Un comedor devuelve esperanza en colonia Santa Sofía de Torreón
Tiene mala fama. Se han referido a ella como "crikolandia", un lugar sombrío lleno de vicios y vacío de esperanza. Dicen que está en el abandono, que allá por el oriente, por donde se ubica, ni Dios se asoma. La describen como una zona roja donde las drogas circulan como si fueran dulces.
Eso dicen algunos residentes de la colonia Santa Sofía, una zona que, según algunas notas reportadas por este mismo diario, ha experimentado en tiempos recientes graves problemas de inseguridad: robos, agresiones y riñas.
Parece que ahí nada es alentador. Sin embargo, en medio del caos, en una pequeña casa del sector ocurre un milagro. En la calle Santa Karina 94B, la fuerza de una mujer le imprime humanidad al barrio.
María Isabel Vargas Mercado sabe por qué una persona puede terminar en las drogas. Ella, de joven, se acercó a las sustancias porque se sentía sola. Tomó malas decisiones, pero una fuerza sobrenatural la sacó de las sombras.
Hoy, esa misma fuerza la ha convertido en un faro para decenas de niños. Desde hace poco más de dos años, la casa de María Isabel se transformó en el Comedor Cristiano Emanuel, un espacio donde más de 60 infantes encuentran cada día un plato de comida caliente y un refugio seguro frente a la violencia que rodea su colonia.
Para la mujer de 50 años, arropar a las infancias es una manera de frenar el ciclo de abandono y adicciones. Está convencida de que muchas veces, incluso cuando las personas crecen, lo único que necesitan es un abrazo.
UN DÍA DE VISITA EN EL COMEDOR
Son las 12:30 del mediodía y, en mesas largas rodeadas de banquitos de plástico, los niños ya degustan sus alimentos. Todos saludan y se presentan. Algunos hasta abrazan. Se dan prisa porque saben que a la una de la tarde llegará un camión por ellos.
Ese transporte es clave para que puedan continuar con sus estudios. Otra mujer que se enteró de la existencia del comedor acudió al lugar para ofrecer su ayuda. Así, desde hace aproximadamente un año, ella, junto con el apoyo de sus amigas, paga el servicio del transporte.
Cuando comenzó a convivir con los niños de la colonia, Isabel descubrió que varios de ellos nunca habían asistido a la escuela. No era falta de interés, sino que sus familias simplemente no tenían dinero para trasladarlos.
"Vimos la necesidad de echar la mano aquí. Yo también fui mamá soltera y sé lo difícil que es cuando no tienes quién te cuide a los niños o cómo llevarlos a la escuela", dice Isabel.
Ahora el ritual se repite a diario. Los menores llegan al comedor a mediodía, comen, recogen sus platos, limpian el área y toman sus mochilas. A la una de la tarde el camión los espera afuera.
Se pasa lista y van subiendo uno a uno. El destino es la Primaria Leonila Giammattei Ramos, en la colonia Fidel Velázquez. El cambio, dice la hermana Isabel, como la conocen en el barrio, ha sido profundo.
"Los niños quieren mucho estudiar. Cuando hay vacaciones me dicen que ya quieren entrar otra vez".
Entre ellos hay historias que la conmueven. Recuerda a un niño que, a pesar de tener edad para cursar la primaria, nunca había ido a la escuela. Hoy, con el respaldo de maestros de apoyo, está por ingresar a la secundaria. Para Isabel, lograrlo significa haberle ganado terreno al vicio y mantener al niño lejos del camino del consumo.
En el comedor conviven niños de entre seis y catorce años. Muchos provienen de hogares donde las madres trabajan largas jornadas o enfrentan situaciones difíciles.
María los entiende: "Yo sufrí mucho de chica. No tuve apoyo. Eso hizo que caminara por un rumbo fácil", confiesa con franqueza.
UNA CASA QUE CRECIÓ CON LA FE
María Isabel llegó a Santa Sofía hace dos años y medio. No tenía planes de quedarse. Vivía en Ciudad Juárez y solo venía de visita cuando le prestaron la casa.
"Cuando llegamos mi esposo y yo no teníamos nada", recuerda. "Dormíamos ahí en el piso. Yo traía nomás mi mochila porque pensaba regresarme a Juárez".
Pero poco a poco la casa comenzó a transformarse. Primero llegó un refrigerador donado, luego otro. Después una televisión. Alguien arregló la regadera.
"Dios nos fue bendiciendo", dice.
