Estados Unidos y México comparten una frontera por demás compleja por el enorme número de factores, personas y conflictos que ahí se concentran, cruzan y enfrentan a dos naciones tan distintas en historia y cultura. Ni los mexicanos ni los americanos escogimos la vecindad, pero ambos hemos tenido que aprender a convivir y administrar la complejidad que, históricamente, ha requerido amplios cuidados. En los últimos años, los dos países han experimentado cambios en sus liderazgos que contemplan a la frontera más como un problema que como una oportunidad. Sin embargo, ninguno puede prescindir del otro ni negar su existencia, por más que ambos seguramente lo hubieran deseado.
Trump, como AMLO, son personajes de su época, síntomas de los desajustes que experimentó el mundo en las últimas décadas, mucho de ello por el acelerado cambio tecnológico que modificó relaciones sociales, estructuras laborales y la capacidad de las empresas para adecuarse a un entorno en constante transformación. La globalización alteró la manera de producir y abrió oportunidades para la exportación de manufacturas, pero también erosionó estructuras políticas y la capacidad de los gobiernos para conducir los destinos de sus países.
Todos estos cambios, incluyendo el fenómeno migratorio, crearon un entorno de resentimiento en comunidades tradicionalmente industriales en el norte de EU que perdieron, primero, frente al desarrollo de nuevos polos industriales en el sur de ese país y, luego, con el enorme impacto sobre todo de las manufacturas chinas en el mercado norteamericano. El llamado medio oeste estadounidense, donde se localizaba el corazón de la industria desde el siglo XIX, se convirtió en un desierto para obreros calificados por las empresas que no sobrevivieron al cambio tecnológico y al embate de las importaciones. AMLO y Trump llegaron a sus respectivos gobiernos porque sus maneras de entender al mundo y a sus países empataban con su momento. Trump llevaba años protestando contra las importaciones, el TLC norteamericano y China. AMLO se colocó como el defensor y protector de los pobres y las clases medias urbanas que se habían rezagado en sus niveles de ingresos y capacidad de consumo. Ambos presidentes afianzaron a sus bases convirtiéndose en los representantes de los desprotegidos y los desplazados.
Como todos los líderes egocéntricos, ambos están llenos de contradicciones y han sido beneficiarios, directa o indirectamente, de mucho de lo que denunciaban y condenaban. Convencidos de su cruzada, han probado ser incapaces de comprender la inmensa propensión de ellos mismos o sus cercanos a la corrupción y al abuso. En nuestro caso, la destrucción institucional tendrá efectos nocivos por décadas; en el caso de Estados Unidos las instituciones han sido golpeadas y vapuleadas, pero luego de doscientos cincuenta años de existencia, seguramente sobrevivirán. En México estamos viviendo la resaca contra la corrupción del sexenio pasado, sus malas decisiones y la de por sí debilidad del Estado. En Estados Unidos lo más probable es que, como ocurrió después de Watergate, tan pronto salga el gobierno actual la resaca conducirá a nuevas leyes y mecanismos institucionales para que los excesos y abusos de este momento puedan ser penalizados en el futuro. Las instituciones cuentan y ahí nuestro déficit es inmenso.
La pregunta es cómo conducir una relación tan compleja y a la vez inevitable y necesaria. La pregunta se la han hecho virtualmente todos los presidentes de México desde que somos nación y sus respuestas fueron cambiando en el tiempo según las circunstancias. Por siglo y medio se vio a Estados Unidos como un problema que debía administrarse; luego, en el contexto del cambio económico y tecnológico que sobrecogía al mundo, se le vio como una oportunidad, a la que los propios norteamericanos respondieron con convicción. Los tiempos han cambiado, pero la interacción bilateral y la creciente integración económica son hechos inexorables que sólo una actitud suicida buscaría impedir. Pero eso no resuelve el embrollo actual.
Para el gobierno del presidente Trump, México se ha convertido en un problema de seguridad nacional. Por nuestra parte, sería terco y absurdo negar que México enfrenta un reto de seguridad de inmensas dimensiones. Igual de obstinado sería pretender que México cuenta con las capacidades y recursos para controlar al crimen organizado.
Para México, el problema es doble: por un lado, su inherente debilidad institucional, a la cual han abonado en grande los últimos dos gobiernos; no hay salida mientras no se admita que ese es un problema que debe ser atendido. Por otro lado, el poderío del crimen organizado no sólo exporta narcóticos sino, sobre todo, destruye la malla social, inhibe la confianza entre los propios mexicanos y socava la credibilidad del gobierno en todos los órdenes. Lo primero corresponde a los mexicanos y constituye el principal desafío para el gobierno actual, lo reconozca o no.
Combatir al crimen organizado es indispensable e inevitable. También podría ser la plataforma sobre la cual, en las circunstancias actuales, ambas naciones podrían construir un marco de cooperación que contribuyera a la paz de la frontera y a la civilidad en las relaciones bilaterales en todas sus dimensiones.
@lrubiof
ÁTICO
Trump es una contraparte difícil de encarar, pero es el líder de nuestro principal socio; la cooperación debe superar la confrontación.