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Un mapa para navegar 2026

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Descubrir las tendencias que mueven los vientos del mundo nos puede ayudar a dibujar un mapa para navegar el año que apenas comienza. Parto desde la geopolítica, donde se observan dos tendencias que se proyectan sobre 2026. La primera es el neoimperialismo: potencias mundiales y regionales recurren, cada vez con más descaro, a la fuerza y la coerción para imponer sus intereses y ampliar su influencia. La renovada lógica imperial agita la "diplomacia" del cañón y la impunidad con la que actúan los líderes de estados agresivos e intervencionistas como Rusia, Israel y EUA. El Caribe (Venezuela), Europa del Este (Ucrania), Oriente Medio (Palestina e Irán) y el Pacífico asiático (Taiwán y Corea) aparecen como los focos calientes a observar en medio del reajuste imperial. Y no puede haber imperialismo sin armamentismo. El gasto militar, en máximos históricos, impulsa la proliferación de armas avanzadas, drones y el uso de inteligencia artificial (IA) en los arsenales. Mientras tanto, la paz se ha vuelto un bien monetizable. Palestina y Ucrania evidencian que asistimos a la normalización de la privatización de las paces: pactos endebles en donde la población civil y la justicia importan menos que los beneficios económicos.

La segunda tendencia geopolítica es el iliberalismo. Desde la izquierda, pero sobre todo desde la ultraderecha, crece una ola que socava los principios del liberalismo democrático y el orden internacional liberal. La polarización social y económica es ahondada por la política, con partidos que tiran cada vez más el discurso al extremo. Suspendido el diálogo entre facciones ensimismadas, sólo quedan los gritos. La polarización alimenta la violencia política, y de ésta surge la tentación autoritaria, incluso en democracias que se presumía consolidadas. El equilibrio de poderes pierde terreno frente a la concentración excesiva de poder de gobernantes populistas que se asumen como la encarnación de la voluntad del pueblo. La criminalización del adversario político avanza junto con la satanización del inmigrante precario. La búsqueda de consensos se ha convertido en una "debilidad". Lo deseable hoy es el líder fuerte que toma decisiones sin consultar salvo a sus allegados, que conformar nuevas oligarquías con intereses primordialmente privados.

En el plano de la geoeconomía, una tendencia domina el horizonte: la fragmentación de la globalización. Los aranceles llegaron para quedarse un buen rato. Los bloques económicos regionales continuarán afianzándose en 2026, aunque no exentos de tensiones internas: América del Norte enfrenta una dura revisión del T-MEC; Asia-Pacífico debe sortear las fricciones entre China y varios de los miembros del RCEP, y la Unión Europea se debate entre la división interna y las amenazas externas a diestra y siniestra. El desmantelamiento del orden global y la demora en el surgimiento de uno nuevo mantienen abierta una ventana de incertidumbre que impide el afianzamiento del crecimiento económico mundial. Y para tratar de disminuir la volatilidad, los gobiernos incurren en una mayor injerencia en la economía, con la resurrección de políticas industriales para organizar las fuerzas productivas y alinear la inversión con objetivos nacionales.

Otra tendencia geoeconómica tiene que ver con la disputa encarnizada por recursos estratégicos, principalmente agua, minerales críticos (tierras raras, por ejemplo) y energía. Las cuencas hídricas compartidas serán cada vez más motivo de tensión y conflicto; el caso México-EUA es apenas una muestra. El dominio de China en los insumos minerales de la industria tecnológica y las energías verdes provoca una reacción doble de parte de EUA. Por una parte, incrementa el despliegue de mecanismos de presión para obtener los recursos de socios y competidores y, por la otra, profundiza su dependencia de combustibles fósiles, mientras el gigante asiático avanza en la transición energética.

En el ámbito tecnológico se asoma un par de tendencias. La nueva generación de IAs va más allá de modelos de lenguaje que investigan, responden preguntas o crean texto, imagen o video. Hablamos de agentes inteligentes capaces de ejecutar tareas complejas por sí mismos, y del desarrollo de sistemas multiagente, donde una red de IAs especializadas colaboran para lograr objetivos paso a paso. Se trata de un hito que permitirá la normalización de la IA en el mundo físico, con vehículos autónomos más eficientes, androides cada vez más "humanos" y un entorno IoT (internet de las cosas) más amplio e integrado desde las cadenas productivas hasta el ámbito doméstico. El potencial de los avances relacionados con la IA lleva a los estados a aumentar el control sobre la tecnología para ejercer una soberanía digital de datos y su procesamiento.

La segunda tendencia tecnológica es aún más sorprendente. El próximo gran ámbito de competencia es la computación cuántica, en donde EUA y China lideran, por mucho. La computación cuántica promete revoluciones en el desciframiento de problemas de optimización logística que hoy tardarían siglos, la simulación de interacciones moleculares acelerando descubrimientos farmacéuticos y de materiales, la mejora en las predicciones financieras o climáticas, e incluso vulnerar todos los actuales sistemas criptográficos de protección de datos y procesos.

En 2026 también debemos mantener la mirada puesta en dos tendencias medioambientales. La primera toca al clima y al agua. Caminamos sobre una cuerda floja de contrastes: si bien observamos un avance sin precedentes en la generación de energías verdes, con China al centro, Estados Unidos se refugia en la energía sucia. La triple competencia geopolítica, geoeconómica y tecnológica puebla de piedras el camino de la agenda climática global. Respecto al agua, tendremos que decidir: o hacemos del líquido una fuente de cooperación o lo volvemos un factor de división. Por otro lado, la polarización también hace mella en la agenda medioambiental. La satanización de las políticas de sostenibilidad por parte de agentes negacionistas del cambio climático obliga a empresas a desarrollar estrategias más discretas para escapar a la represalia o la restricción.

Las últimas dos tendencias para 2026 llegan del ámbito sociocultural. Se libra una batalla por el control de la producción cultural de masas. La casi consumada compra de Warner Bros. por parte de Netflix representa el dominio total del streaming sobre Hollywood, otrora el aparato cultural y propagandístico más poderoso del mundo. En contraste, el modelo de producción de contenidos basado en influencers masivos se agota por la saturación digital. Vinculado a ello, observamos un retorno gradual hacia tecnologías análogas. Por último, un sector de la generación Z se moviliza en las calles para hacer escuchar su voz bajo consignas variadas pero un mismo trasfondo: la falta de oportunidades de futuro. Parece el regreso de las condiciones materiales al foco del debate público. No es casual que ese haya sido el discurso de Zohan Mamdani, flamante alcalde de Nueva York. Un inmigrante, musulmán y socialista gobernará la ciudad símbolo del capitalismo financiero mundial. ¿Signos de los tiempos?

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