En ese tiempo ya atendía a los pequeños del sector, pero de otra forma: los mantenía ocupados con actividades. Incluso, como a ella le gusta el boxeo, les propuso a varios enseñarles a "tirar guante", aunque después se detuvo.
"Sentí algo que me decía: no, aquí ya hay mucha violencia".
En lugar de eso organizó un convivio para conocer a los niños y a sus madres. Aquella reunión se convirtió en algo más grande de lo que imaginó.
Así nació el comedor. Hoy el lugar funciona todos los días con ayuda de voluntarias de la misma colonia. Durante mucho tiempo María y su esposo hicieron todo solos: cocinar, limpiar y organizar a los niños. "Esto es muy pesado, pero no me voy a rendir", comparte Isabel y detalla que el comedor se llama Emanuel porque significa "Dios está con nosotros", y ella está convencida de ello.
MÁS QUE COMIDA
El comedor no solo alimenta. Los sábados los niños reciben pláticas bíblicas. A veces los domingos van juntos a la iglesia.
También aprenden hábitos básicos: cómo cuidar su cuerpo y mantener limpio su espacio.
"Les enseñamos hábitos, no nada más es darles comida", explica.
También trabajan en algo menos visible: las emociones.
"Les enseñamos a sacar lo que traen aquí clavadito", dice Isabel señalándose el pecho. "Muchos traen cosas que nadie escucha".
Con el tiempo los cambios se vuelven evidentes. Algunas madres se sorprenden al ver a sus hijos más tranquilos.
"Me dicen: 'Hermana, mi niño, de la nada, a veces se pone a rezar con la voz fuerte en la casa, y me obedece en todo'. Y yo les digo que eso es obra de Dios".
Ella se quita el mérito. Se reconoce solo como un instrumento. La misericordia del padre sanó su corazón y ahora Isabel intenta cobijar el de los niños del barrio.
EL SUEÑO DE UN ALBERGUE
Actualmente el Comedor Emanuel funciona sin registro formal, sostenido por donaciones y la fe de su fundadora. Sin embargo, ya se trabaja para convertirlo en una asociación y, eventualmente, en un albergue.
El proyecto avanza poco a poco. María imagina un edificio de dos pisos: espacios separados para niñas y niños, dormitorios, baños y áreas de estudio.
Mientras tanto, la casa sigue creciendo como puede. Hace falta ampliar el patio, colocar más mesas, instalar iluminación y construir una losa para acomodar a más niños en la parte de atrás.
Las necesidades son constantes: aceite, huevo, arroz y frijoles.
Aun así, Isabel insiste en que nunca se han quedado solos.
"Siempre aparece alguien que trae algo. Las personas que nos ayudan son como ángeles".
El día que este diario visitó el comedor, el plato fue papitas con sopita caldosa.
Isabel dice que viven al día. No hay reserva de alimento, pero ella confía en que "el de arriba" la asistirá siempre que sea necesario.
Incluso que este diario los haya visitado, para ella, es una señal divina.
UNA HISTORIA QUE SE REPITE
Isabel tiene cinco hijos. Los crió prácticamente sola. "Nadie me enseñó a ser madre. Yo fui mamá y papá para mis hijos".
Con su actual esposo no ha tenido hijos, pero entre los dos se hacen cargo de cuatro que, por razones que se reserva, han tenido que irse a vivir con ellos.
"Él los atiende, les lava la ropa". Aunque no les permiten que les digan papá y mamá, el cuidado es el mismo, sobre todo el calor de hogar que les brindan, uno que Isabel no pudo disfrutar de niña.
Relata que trabaja desde que tiene ocho años. Los descalabros de la vida la hicieron una mujer de temple, con una fuerza admirable con la que no solo sacó adelante a su familia, sino que ahora también se echa a la espalda el bienestar de toda una colonia.
Hasta ahora, alrededor de diez niños que pasaron por el espacio ya se graduaron de primaria. Para cada uno consiguió padrinos que los apoyaron en su ceremonia.
Este año, otros siete están por terminar sexto.
Cuando habla de ellos, la voz de Isabel se quiebra: "Yo les digo: sigan estudiando y yo voy a seguir adelante apoyándolos. Si terminan la secundaria, quién quite y también la prepa".
Para ella, el comedor es más que un proyecto comunitario. Es la posibilidad de romper un ciclo.
Porque en una colonia marcada por el abandono, María Isabel Vargas Mercado decidió creer que todavía había esperanza.
Y todos los días, a las doce del mediodía, más de sesenta niños llegan a su casa para comprobarlo.