Un criminal llamado Maduro
Nadie puede aplaudir una incursión armada de un país en otro, como la que tuvo lugar a principios de enero en Venezuela. Pero eso no convierte a Nicolás Maduro en un héroe, como algunos políticos mexicanos han pretendido. El expresidente Andrés Manuel López Obrador, por supuesto, lanzó un mensaje desde su rancho para condenar “el prepotente atentado a la soberanía de Venezuela y el secuestro de su presidente”.
La verdad es que Maduro ha sido un criminal durante años. Las acusaciones de narcotráfico de Estados Unidos son bastante endebles, pero sus verdaderos y comprobados crímenes son los abusos que cometió desde el poder. Fue autoritario y sanguinario, provocó un brutal desplome de la economía de su país y se negó a entregar el gobierno cuando perdió las elecciones de 2024.
En 1980, Venezuela registró un producto interno bruto (PIB) de 16 mil 270 dólares per cápita (dólares de 2011). Era el más alto de Latinoamérica, que alcanzaba un promedio de ocho mil 612; el mundo estaba entonces en 7 mil 239. Para 2022, el PIB por persona de Venezuela se había desplomado a cinco mil 267 dólares, 32 por ciento del de 1980. Latinoamérica había subido a 14 mil 28 dólares y el mundo todavía más, a 16 mil 677 (OurWorldinData).
Es difícil encontrar un ejemplo más notable del fracaso económico de una nación que Venezuela, que pasó de modelo económico a tragedia humanitaria. La responsabilidad fue completamente de Maduro y su predecesor, Hugo Chávez. Por ineptitud o por corrupción, o por las dos, Venezuela se convirtió en ejemplo de cuánto puede caer un país en una sola generación.
Y no sólo fue el empobrecimiento. Maduro no contaba con el carisma de Chávez para ganar elecciones, por lo que pronto, después de llegar a la presidencia en 2013, empezó a reprimir a la población y a realizar fraudes electorales. Su propósito era quedarse en el poder de por vida y, quizá, heredar el cargo. Miles fueron encarcelados y torturados durante su gobierno. Ocho millones tuvieron que abandonar el país. Las manifestaciones en su contra fueron reprimidas con violencia, dejando cientos de muertos.
El endeble andamiaje del gobierno quedó de manifiesto en las elecciones del 28 de julio de 2024, en las que él mismo se proclamó vencedor, a pesar de que ni su gobierno ni las autoridades electorales pudieron presentar las actas que por ley se requerían para validar la votación. La oposición sí ofreció un 80 por ciento de las actas, verificadas por observadores internacionales, las cuales dieron el triunfo al candidato de la oposición, Edmundo González Urrutia, con el 67 por ciento de los votos contra el 30 por ciento de Maduro.
El operativo estadounidense del 3 de enero violó el derecho internacional, pero no hay duda de que Maduro se lo merecía. El dictador estaba protegido por guardias cubanos porque no le tenía confianza ni a su propio ejército. Treinta y dos militares de la isla murieron en esa acción, pero no sabemos cuántos más había en el lugar o en el resto del país. Suena cuando menos peculiar que el régimen venezolano se queje de una intervención militar extranjera cuando ya había entregado la protección de su líder a un contingente cubano.
El presidente Trump no estaba buscando construir una democracia en Venezuela. De hecho, tomó la decisión de dejar al mando del país a quienes habían colaborado con Maduro. Es lamentable. Pero que Trump no haya querido impulsar la democracia en Venezuela, no le quita un ápice a la perversidad con la que Maduro gobernó.