El establecimiento de agenda ("agenda setting") es una teoría clásica de la comunicación política que explica cómo los medios y los actores políticos influyen en los temas que se consideran importantes en la opinión pública, aunque no necesariamente se obligue a las personas a pensar sobre ellos.
Cuanto más la discusión pública toca un tema en medios, discursos políticos o redes, más importante lo percibe la sociedad; no cambia directamente la opinión, pero redirige la atención.
Si el debate público gira constantemente sobre seguridad, narcoterrorismo y migración estos temas suben la prioridad social. El "framing" es la forma, el encuadre, en que se presenta el tema. Se seleccionan ciertos aspectos de la realidad y se les da más énfasis para orientar la interpretación del público. El "priming" ocurre cuando la atención constante a un tema hace que la sociedad evalúe a los actores políticos usando ese criterio, es decir, si el asunto está relacionado con narcoterrorismo, se juzga a los líderes principalmente por qué tan "duros" parecen en materia de seguridad.
El escándalo Epstein ha cimbrado la agenda global de manera transversal. Un proceso de shock narrativo produciendo un efecto cascada.
Desde una perspectiva de comunicación política, el análisis del contexto que vincula la reactivación mediática de los archivos de Jeffrey Epstein -el Departamento de Justicia estadounidense publicó recientemente más de tres millones de páginas de documentos- con el endurecimiento discursivo de Trump hacia el gobierno de Sheinbaum podría ser abordado para analizar cómo las dinámicas comunicativas pueden reconfigurar las prioridades y evaluaciones del público en coyunturas de alta polarización política y un contexto volátil de geopolítica.
En la dinámica de tensión bilateral, Washington está priorizando temas de alta visibilidad en momentos de presión interna, enmarcada por los abusos de ICE y un creciente descontento ciudadano y por el tsunami político criminal -de pronóstico reservado- alrededor de la hidra trasnacional detrás de los archivos Epstein, lo que potencialmente contribuye a desplazar la atención pública desde controversias domésticas hacia asuntos donde el discurso político de Trump resulta más consistente con las expectativas de su base electoral.
Se puede argumentar que el énfasis recurrente en la narrativa de la Casa Blanca pretende reposicionar su imagen en torno a atributos de autoridad y firmeza, donde la relación con México se convierte en un recurso simbólico para reordenar la atención pública y redefinir los criterios de evaluación ciudadana de cara a las elecciones intermedias.
Teóricamente, la administración de Sheinbaum puede entrar en un choque discursivo más frontal por un par de razones estructurales; la agenda bilateral es altamente simbólica y el debate preelectoral en los Estados Unidos girará alrededor de la seguridad hemisférica (securitización de la relación bilateral) como herramienta de negociación transversal.
En el caso de que los escándalos domésticos continúen escalando y se pierda el control del relato, Washington tiene la salida estratégica de apretar más la tuerca bilateral del tornillo político criminal mexicano, funcionando como un espacio narrativo externo de quid pro quo.
Lo cierto es la incertidumbre que parece ser una condición sistémica que obliga a los ajustes defensivos obligatorios en la cooperación bilateral.
¿Securitizar al vecino para sobrevivir al escándalo?
@GomezZalce