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Arturo González González

Trump consuma el repliegue de EUA

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

En el verano de 1932, Ottawa fue la sede de un acontecimiento que simbolizó el entierro del orden económico liberal liderado por el Imperio británico. Dicho orden había nacido en la década de 1870 bajo la hegemonía de Londres, centro neurálgico de una globalización que propiciaba el libre comercio a la velocidad del buque de vapor, el ferrocarril y el telégrafo. El sistema global comenzó a colapsar en la década de 1910 con las crecientes tensiones y conflictos entre las potencias imperialistas. Si alguna vez el Reino Unido, tras haber derrotado a Francia y sometido a la India, había sido la potencia indiscutible del orbe, de pronto veía surgir dentro del orden mundial creado por ella misma a potencias rivales que aprovechaban el libre comercio y las innovaciones de la segunda revolución industrial para construir economías prósperas y capaces de sostener ejércitos poderosos.

Para cuando las delegaciones de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, India, Sudáfrica, Rhodesia del Sur, Irlanda y Terranova, todos dominios y colonias británicas, se reunieron con la comitiva del RU en la Conferencia Económica del Imperio Británico en la capital canadiense, el orden internacional se encontraba sumido en el caos. A la Gran Guerra de 1914 se habían sumado una terrible pandemia de influenza, revoluciones sociales en varios continentes, el surgimiento y la proliferación de regímenes nacionalistas y autoritarios, el crecimiento de la polarización socio-política y de la desigualdad y la peor crisis económica en la historia del capitalismo hasta entonces. La descomposición del sistema era evidente. Algo podrido olía desde hace tiempo en el mundo creado por Gran Bretaña.

En el verano del 32, Mussolini estaba por cumplir diez años en el poder en Italia, el Imperio japonés iba para un año de haber invadido Manchuria, el partido Nazi de Hitler se convertía en la fuerza política más grande de la Reichstag y Noruega le disputada a Dinamarca parte de la isla de Groenlandia. Todo esto mientras se celebraban en Los Ángeles los juegos de la X Olimpíada. En un reconocimiento claro de los límites de su poder y alcance, en Ottawa el Imperio británico consumó su repliegue. "La Primera Guerra Mundial desintegró prácticamente las estructuras del orden mundial del siglo XIX. El intento de restaurarlo tras el final de la guerra simplemente apresuró su defunción a comienzos de la década de 1930" (G. Arrighi y B.J. Silver).

El resultado más palpable de la Conferencia de Ottawa fue la instauración del sistema comercial de preferencia imperial. Tras casi media centuria de promover el librecambio global, el Imperio británico se encerraba en sus dominios y colonias detrás de un muro de aranceles y restricciones. Fue el British Empire First que marcaría la ruptura definitiva de la globalización británica. ¿Qué nos dice esta historia de hace un siglo sobre nuestro presente? Si es cierto que, como dijo Theodor Reik, la historia nunca se repite, pero rima, entonces es posible encontrar consonancias entre la transformación mundial que nos toca y la vivida en la primera mitad del siglo XX, no para predecir lo que va a pasar sino para comprender en dónde estamos parados. El enfoque analítico de los sistemas-mundo, de suma utilidad y vigencia, apunta a que la historia se desarrolla en ciclos espiroidales que reproducen fenómenos y fuerzas similares, mas nunca iguales.

Llegados a 2026, hemos atravesado en los últimos años una crisis económica, incluso peor que la de 1929; el crecimiento de la brecha de la desigualdad de la riqueza y el aumento de la polarización; una serie de revueltas y guerras civiles en más de un continente; el incremento de tensiones geopolíticas que han derivado en una especie de "guerra mundial a pedazos", de acuerdo con las palabras del Papa Francisco; una pandemia de coronavirus cuyas secuelas aún se sienten, y el resurgimiento del nacionalismo, autoritarismo y proteccionismo. El cuadro del repliegue del imperio americano es similar al del agazapamiento del Imperio británico. Y tal repliegue es tan evidente que se plasma en los documentos oficiales que rigen las políticas del gobierno de EUA en la era Trump. Así se observa en la Estrategia de Defensa Nacional, publicada el 24 de enero pasado, en la que se traduce en clave militar la Estrategia de Seguridad Nacional que vio la luz en diciembre de 2025.

Si durante la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, la prioridad de EUA fue construir un orden mundial a su imagen y semejanza, en el que el capitalismo y la democracia liberal fueran la norma, con Trump la gran potencia americana renuncia a dicho cometido. La prioridad hoy es "defensiva": concentrar los esfuerzos en proteger las fronteras nacionales y afianzar el dominio en el continente americano, el cual Washington considera vital para sus intereses. En segundo término aparece la contención de China en el Indo-Pacífico para evitar que el gigante asiático construya una hegemonía regional que "amenace" a EUA. Y hasta un tercer plano se asoma el compromiso noratlántico con Europa, a quien le asigna la tarea de asumir como propio el desafío que representa Rusia, con la consecuente compra de armas a la industria armamentista estadounidense. Completan el cuadro de prioridades Irán y Corea del Norte.

La estrategia va acompañada de un proceso de reindustrialización a través del proteccionismo, los aranceles y las restricciones comerciales y, aunque no lo cita abiertamente -pero se intuye con facilidad-, crear una economía de guerra. La postura es de repliegue, pero no por ello menos agresiva. El concepto trumpiano de "paz a través de la fuerza" contempla una militarización de la política exterior y la economía para construir un aparato militar-industrial más robusto que permita disuadir a los enemigos de actuar contra EUA y sus intereses. Y en lugar de guerras disfrazadas de cruzadas democráticas o humanitarias, el gobierno de Trump propone intervenciones armadas puntuales para imponer sus intereses al menor costo posible, como en el caso de Venezuela.

Queda claro que quienes dirigen a la potencia americana temen el ascenso del gigante asiático. Por eso rompen el orden económico global que creó EUA y que en los últimos años permitió a China escalar, redirigen su atención y fuerza en América para dominarla y alejar a los rivales estadounidenses sin quitar el ojo sobre lo que hace Pekín en el Indo-Pacífico. ¿Funcionará este cambio de estrategia? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que para el Imperio británico no fue suficiente. "La inopinada ruptura de Inglaterra con todo el sistema internacional edificado por los tratados después de la guerra -de 1914- significó un giro decisivo en la historia de la postguerra" (J. Pirenne). Si bien Alemania y Japón perdieron la Segunda Guerra Mundial, el Imperio británico nunca se recuperó, y la esfera del poder mundial se trasladó al otro lado del Atlántico Norte. En parte, el costo financiero del imperio consumió sus capacidades internas y externas. EUA hoy es un gigante deficitario y cada vez más endeudado que enfrenta desafíos formidables dentro y fuera de sus fronteras.

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