles de combatir".

En efecto, en vez de aliviar la supuesta tensión histórica entre México y España, el episodio solo contribuyó a crear una nueva, y justo en el momento en que, al menos en teoría, los gobiernos de las dos naciones compartían una agenda ideológica semejante. El empecinamiento de AMLO, así como la dinámica nacionalista de la propia política interior española, solo empeoraron un zafarrancho que no parecía beneficiarle a nadie: en nuestro país, la furia lopezobradorista nunca dejó de ser vista como una excentricidad que tampoco pareció reportarle demasiados apoyos, mientras que del otro lado fue aprovechada por las corrientes más extremas de la derecha y la ultraderecha para proseguir su golpeteo cotidiano contra el presidente Pedro Sánchez.

Los medios atribuyeron la iniciativa de AMLO a la influencia de su esposa, la historiadora Beatriz Gutiérrez Müller, la cual, al término del mandato de su marido, según detalló el diario ABC, no dudó en solicitar la nacionalidad española, lo cual la obligaría a prometer fidelidad al rey. Es imposible decir si esta disonancia cognitiva -y política- tuvo algún efecto en Sheinbaum: en contra de lo que se pensaba, durante los primeros meses de su gobierno prosiguió con la retórica inflamada de su mentor, pero al cabo dio pie a una relativa distensión. La inauguración de la amplia muestra de arte indígena en cuatro distintas sedes en Madrid propició una declaración conciliadora de José Manuel Albares, el ministro de Exteriores español, recogida por la Presidenta como un pequeño avance.

Poco después, tras ser invitado oficialmente a la inauguración del Mundial de Futbol, el propio Felipe VI reconoció que hubo "abusos" y "controversias éticas y morales" durante la Conquista: si no una disculpa, se trató del gesto más claro en torno al tema: en el fondo, un simple reconocimiento de los hechos. En España, tanto Vox como la presidenta de la Comunidad de Madrid se atrevieron a atacar al rey, insistiendo en el proyecto civilizatorio español, poco después de que, en su libro más reciente, AMLO prosiguiera con su andanada, en esta ocasión llegando a querer borrar -con una obsesión muy cristiana- los sacrificios humanos practicados por los antiguos pueblos de Mesoamérica.

Como fuere, la presencia de Sheinbaum en la cumbre de Barcelona convocada por Sánchez, a la que asistirán otros de los pocos líderes del espectro de la izquierda que quedan en este momento, supone un necesario punto de inflexión. Más allá de que ella de seguro continuará con su retórica nacionalista, el gesto representa asimismo una toma de posición frente a Trump y la ultraderecha global. Si bien no participará en el Global Progressive Mobilisation -en el que sí estará su secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena- y ha debido declarar que no se trata de una conferencia anti-Trump, sin duda lo es. En el difícil equilibrio entre ceder o resistir a los caprichos del monstruo, creo que la decisión de Sheinbaum es la correcta: por fin hacer alianzas con gobiernos más o menos afines -no se discute aquí que el régimen que heredó de AMLO y ahora consolida posee tintes autoritarios- y ofrecer una posición menos débil ante la inminente renegociación del T-MEC. Pero, como todo lo que tiene que ver con Trump -sobre todo en un momento en que su guerra contra Irán encalla-, la apuesta no deja de ser riesgosa.

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