Ucrania está herida, fatigada, furiosa, pero sigue de pie. Pelea porsu identidady porsu libertad. Ucrania no se va a rendirnunca.
Nada te prepara para Kyiv. Nada.
A las tres de la mañana corres al refugio mientras un misil balístico atraviesa el cielo. Después entrevistas a un empresario que fabrica drones. Luego conversas con un poeta que también es voluntario del ejército. Por la tarde recorres un centro donde jóvenes diseñan la guerra del futuro. Horas después cenas en una ciudad donde los restaurantes siguen llenos y las parejas siguen caminando tomadas de la mano.
Hasta que vuelve a sonar la alarma, y entonces todo se detiene otra vez. En Kyiv uno aprende que el miedo y la normalidad no son estados opuestos; conviven en el mismo día.
Durante más de cuatro años Putin apostó a una guerra de desgaste. Su cálculo era que Rusia tenía más soldados, más misiles, más recursos y una capacidad industrial muy superior. Bastaba esperar. Ucrania terminaría agotándose antes que el Kremlin. Pero la guerra no premió al agresor, no le dio la razón al más fuerte. Mientras Rusia sigue destruyendo ciudades, Ucrania ha dedicado estos años a reinventarse. La periodista Anne Applebaum sostiene que la conversación internacional comienza por fin a reconocer una realidad distinta: Ucrania no está derrotando a Rusia, pero Rusia tampoco está derrotando a Ucrania. El objetivo de Putin nunca fue conquistar unos cuantos kilómetros cuadrados; fue borrar a Ucrania como nación independiente. Cuatro años después, ese objetivo parece más lejano que cuando comenzó la invasión.
Hay una frase que resume mejor que ninguna otra lo que ocurre aquí. La escucho una y otra vez de funcionarios, empresarios, artistas, voluntarios y soldados: “Si no estás en el ejército, estás para el ejército”. No es una consigna; es una descripción de la realidad. En estos días he visitado empresas, centros de entrenamiento y organizaciones donde ucranianos de todo tipo desarrollan tecnologías que hace apenas unos años no existían. He visto cómo pequeños equipos adaptan drones y sistemas de guerra electrónica a una velocidad que sorprende incluso a militares occidentales. Lo extraordinario no son únicamente los aparatos; es el ecosistema que los hace posibles. La rapidez con la que una idea pasa del laboratorio al campo de batalla. La convicción compartida de que cada innovación puede significar una vida salvada.
Y esa innovación ya no sirve únicamente para defender el cielo ucraniano.
También ha llevado la guerra al territorio de quien creyó que podría mantenerla lejos de casa. Drones ucranianos alcanzan Moscú, golpean refinerías, depósitos de armas, centros logísticos y redes energéticas dentro de Rusia. Las imágenes de humo sobre instalaciones industriales empiezan a desmentir la ficción cuidadosamente construida por el Kremlin: la idea de una “operación especial” distante, controlada, sin costos para la población rusa. En Moscú han tenido que acortar actos militares por temor a ataques. En San Petersburgo, drones ucranianos han golpeado instalaciones mientras el régimen organiza conferencias ceremoniales. La guerra que Putin exportó comienza a regresar a sus puertas.
Eso ha enfurecido a Putin. Y ante la imposibilidad de obtener la victoria prometida, responde castigando a civiles. En las últimas semanas Rusia ha intensificado los ataques contra Kyiv y otras ciudades. Cientos de drones. Misiles balísticos. Edificios residenciales abiertos por la mitad. Familias enterradas entre los escombros. El Kremlin pretende convertir el insomnio en arma de guerra, y quiere demostrar que puede seguir matando, aunque no pueda vencer. Pero matar no equivale a ganar, y Rusia no está ganando.
Este es mi tercer viaje al país. Percibo la fatiga, pero también la convicción. Camino por el Maidán, la Plaza de la Independencia, donde hay un memorial para los caídos. Miles de banderas clavadas en la tierra. Fotografías. Flores. Muñecos de peluche. Cartas. Cada nombre representa una vida arrancada. Y cada nombre explica por qué Ucrania sigue resistiendo. Putin puede destruir edificios y matar a niños, pero no ha logrado destruir la decisión colectiva de seguir existiendo. Ucrania está herida, fatigada, furiosa. Pero no está vencida; sigue de pie. Pelea por su identidad. Pelea por su libertad. Pelea por su derecho a seguir llamándose Ucrania. Después de viajar una vez más hasta acá, tengo una certeza que desafía todos los pronósticos: Ucrania podrá ser golpeada y podrá ser herida.
Pero no se va a rendir. Nunca.