El 3 de noviembre Estados Unidos podría comenzar a tumbar a Trump. No sacarlo de la Casa Blanca, pero sí constreñir su poder.
Las elecciones intermedias podrían marcar el principio del fin de la impunidad presidencial. La primera rebelión electoral contra un hombre que prometió hacer grande a Estados Unidos y ha terminado empequeñeciéndolo. Que prometió combatir a las élites corruptas y construyó una oligarquía a su servicio. Que prometió prosperidad y entregó inflación, incertidumbre y una guerra costosa. Los demócratas parecen encaminados a recuperar la Cámara de Representantes y quizá también el Senado. La pregunta ya no es si Trump está perdiendo popularidad.
Es cuánto poder perderá con ella.
Porque algo está cambiando. La corrupción -junto con el costo de vida- comienza a ocupar un lugar central en el debate electoral. Como ha documentado Anne Applebaum en The Atlantic, la política exterior estadounidense está siendo secuestrada por intereses privados. Jared Kushner, Steve Witkoff y otros personajes cercanos a Trump participan en negociaciones internacionales donde desdibujan las fronteras entre diplomacia, negocios y enriquecimiento personal. Rusia recibe concesiones mientras Ucrania paga las consecuencias. Venezuela se convierte en otro ejemplo escandaloso: acuerdos petroleros opacos, beneficiarios difíciles de identificar, recursos administrados de manera opaca.
La política exterior busca abiertamente oportunidades de negocios para la familia Trump. Estados Unidos, convertido en una empresa familiar con arsenal nuclear.
Y mientras los cercanos prosperan, los ciudadanos pagan. La inflación persiste. La gasolina se encarece. La vivienda se vuelve inaccesible. Los aranceles elevan precios. La guerra contra Irán dispara costos y multiplica riesgos. Las redadas migratorias siembran miedo y alienan al voto latino. Trump prometió abaratar la vida y encareció la existencia. Prometió terminar guerras y comenzó otra. Prometió orden y produjo caos. Según Reuters/Ipsos, apenas 32% aprueba su gestión y 73% considera que el costo de vida va en la dirección equivocada.
Pero Trump conserva un arma formidable: el dinero. Texas ilustra cómo la plutocracia intenta rescatar al populismo. Elon Musk ha destinado cientos de millones de dólares a apuntalar candidatos republicanos, particularmente en Texas, donde tiene intereses empresariales enormes. Y lo mismo ocurre con otros tecno-oligarcas que buscan comprar protección para sus negocios La democracia estadounidense enfrenta una paradoja grotesca: multimillonarios financiando al hombre que dice representar al pueblo contra las élites.
Una victoria demócrata cambiaría las reglas. La Cámara podría abrir investigaciones sobre contratos, conflictos de interés, enriquecimiento familiar y abusos presidenciales. Podría recuperar facultades de supervisión, condicionar presupuestos y exigir explicaciones sobre Irán. Podría cuestionar decretos y decisiones ejecutivas. No lograrían anular automáticamente las órdenes presidenciales ni detener unilateralmente la guerra en Irán, pero sí imponer costos políticos y controles institucionales. Si los demócratas también ganaran el Senado, aumentaría su capacidad de fiscalización y bloqueo. Incluso podría abrirse una discusión sobre otro impeachment, aunque destituir a Trump exigiría dos tercios del Senado.
Para México, un Trump contenido sería una buena noticia. Un Congreso más equilibrado ofrecería interlocutores menos caprichosos para discutir el T-MEC, los aranceles, la migración y la seguridad. No eliminaría las amenazas, pero dificultaría gobernar mediante berrinches, chantajes y ocurrencias. Permitiría recuperar algo de predicibilidad frente a un Presidente que confunde la negociación con la extorsión.
Aunque el daño ya es profundo.
Trump ha debilitado alianzas, despreciado tribunales y acercado a Estados Unidos a la lógica autoritaria de Rusia y China. Busca construir un nuevo eje de poder donde los intereses de los fuertes desplazan las reglas comunes. Donde la democracia estorba y los negocios mandan.
Pero todavía existen las urnas. Todavía existen contrapesos. Todavía existe la posibilidad de corregir el rumbo. Trump quiso demostrar que podía gobernar sin límites. El 3 de noviembre quizás un electorado desafiante se los coloque. Porque la democracia no se defiende sola. Se defiende quitándole el poder a quienes abusan de él.