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Un lema, una metáfora y un sofisma

JUAN ANTONIO GARCÍA VILLA

Desde hace dos décadas, el grupo político que se dice de izquierda, hoy en el poder, anatemizó (criticó, reprobó, condenó, se burló y hasta maldijo) la política que entonces se aplicaba de combatir al narcotráfico y en general al crimen organizado. De locura, pero consta a millones de mexicanos que así fue y así ha sido durante veinte años la posición de ese grupo.

Sin embargo, a pesar de que esa posición parecía ganar -y de hecho sospechosamente ganaba- voluntades en ciertos círculos, siempre hubo, por fortuna, quienes consideraron que tal prédica, es decir, la de pugnar por la no persecución de los delitos graves o de alto impacto, era no sólo ilegal y contraria a la ética pública, sino torpe y contraproducente. Ahora empezamos a ver con claridad esto último.

Luego, ya ese grupo en el poder, en el cual lleva siete años y medio, convirtió su absurda posición en política pública. Para justificarla y darle algún sustento engañabobos, inventó un lema, una metáfora y un sofisma.

El lema fue "Abrazos, no balazos", como actitud frente a la delincuencia. La rima de la frase no la hizo atractiva, salvo para efecto de bromas y de burlas, y menos aún eficaz. Ni remotamente resolvió el creciente problema de inseguridad y violencia que padece el país. Antes bien lo agrandó y agravó, como lo indican claramente las estadísticas, por más maquilladas que las presenten. Por encima de las cifras oficiales, la verdad está en la percepción de inseguridad, que en menor o mayor medida es incuestionablemente alta y generalizada entre la población a lo largo y ancho del país. Quien sostenga lo contrario, miente.

La metáfora ha consistido en hacer ruda, feroz crítica de la política contraria (la legal, la correcta) mediante una figura retórica pueril y simplona. Se dijo, y aún algunos sostienen, pretendidamente convencidos, que combatir legalmente a la delincuencia equivale a "patear el avispero".

Es decir, que no es conveniente mantener el orden, la seguridad y la paz social mediante la aplicación de los legítimos instrumentos de que dispone el Estado para ello, por el riesgo de que al "alborotar al avispero" la sociedad sufra males mayores. Falso.

Ocurre exactamente lo contrario, porque si la delincuencia y el crimen no se combaten, el simple sentido común indica que esa tolerancia opera como incentivo perverso, pues en lugar de disminuir una y otro, delincuencia y crimen, obviamente se incrementarán. No se requieren demasiadas luces para comprender que la realidad así es y así funciona.

Sobre el punto, sería interesante que la titular del Ejecutivo, Claudia Sheinbaum, aclarara si el operativo llevado a cabo por su gobierno el domingo 22 de febrero para capturar al capo apodado "El Mencho", fue, o no, lo que llaman patear el avispero. Y de haber sido así, como lo fue en la mentalidad del actual grupo en el poder, explique las razones que se tuvieron para haber variado su política pública en esta materia. Porque queda en el ánimo de la opinión pública la sensación de que se obedeció más a presiones del exterior, que a la exigencia ciudadana al respecto, desoída desde hace más de siete años.

El sofisma consiste en afirmar, con categoría de verdad absoluta, que la delincuencia y el crimen sólo pueden ser combatidos con eficacia si se combaten las causas. Se dice que las causas que generan la delincuencia son la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades que muchos mexicanos sufren y que, en especial a los jóvenes, los lleva a delinquir.

El sofisma es claro. En primer lugar porque nada impide que ambas políticas públicas, la de una proactiva e intensa promoción para el desarrollo (y no groseramente clientelar como la del actual gobierno) y el combate legal a la delincuencia, se apliquen simultáneamente. Se pueden complementar perfectamente. Y en segundo lugar, bajo el supuesto erróneo de que tal política pública diera resultados favorables, sería en el muy largo plazo, en el cual, según Keynes, todos estaremos muertos. Y lo más probable será que nunca los dé, por el siempre presente incentivo perverso a delinquir.

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